Prendí velas rosadas. Velas viejas que encontré guardadas en un cajón de la casa, quebradas, un poco desteñidas, pero de un hermoso color durazno encerado, nacaradas.
Dicen que son las más idóneas para invocar el amor. Y que el pedir un deseo al soplarlas se remonta a los antiguos griegos, cuando horneaban pasteles y los cubrían con velas para pedir un favor a Artemisa, la diosa del amor. Se creía que el humo de las velas apagadas llevaba el mensaje a los dioses en su ascenso al cielo. Una sola llama que se eleva en el vapor de inspiración y ofrenda.
Algunos usan velas rotas para establecer contacto con los espíritus y seres sobrenaturales, y para pedir su protección y su guía. Supersticiones que algunos siguen respetando con una fe ciega, convencidos de su poder.
—Los fantasmas no existen— me repito en voz alta —Son sólo creencias irracionales descriptas en los mitos y leyendas de tiempos pasados. Debo despojarme de estas ideas.
Dicen que sólo hay que encender las velas del ritual con fósforos de madera. Nada de encendedores, sólo con un palito que los griegos han llamado Φωσφόρος o Phōsphoros, que significa portador de luz. Qué bello nombre.
Vi las primeras chispas, pero me costó prenderlas, fueron momentos de incertidumbre y escalofríos. Dicen que la superstición se alimenta de esos instantes inciertos ante situaciones incontrolables y los delirios.
Quizás la madera de los fósforos era vieja. ¿O no ejercí la presión adecuada sobre la caja? Demasiada sobriedad la mía. Seguramente no hubo suficiente fricción para que un punto de la cabeza alcance su temperatura. Lo intenté una y otra vez, coloqué mi dedo índice justo detrás de la cabeza del fósforo. ¿Cómo hacían en la antigüedad para encender el fuego con los troncos y ramas de madera? Quizás necesito hacer fuego con una lupa o usar mis espejos ¿o con el fondo de la botella de champán? Quizás debí frotar dos palos muy secos durante unos minutos o hacer saltar chispas de dos piedras recogidas en el fondo del mar. Térmica y luz. Dicen que puedes valerte de una sola roca, un ladrillo o una superficie rugosa. Parece que la cerámica también funciona. Combustible, calor y oxígeno. Eso es lo único que necesito. ¿Sabías que cuando era niña me comía las cabecitas negras ya quemadas de los fósforos? Mi cuerpo debe tener una alta dosis de sesquisulfuro de fósforo. Aquel elemento químico de la tabla periódica denominado con la letra P que fuera descubierto por accidente en búsqueda del oro en 1669. Dios mío.
Enciendo las velas. Chispean sin recato. ¿O es que truena? ¿Será afuera una noche de tormenta? No, son las velas que hacen ruido aquí dentro. Sin embargo, he visto el refucilo. Serán burbujas de aire o impurezas en la cera. Quizás la acumulación de carbón o un hongo en la mecha.
Creo que las mechas estaban un poco deshilachadas, aletargadas por el tiempo y la humedad, pero allí están, encendidas en los candelabros de cristal. Finalmente lo logré, con el último palito de ocho centímetros de los cien que contenía la cajita. Guardaré la caja de recuerdo.
María Elena Walsh escribió que en una cajita de fósforos se pueden guardar muchas cosas. Un rayo de sol – aunque hay que encerrarlo muy rápido para que no se lo coma la sombra – un copo de nieve, e incluso una lágrima muy gastada.
¡No…no ! las llamas se apagan. Ha llovido mucho o quizás he dejado caer demasiadas lágrimas sobre la mesa sin darme cuenta. No puedo permitirme que se apaguen, las creencias dicen que tendría que reiniciar el ritual. Y no puedo perder el tiempo. ¿Será que el viento se filtra por las grietas en la pared? ¿Entra una corriente de aire en la habitación? No, no puede ser, he cerrado las ventanas. ¿Tendría que haberlas encendido en el corazón del altar?
Evocaciones y súplicas. ¿Será que las velas son muy cortas ? He leído que deben medir como mínimo 21 centímetros. ¿Tendré que aventurarme y cambiarlas por velones más grandes, para hacer su temblor más potente?
Enciendo la primera, la segunda, la tercera. Sí, son tres, dispuestas en triángulo. Tu nombre en el centro. Escrito en un papel. El color de las velas determina la vibración de las llamas. Ya no recuerdo bien si debían ser velas rosas, blancas o negras. No, negras no, aquellas tienen mala fama. Las negras se usan para abrir caminos, para revertir o poner fin a hechizos, embrujos o maldiciones. ¿Debería sustituir las velas rosas por blancas? Dicen que el color de las velas determina la purificación de la energía. Las velas son las mensajeras de oraciones. Como las que elevé a Artemisa. Estoy segura que las rosas eran las del ritual del amor. Aunque ya en la antigüedad se acostumbraba encender velas blancas durante nacimientos y matrimonios para atraer a los espíritus del bien. Ahora estoy en la duda. ¿Eran blancas o rosadas? He leído que si los enamorados se prometen amor eterno a la luz de una vela y ésta no se apaga antes de que se consuma, el amor será eterno. Y para ver de nuevo a la persona amada, es preciso dejar encendida la vela junto a la ventana. ¡Claro, ahora entiendo! He corrido las cortinas para que nadie me vea. Así no podrás ver su lumbre desde el jardín. ¡Espera! Corro a grandes saltos hacia la ventana.
Estoy pendiente de la llama, que se haga tranquila y estable. Miro el espejo que se ondula, zigzagueante, más allá de la luz, a través de la llama, que, al principio, azarosa, ahora se hizo grande y está en calma. Dicen que la energía de la llama alta y brillante me reforzará, que es signo de armonía. La llama alargada, llena y bella indica la presencia de un espíritu benéfico, que el ambiente está equilibrado y en paz. Somnolencia espiritual. Majestuosidad de la llama alta. Agradecimiento. Conexión con lo sagrado. Me estremezco. Me pregunto si estaré en el camino correcto. Intento comunicarme con el universo para que las estrellas escuchen mis plegarias y se repitan los ecos de tu voz en círculos, en el espacio, a mi alrededor. No te preocupes, Elena, se trata de un buen augurio. Todo aquello que pidas se hará realidad. ¿Será verdad? Me pongo de rodillas, si quieres, para mantener el equilibrio entre mis silencios y mis palabras. No me dejaré seducir por el juego de las llamas azuladas, o en pensar que la energía no está recibiendo mi mensaje. Si lo pienso racionalmente, la parte más azul correponde a la más oxigenada. Dicen que para crear llamas azules hay que agregarle al fuego cloruro de cobre o cloruro de calcio, que no tengo en este momento. Menos mal. Para crear llamas amarillas, carbonato de sodio.
Miro el espejo donde se refleja el humo del sahumerio de magnolias que arde sobre la cómoda y las tres llamas. Por suerte no son espiraladas. Dicen con total certeza que cuando las llamas bailan en espiral, hay personas que intentan interferir en el camino de ascenso de las intenciones. Así no las oirá Artemisa. Es que tal vez es que he olvidado pasar las velas por mi cuerpo. Dicen que hay que frotarlas siete o nueve veces, como cuando se invocan los ángeles. Cuentan que nuestros antepasados incas ya frotaban en su cuerpo las velas antes de encenderlas para interpretar su humo y predecir enfermedades. A los yachaks andinos antes nadie les creía. Los llamaban brujas y brujos. Usan las velas y mastican hierbas para diagnosticar y curar. Quizás debería inhalar el humo del sahumerio o poner en mi boca hojas, tallos o raíces de ortiga y masticarla contra influencias malignas o desgracias. Si no mal recuerdo, las hojas y los tallos se recolectan en primavera, mientras que las raíces se recogen en otoño, después de la floración. En otras palabras, todavía estoy a tiempo para las raíces. Pero está lloviendo. No me gusta salir por los prados cuando llueve.
Por suerte, las llamas no bailan y son definitivamente amarillas, bien doradas. Hipnóticas. Todo se ilumina, las paredes, los libros, las alas de las polillas y la copa de champán. El universo le está dando luz a mi petición. Una sola llama es suficiente para iluminar la oscuridad. Sin embargo, ahora me doy cuenta que olvidé esparcir la canela sobre el papel con tu nombre. Quizás no tenga tanta relevancia. Me doy cuenta que las velas se consumen muy rápido, sin humo y sin hollín. La punta del pabilo es brillante y se enrula incandescente, eso significa que nos traerá suerte y renacimiento. A ti y a mi, estoy segura. ¡Qué felicidad! Dicen que las velas representan la luz, la esperanza y la purificación que invitan a la serenidad interior y a confiar en la intuición. Aleluya. Cierro los ojos y sueño que estás presente.
Oh, dios, he olvidado algo importante. Las velas rosas debían estar acompañadas por el fuego de una vela de miel, artesanal, fabricada con miel pura y cera de abeja para suavizar y endulzar la relación entre nosotras. Fingiré encender una. Pero parece que sólo se encienden el día 11 y 22 de cada mes, para potenciar la atracción de los amantes. Ya es tarde. No, todavía tengo unos días. Ya casi estamos a fin de mes. A fin de año. Ha pasado ya casi un año sin vernos. Tendría que comenzar otra vez con el ritual. Repetirlo todos los días. La última vez que nos vimos fue en medio del invierno. Debería comenzar el día mañana quemando incienso, sándalo o mirra. Si sigo bien las instrucciones, primero se encienden las varitas de incienso, después la vela de miel, después las rosadas del amor. Hice todo mal, desde el principio del ritual. Lo se.
Seguí leyendo que la ceremonia debe realizarse en las fases de luna creciente y estar coronada por un círculo de sal marina, de agua bendita y cristales. Los cuatro elementos tienen que estar presentes, el aire, el agua, la tierra, el fuego. Sal rosada. Busco los cristales en la cómoda. No tengo agua bendita. ¿De dónde saca uno agua bendita? Dicen que se puede reemplazar por agua de Florida, con perfume a base de ámbar, almizcle y benjuí de Sumatra, Borneo o Java. ¿Será que puedo usar el agua de rosas que compré para tu pastel de cumpleaños a principios de este año?
Y no, no dije en voz alta mis deseos e intenciones. Fueron susurros en medio del silencio. Pero supuestamente, las llamas mantendrán vivos cada secreto, cada plegaria, cada superstición. Tampoco derramé las cinco gotas de cera sobre el papel con tu nombre. Pero no he soplado la vela encendida para no romper la magia. Ahora me doy cuenta que el mensaje no le llegará a Artemisa. Tampoco pasé la palma de mi mano sobre la llama como cuando era niña. No quería que desaparezcan las líneas de mi vida. La cera se ha derramado sobre el candelabro de cristal y sobre la mesa de madera. Las polillas se han quedado pegadas a la cera. Pensé que el fuego las espantaría. Las llamas siguen temblando. Igual que yo y mis ilusiones. He dado y pedido amor. Amor incondicional. Y fuegos de instintos, afecto y deseo que han sido testigos de nuestros miedos y nuestras esperanzas más allá de la luz y la oscuridad.

«So now I think my time is near – I trust it is – I know»/»The blessed Music went that way my soul will have to go»,
Julia Margaret Cameron 1875