Desde niña me he preguntado siempre por qué podemos coincidir en la mirada de alguien y no de cualquiera que nos mira o a quien miramos al cruzar por la calle o al saludar por primera vez. Hoy me pregunto qué significa para mi ser vista por ti.
Enigmáticamente, mantenemos en secreto esa declaración de amor y esa sublime conexión con el otro, el elegido, durante toda la vida. Ojos que se atraen hasta el inevitable final.
Me refiero a esos momentos imperceptibles que se silencian en la memoria pero que se traducen con el paso del tiempo en una analogía, en una espiral repetitiva, monótona y musical y que en nuestros recuerdos tienen un gran poder de encantamiento. Es precisamente ese hechizo que evitamos a toda costa que muera inesperadamente, y que, a su vez, la dotamos de una total predilección caprichosa y renovada génesis para que nos mantenga unidos con el otro, al que amamos.
La memoria es vertiginosa, y, sin cautela, agranda la falta de referencias, y hace del espacio físico donde se produjo el encuentro de miradas una dimensión indefinida, fragmentada, sin relieves ni profundidad.
Dicen que es en ese campo de fragmentos de imágenes donde creamos una red de asociaciones que forman el más fiel reflejo de nuestras constelaciones interiores y nuestra identidad.
Captar una mirada es ser conscientes de ser mirados – nos revelaba Jean-Paul Sartre.
Tal como Sartre la describe: la mirada del otro en la medida en que yo la capto viene a dar a mi tiempo una nueva dimensión. Dicho de otro modo, la mirada del otro convierte mi presente en su presente, reduce mi futuro proyectado, impone la temporalización de él a la mía.
No queremos dejar nada a la casualidad o la intuición. Ahí es donde fracasamos.
Con mucha paciencia, minuciosa disección y por más precisión que pongamos en el hecho de recordarlo, queremos convertir el dato visual e imperceptible que rememoramos en algo tangible, analítico, adjudicarle coordenadas y perspectiva, líneas horizontales, verticales y unidad. Como si quisiéramos trazar un mapa del universo entero y darle un orden cósmico. Pero nos resulta imposible y es ahí donde nos dejamos engañar.
Esta construcción racional de unos pocos pasos en la entrada de una antigua iglesia, del cruce de miradas entre tu y yo nos invita a una interpretación totalmente irracional y emocional y torna, mágicamente, perfecto al amor.
Porque fue sólo eso. Me fue imposible ignorar tus ojos celestes melancólicos que nunca perdieron su misterio, y tus pasos al ingresar a la iglesia, con tu habitual sigilo y gracia, dejando detrás de tí una estela de polvo de estrellas hasta llegar a mi.
Esa mirada sutil, y a la vez desafiante y victoriosa, sin testimonios, ese beso de dos galaxias que colicionaron y que soy incapaz de olvidar. Es esa mirada la que dio existencia a la confianza y al concepto de eternidad, la que reveló lo oculto, lo que trajo luz, lo que me hizo volver a lo visible.
¿Cuál es la condición que debe darse para que este místico momento que evoco día a día en la fragmentación de mi memoria cobre tanta fuerza?
Kierkegaard sostiene que la manera en que miramos a los demás demuestra la forma en que los reconocemos. Ahí descansa el temblor de mi inquietud. La mirada quedó grabada como perturbadora. Ha cambiado la percepción y la profundidad ilusoria de mi misma. Me he vuelto en ese instante transparencia, aunque no haya sabido con claridad cuál era la afinidad que tenía contigo, al no conocernos. Es como si escondieras un secreto que quisiera descifrar. Como si intentara trascender en unos segundos los enigmas más importantes de la vida.
No había barreras entonces entre nosotras, ni de tiempo ni de espacio, porque parece que nuestras almas ya han estado juntas antes de aquella coincidencia y se reconocen ahora en la mirada tuya y mía. Parecería que lo oculto a la realidad no quitara lo ya existente.
Esa conexión que se sugiere entre las dos almas es hipnótica y hace que la acción se detenga en esa mirada, donde ya no importan ni las grietas, ni los motivos florales de los ventanales de la iglesia, los espejos redondos, las alas de los ángeles, o los lirios a punto de marchitarse. Se mezclan en la estructura el juego del espacio interior y exterior, tus pasos en cámara lenta, la escala, los tonalidades ocre y la vaga luz que entra por las ventanas y que te ilumina como un ser celestial.
Es esa promesa que nos hemos hecho alguna vez a nosotros mismos y que de repente está frente a nosotros como envuelta en un aura, en la complejidad de sentimientos encontrados, y que resumimos sólo en una mirada.
A pesar de hacer el esfuerzo por volver a hilvanar los fragmentos de ese susurro indefinido de estrellas, me resulta confuso reconocerme a mi misma en relación a tu ser y sentir, como si estuviera viendo la escena a través del ojo de la cerradura.
Sartre nos decía que esto significa que detrás de esa puerta se presenta un espectáculo como para ser visto, una conversación como para ser escuchada. Me veo a mi misma porque otro me está viendo. Pero el problema se encuentra cuando no sabemos si el otro nos sigue viendo como pensamos o recordamos.
Lamento mucho no poder revivir lo que nos dijimos en ese momento del encuentro.
En el dibujo a lápiz Nuestro corazón llora por tiempos pasados Fernand Khnopff nos confronta con esto de la unión en el espejo con el otro poblada de sueños, anhelos y búsqueda de uno mismo resumida en la mirada enigmática que los une.
El pintor había trazado un círculo dorado en el centro de su taller donde colocaba su atril para pintar.
Yo había estado frente al cuadro en la exposición de Khnopff en Bruselas hace veinte años. Eso fue antes de que nos presentaran en la iglesia. Había trazado un círculo dorado alrededor de tu silueta para celebrar nuestro encuentro y el cruce de nuestras miradas y veía en el centro a una joven adulta fascinante, sensual, encantadora, llena de sueños, vitalidad e intuición.
Años más tarde, me dirías que eran metáforas bonitas y sólo comparaciones con una chica salida de una pintura.
—Y no, — me dijiste — soy alguien que vive, que brilla, que cae, que se levanta, que mira hacia delante y que, como el agua que fluye, está en continua evolución…
Ahí me encontraría yo frente al vacío abismal, perdida en ti, en medio del cosmos.