Nunca vi sus manos decorando el árbol de navidad. Nunca oí decirle que me amaba. Nunca le dije cuánto deseaba ser su nieta. Tampoco las recuerdo bien; se que eran manos grandes como las mías, pero no tengo una imagen clara de sus dedos, pero sí de su piel.

Reseca y desolada. La piel de las manos de mi abuela Annemarie, era blanca y sajona, sin perfume ni consuelo, la misma que he heredado yo. Si me concentro bien en buscar entre mis recuerdos, veo en su dedo anular un anillo de oro y piedra color esmeralda, que sólo usaba cuando venía de visita a casa. Me pregunto dónde fue a parar aquel anillo, junto a todas las pertenencias de mis abuelos. Yo sólo guardo como herencia la caramelera y el recuerdo de los caramelos de coco que me extendía con su mano de piel blanca y una distante y melancólica sonrisa.

Manos que casi nunca me tocaron, ni me acariciaron. Caricias que quedaron enterradas en los campos helados de Alemania. Ojos que habían olvidado mirarme. Secretos que quedaban guardados herméticos en la caramelera. Ecos del pasado que la convertían en abuela ausente.

Ella no hablaba casi castellano, por lo menos, no conmigo. Parecía como si el alemán, el vacío y la guerra la hubieran hecho ciega, sorda y muda.

Sin embargo, cuando yo llegaba los domingos a visitarla cerca de las fiestas, los resplandores de un abeto natural decorado con los más preciosos globitos de vidrio y velitas de verdad en medio del living atraían mi mirada y mi fijación. Lo enigmático era que nunca me invitaba a armar el árbol con ella. Me pregunto quién la ayudaba, dónde conseguía el abeto de navidad resinoso o quién le regalaba las finas velas de cera. Era la única casa que yo conocía embellecida con un pino natural en Esperanza. Me atrevo a pensar que los globitos venían bien guardados en el baúl de madera negra que trajeron de Alemania en la década del cincuenta.

Dicen que el primero fue decorado por Martin Lutero en el siglo XVI. Dicen los rumores también que el centelleo de las estrellas entre las ramas del abeto lo embelezaron la noche de navidad y quiso imitar la imagen con velas. Una tradición germana que se ha transmitido a través de Europa.

Ayer llegó a mis manos una pequeña escultura de cerámica de Los tres monos sabios, conocidos como los monos místicos. Aquellos monos, uno ciego, el otro, sordo y el último, mudo fueron los mensajeros que me enseñaron algo que, aparentemente, hasta ese momento, no quería asumir.

Desde que vivo en Bélgica, colecciono globitos de vidrio de navidad. Hace unos días encontré unas orquídeas de cristal con purpurina que cautivaron mi atención y decidieron venir a mi casa para ser colgadas del árbol este año.

De repente, sostenía las tres orquídeas en una mano y los tres monitos en la otra cuando me di cuenta que esa obsesión mía por armar el árbol de navidad al que nadie viene a admirar, y esa insistencia en la perfección de una icónica colección de globitos de cristal era un homenaje a mi herida de infancia. Un santuario para el no ver, no oír, no decir. O ver, oír y callar. Me pregunto si la herida está basada en un malentendido o una mala interpretación de la realidad.

¿No era digna de ser amada por ella?

A veces, el silencio, es más hiriente que las palabras.

Deja un comentario