Dormía de más para no estar despierta por el día. Era tarde para remordimientos. Pero demasiado temprano para levantarme. Ya no me importaba la vigilia, el equilibrio o la supervivencia. Envuelta en las sábanas de franela de algodón, podía escuchar cómo Leah repetía su nombre desde lejos, detrás del espejo.

Deseaba escaparme y recostarme en la tierra ficticia de aquel patio de mi infancia, arrodillarme entre los cardos altos, extender los brazos al cielo, sentir con mis manos la caricia de las recentísimas hojas nuevas de la hierba y de las flores del ciruelo desfallecidas con tanta cautela entre las firmes piedras.

Ya no sería un desafío arrastrarme por la hierba, esconderme y desaparecer en el hueco de lo que quedaba del tronco del ancestral ciruelo, desnuda, entre la resina, el carbón y el resentimiento, entre los helechos y amarantos. Aceptar el sabor amargo de los pensamientos sumidos en el agujero negro de la nostalgia. No era justo, pero era precisamente ahí donde solían acumularse los recuerdos que ya no quería perder y el deterioro del ensueño diurno.

Sabía que Leah seguía pensando en mi. ¿O era pura distorsión de la realidad y somnolencia? Quería atravesar la antipatía de los huesos que se extendían desde mi espalda hasta los nudillos de mis manos con inmortales tallos de rosas y dejar las espinas acapararme y arroparme entre venas, líneas de sangre, fatiga y espasmos.

Quería respirar, crear un espacio entre el tronco y las espinas. Dormir. Seguir durmiendo por la eternidad. Así tendría tiempo para sembrar bulbos y brotes de fresias entre los huesos de mi clavícula y mis cicatrices, plantar orquídeas colgantes de mi boca y dejar crecer raíces y flores de ghysophila rosa y blanca entre mis cabellos despeinados y largos, y así poder ver, entre ellos, las sombras de las ramas finas proyectadas en mi piel pálida de eterno invierno europeo después de tantos meses de ausencia.

—¿Debería despertar? ¿Elevar una plegaria al cielo? —me preguntaba entre bostezos y suspiros incontrolados.—  ¿Cuántas horas quedan por dormir ? ¿Es hora de dejar todo atrás y abrazar la ambigüedad del día a día, de las corolas de la pasiflora que trepan por el tronco y las ramas?

Quizás debería haber interrumpido las conversaciones de las flores con libélulas de pintitas azules en sus alas y rayas naranjas. Sentirme triunfante y así ser capaz de mitigar la intensidad de mi soledad. Dejar posar las libélulas sobre las halucinaciones de mi cuerpo, sobre la piel nítida y descascarada de mis manos. Sobre las trenzas malhechas que cruzan la tensión de mi frente. Dolor que palpita y late.

—¿Has intentado masticar las hojas de diente de león y beber el té medicinal de sus flores?— le había preguntado Leah unos días antes, al inicio del sueño y la migraña.

La infusión parecía ser como una especie de poción mágica para los repentinos y persintentes dolores de cabeza. Tres días seguidos de melancolía y dolor. Sensibilidad a la luz y a los cambios de temperatura corporal. Tempestad.

—No, ¿acaso son comestibles?— le respondí adormecida.

Entrecerraba nuevamente los ojos. Sólo recordaba hacer volar sus semillas por el cielo liviano e inconstante de parques y patios cuando era niña. Ya no recordaba los tres deseos.

—¿Cambiarás de idea, Leah, o intento dormir? No te retrases ni con el té ni con tus disculpas. —Balbuceaba. —Lo mejor sería no cambiar el número de horas que duermo cada día. Odio los sueños fragmentados.

Siguí soñando con burbujas blancas aterciopeladas que inundaban el jardín tostado del patio en verano.

—Eran burbujas que almidonaban el césped y atraían las odiosas orugas peludas, los caracoles herméticos y otros delicados moluscos.—Hice una larga pausa para respirar—¿Es muy tarde para la reunión de té, los pasteles y la reconciliación en el medio del bosque? Si no vienes, déjame dormir.

Cada medianoche, alrededor de las doce, insectos indeseados como las polillas nocturnas forman lazos y nudos heridos y pegajosos de alas entre las luces de las lámparas, mientras vuelan violentamente, atropellándolo todo. Se parece a un festín, y, a la vez, al fastidio de insospechadas hadas desnudas y aladas guiadas por Titania que se burlan del amor y que se roban las semillas puntiagudas y negruzcas para usarlas de varitas mágicas y practicar su puntería en medio de las ruinas de mis días y mi letargo.

Respiré hondo.

—Se que no vendrás, pero sigues pensando en mi — le dije entre suspiros —Déjame ya, que siga acurrucada en mi propio sueño de una noche de verano en medio del invierno, de descanso entrecortado y ridículo, de líneas nerviosas, de hojas mal dibujadas y distorcionadas por la noche sin luna, de capullos ondulantes de fresias como de cera abrillantada. Déjame dormir. Escóndete detrás de la puerta, si quieres. No tienes nada que perder, sólo escucharme adormecer.

—Déjala despertar ya, y bésala —dijo la voz. —Aunque el manto negro de terciopelo y oro cubra su cuerpo desnudo sobre la hierba, en medio de la enredadera contagiosa de mariposas y libélulas, aunque sus pies fríos sigan visibles entre los dientes de león ya marchitos, aunque sus ojos se envuelvan de nubes y manchas negras y líneas elípticas de sangre y venas.

—Déjame ya, —repetí —que escuche las voces solidificadas en las piedras de los héroes armados que vendrán como corsarios a través de mares y océanos a rescatarme.

—Déjala ya, —siguió la voz — que pueda ahorcarse el cuello con flores de pasiflora fragantes, y triturar sus sueños con sus martillos, sus pistilos y sin cuerdas, pero déjala dormir. Déjala morir sintiéndose derrotada hasta que la percusión de su angustia llegue tan lejos como las semillas del diente de león y se hagan evidencia en países lejanos, en el tiempo y en el espacio de otros continentes. 

—Déjame ya, — le supliqué —que sofoque el engaño y consagre la espera de aquellos dioses, orfebres y héroes de cascos alados que indudablemente vendrán a salvarme. La magia existe. Se que traerán con ellos anillos de oro, arcos y flechas, que cruzarán a caballo bosques encantados de rosas de tallos petrificados, de espinas y de clavos oxidados, que me defenderán con escudos cilíndricos dorados y espadas afiladas de acero labrado. Morirán así las venenosas serpientes de mis sueños, igual que las herejes y escurridizas lagartijas, hipnotizadas por la mirada de las lechuzas borrachas de curiosidad.

—Bésala en la frente, — ordenó a Leah la voz —aunque quiera esconderla entre fresias y trenzas, y aunque sus mejillas estén deshechas entre heridas abiertas de espinas y salvajes frambuesas, aunque sus labios ya no sean más que de escamas tornasoladas verdes, lilas y afiebradas.

—Bésame, — le dije exhausta — y protégeme del colapso con tu gélida espada. Deja que pruebe el jugo azucarado y empalagoso de las flores de fresias que tenía prohibidas cuando era niña. Se que estás cerca. Déjame beber el néctar del cáliz sagrado entre las guirnaldas de hadas y pasiflora, como si fuera el regalo más preciado que puedes entregarme. Dibuja aureolas doradas sobre mi frente como antes. Toma mis manos frágiles, casi muertas, y déjame caminar a tu lado en el desiderátum infinito del atardecer, vestida del color más claro de pétalos que encuentres, sin mirar nunca más ni hacia el pasado ni hacia lo que quede detrás de nuestras espaldas.

Dimanche a Grisy – Sarah Moon 1987

Deja un comentario