Dicen que mantenemos cerca a aquellos que encuentran el camino a nuestro jardín secreto.

Esos jardines de invierno, de ceremonias y nubes de bordes plateados, donde los rayos se filtran entre las ramas de las magnolias haciendo geometrías sagradas y estrellas pentagonales, yuxtaposiciones de manos finísimas, de sueños, de luces iridiscentes y mandalas.

Quiero seguir el camino a ciegas, me niego a mirar hacia atrás, sobre mi hombro, para no verte parada esperándome en el portal de aquel jardín. Sin embargo, en cada visualización encuentro los ecos de aquellas letras y sílabas en luces de neón que centelleaban en el frío de nuestro aliento y se reflejaban en el agua diciendo mi corazón es tuyo.

Ese espacio sagrado del macrocosmos aparece con cascabeles y cadenas celestiales entre ángeles y premoniciones en aquella foto donde todo empezó.

No quiero morirme más y más cada vez que veo aquella vibración y roce de nuestras manos de porcelana, nuestras sonrisas galardonadas de perfumadas flores, esos experimentos de perfección de cálices, sacramentos y momentos infinitos.

Dicen que no es amor, dicen que estas distorsiones que identifico como en espejos cóncavos y convexos y las bendiciones de la luna que guardo en mis bolsillos son sólo adicciones y círculos encantados de un conjuro.

¿Será que tú nos recuerdas de la misma manera? Como una manifestación celestial, donde podíamos tocar el cielo con las manos. Donde no había nada que soltar, ni tormentas desafortunadas por divisar, ni profecías oscuras por espantar, ni sacerdotizas de la muerte, ni sacrificios que ofrecer, ni sangre por derramar, ni mentiras que ocultar, ni vientos en medio de la danza de dragones, ni decepciones que odiar. Sólo el frío de una tarde de bruma donde el reflejo de los cisnes se esfumaba en el lago irisado y el negro aljibe de hierro forjado parecería lo único que no se movía en el jardín de estatuas vivientes y milagros.

Pensé que ese sería siempre nuestro lugar, ese jardín dorado que compartíamos, de llamas, de promesas, de poesía, donde soñamos bajo las mismas estrellas, sin distancias. Donde las dimensiones ya no se hacían eternas, donde las escaleras al cielo se hacían cada vez más altas, hasta llegar al portal de luces doradas que embellecían las paredes, el piso y la bóveda de estrellas que podían acercarse en todo momento a besarnos sin miedos ni escondrijos.

Dicen que tenemos el derecho de sentirnos amados, a extrañar a alguien insondablemente. Yo sólo quiero creer en ese recuerdo luminoso de visiones y giros sufís de mi mente donde pretendo alcanzar la mayor conexión contigo, abandonando los egos, haciendo girar el cuerpo en círculos repetitivos hasta caer desmayada en las huellas blancas de hielo quebradizo sobre el lago, entre las magnolias.   

¿Pero cómo se puede vivir el presente si se resquebraja bajo nuestros pies entre espirales y catedrales de cristal? Sigo cavando, hasta llegar al trance de quebrar el hielo de los siglos que nos separan, ocultando las fotos, la llave, los recuerdos y los frascos de vidrio con nuestras flores inmortalizadas en alcohol, hasta llegar a la unión con la divinidad, a la fusión con el todo, hasta ahogarme en el agua helada y el amor por ti, pero sigues apareciendo a tiempo para detenerme y rescatarme.

¿Seguirás naciendo así, de la nada, en medio de las nubes y las distorsiones de mi memoria, a cada instante hasta que la muerte nos separe?

Mors Vincit Omnia

Hoy se que toda nube tiene bordes plateados.

Y que las noches en vela serán siempre consagradas a ese jardín secreto donde pedimos aquel deseo.

Sarah Moon

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