Un placer tan simple y delicioso como el perfume de las flores.
Están aquí, a mi lado, sobre la mesa. Resignadas, empalidecidas y moribundas, ya sin aliento.
Fui testigo de la agonía estos últimos quince días, y ni siquiera me pregunté si todavía tenían sed. Estoy segura que me maldecían, que reclamaban su existencia, su identidad y su belleza.
Ha sido mi vanidad, lo se. Las pensé inmortales, que podrían desafiar el tiempo. Y lo conseguí.
¿Decidieron morir o las dejé morir yo?
La muerte no fue súbita ni inesperada, sino lenta. En esa persecución mía por el encanto y la perfección, no he escuchado que hablaban de duelo, del riesgo de perderse, que nadie las miraría ya más. Del hechizo, de la inevitable exposición, a la luz, al polvo, a la vista, al delirio de quien las corta para disfrutar sólo de su perfume.
Marguerite Duras tenía razón: la vida está en todas partes. Nos persigue. Igual que la muerte. ‘Desde la tierra a los cielos divinos o ya muertos.’
Entonces me pregunté si ese destino era también el mío. Escapar de las sombras ya no es una excusa. Aunque en lo más profundo de mi ser tenga el anhelo de lo eterno, que nada de lo terreno puede satisfacer.
¿Adónde va el perfume de las flores? Se preguntan todos los poetas intentando resolver el enigma.
Puedo asegurar que las flores marchitas, también son perfumadas. Aunque las domine la desdicha y reclamen el tono melancólico del aire que se respira. Humo, vapor, vaho, nada. Fugacidad.
Es un perfume absurdo que no puedo descifrar. Penetrante. Presente. Desordenado. Enigmático. Empolvado, a veces de tonos apagados, y otros, venenosos.
El perfume, contemplativo y perturbador, invade la casa desde distintos ángulos. En la insistencia del deleite inicial, mi deseo y anhelo, y la calma y la demora del tiempo que se distorsiona en mi memoria.
Asfixiante, enmohecido, calcáreo y silencioso.
Perfume a un rumor permanente por tu ausencia, por momentos azucarado, otros, oxidado y avejentado. No se bien. Olor a fruta madura, a final excéntrico de fiesta, a polen y peciolo, a tierra húmeda, a manos en invierno, a canela, clavo de olor, incienso y otras especias.
Marguerite escribía que ‘hay pétalos de rosa que están ahí desde hace cuarenta años en un bocal. Siguen siendo muy rosas. Secas y rosas.’ Ella nunca tiraba las flores.
Hice el intento de no tirarlas. No era la consigna. Ni es la regla.
Caramelizadas. Para mi, las rosas, inexpertas en esto de la muerte, que frescas eran una delicia y parecían de color sabayón, y ahora parecen de papel de arroz, o papel crepe color terracota, se han cristalizado en el tiempo y el espacio. Sus hojas se enrulan, sus tallos se quiebran, sus espinas se hacen cada minuto más agresivas.
Las hojas de mimosa, tiernas y parecidas al marfil el primer día, ahora exhaustas, me recuerdan algas almidonadas con un fuerte olor otoñal. Entre ellas se hamacan arañas casi invisibles en finísimos hilos de seda. Ni siquiera les pidieron permiso. Las flores plumosas y amarillas hoy tienen otra magia, casi la astucia de botones de perla o nácar y un aroma a granos de anís de sabor muy intenso y casi picante con toques de dulzor.
Los escaramujos naranjas, otros rojos, bellos, gelatinosos, abrillantados, al notar lo que estaba pasando se han vuelto tiesos y prudentes. La trascendencia y la inercia hacia la muerte ha transformado su piel en armadura cerosa y arrugada, con olor a cuero, a dátiles maduros, a sangre reseca. Sus tallos desafiantes se han paralizado y son ahora quebradizos y huelen, sin miedo, a mimbre en un charco de lluvia y barro.
Las flores han cambiado de voz, ya no confían en mi. Ya casi ni me hablan. Sólo suspiran, en incoherencia y desacuerdo.
No se si he tomado la decisión correcta. Tampoco ellas. Ellas que no eligen, pierden, porque dejan que otro elija por ellas.
Siento que, dolorosas, me castigan por el abandono, con esa meticulosa y temerosa espera y con la consagración de ese perfume a cenizas y pecados, a arenas y apariencias, a raíces y semillas del mal.
