Te esperé hasta último momento junto al tapiz de mil flores y a la taza de porcelana con los capullos de rosa mosqueta.

Creía haberte visto entrar, pero finalmente entendí que había sido una táctica mía para compensar tu silencio y convencerme a mi misma que merodeabas en mi cercanía, y que bajarías la escalera para pararte frente a mi y al tapiz millefleurs.

A pesar de tener la mirada fija entre las caras del público, la ventana y el gobelino, sólo recuerdo el borde del tapiz, que casi rozaba el suelo en una estrecha cenefa, una enmarañada repetición de un mismo patrón de pequeñas flores y ciervos, conejos, zorros y aves. Hasta me pareció distinguir un legendario unicornio en el follaje del fondo. ¿O lo había imaginado?

Seguramente el tapiz proponía algún simbolismo oculto, igual que mi presencia, que sostuve con la mirada que viajaba incesantemente del borde de flores a la ventana, del público a la escalera de piedra, como parte de la ceremonia de estos últimos días. En mi línea de horizonte predominaba el verde y el azul y el naranja del atardecer, similar a las miniaturas de los tapices de la época.

 —Los duques de Borgoña ya eran grandes amantes de los tapices— me comentaba la vigilante de la sala, cómplice de mi historia esta tarde — Los lujosos tejidos de oro, plata y seda irradiaban exactamente el poder y la riqueza de iris, rosas y pequeñas flores entre escenas campestres y alegorías con los que la aristocracia de aquellos tiempos buscaba impresionar a amigos y enemigos— enfatizaba.

Intenté hacerme invisible en el fondo donde se perfilaban colinas, árboles y una arquitectura gótica de aldeas amuralladas con castillos y torres con agujas sólo para sorprenderte. Desde el primer piso, vi desde la pequeña ventana medieval el momento preciso en que se cerraba la puerta principal del castillo, junto al puente levadizo, a las seis de la tarde. Era el fin de la exhibición.

—En las cortes de Borgoña, España y Habsburgo, los tapices eran sinónimo de riqueza, lujo, prestigio y poder— siguió comentando la vigilante.

—Y confusión — le murmuré casi sin articular palabra—. Si total, la confusión siempre estuvo latente desde el principio. ¿Por qué sería hoy de otra manera?

Hay momentos en que una debe darse por vencida. Cuando la ausencia se hace presente. Por lo cual, hay que respirar hondo, perder la cabeza en las flores del tapiz, dejar caer las lágrimas por las mejillas hasta que alcancen el mantel de seda puesto sobre la mesa, dejar secar las manchas húmedas entre los pétalos marchitos y abandonar la historia que se había creído idílica, tejida todo este tiempo en nombre del amor.

—Los pequeños animales no tienen ningún significado representativo, sino que cumplen una función estrictamente decorativa— me explicaba la vigilante sin notar mis lágrimas.

¿Acaso te divierte? A mi, no. Desisto. Y tú te desdices, y a la vez te deshilachas y te destiñes en la línea del horizonte donde predominaba el verde y el azul y el naranja del atardecer.

¿Por qué vendrías, si nunca te he interesado realmente? Ignorar mis palabras siempre ha sido tu juego favorito, pero se que el desenlace y la salida de este juego no se revelan ni entrelinean. Porque no hay juego ni hay solución. No hay historia, no hay nada. Sólo un gran vacío en medio de la iconografía y la melancólica soledad.

Creí hasta hoy que había tejido una realidad donde el perfume de tu piel y de la rosa secreta eran una sola cosa. Sublime. Exquisita.

Sin embargo, no lograrás despojarme de mis intenciones ni transformar la esencia de mis palabras. La claridad está sólo en mis manos. La idealización fue sólo idea tuya, al igual que el juego del castillo, las reinas, el fuego, el abandono. Ninguno de ellos existen ni existieron alguna vez.  

—En su origen — prosiguió la vigilante sin advertir mi desinterés — esta pieza ostentaba colores más brillantes; pero al tratarse de tintes orgánicos, la degradación propia del paso del tiempo ha modificado su colorido original.

El engaño y tu ausencia. Los telares. Las rosas, también. El perfume, la escalera y la espera.  

Todavía recuerdo esos instantes paradisíacos que eras la amante perfecta. La ilusión de una ninfa refinada y bella nacida en la urdimbre y la trama de sedas doradas y lana. ¿Por qué volverías a convertirte de repente en esa persona esencial en la que deposité todo mi amor y mi lealtad?

—Un tapiz cuenta la historia grecorromana a través de la mitología, cuenta la biblia, los hechos de los apóstoles, cuenta las artes liberales, la música, la literatura, la dialéctica, hasta la astrología — seguía comentando la entendida en el tema.

Pero la pregunta, si me amas o no, nunca tuvo respuesta sincera ni inmediata. Y al final de esta tarde, nunca sabré, realmente, si esperarte hasta el último segundo, entre las tazas de té, el tapiz y los pétalos de rosas, valió la pena. Esperar a ese alguien que le de sentido a la hipótesis y al acertijo, al follaje y al unicornio, y que finalmente no ha venido, también es legítimo. Y las renuncias y los cierres inconclusos también son considerados triunfos en la adversidad.

—Para separar el tapiz del telar donde se ha tejido, se hace la famosa ‘Ceremonia del Corte’ sobre los nudos en la urdimbre —agregó.

¿Por qué insistir entonces en un final feliz?

—A pesar de ser el pueblo analfabeto — siguió explicándome entusiasmada —, sabía leer la historia de un tapiz: que cada animal representaba un santo, y que cada planta simbolizaba una virtud: la fama, el honor, la gloria … por eso el olivo, por eso las hojas de roble, el laurel. La tortuga expresa la pereza, la liebre puede ser la cobardía.

En tal caso, no soy la única que pierde en esta historia que me he creído. Somos dos.

—Dicen que hay que mirar los tapices flamencos del revés — escuché decirle al final de su labor mientras bajaba a mi lado las escaleras.

Nevermind by Sarah Moon

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