Lo que nunca te conté es que hace varios años, no muchos, descubrí que soy altamente sensible y que las emociones se alojan en mi intensamente, como flores celestiales.
La semilla que enlaza el periplo de mi historia y el don de la alta sensibilidad es más bien uno de mis primeros recuerdos: esos segundos al extender mi mano para juntar del suelo una semilla de jacarandá en la plaza de mi ciudad, Esperanza.
En mi memoria me sorprende ver mi palma regordeta y mis dedos rozando el cemento rosado. Siento el equilibrio al agacharme, esa tarde, el flexionar de mis rodillas y mi aliento sin edad. Veo mis medias blancas de encaje y mis zapatitos negros de cuero bien cepillado y hebilla plateada. Escucho las voces ásperas de la gente y de las próximas generaciones a mi alrededor, los murmullos y la música a lo lejos de la banda sinfónica tocando en el quiosco en el medio de la plaza.
Estoy segura que en ese momento pensé lo mismo que hoy por la mañana, desencantada: cuánta gente extraña que me rodea, que ni me ve ni me escucha.
Me pregunto: —¿Qué hago aquí parada, abrumada, entre el desamparo y el desfile de caras apuradas y aturdidas, sumergidas en su propia marcha desentendida, con rumbo indefinido. ¿Dónde van?¿Qué los motiva a seguir ese camino disciplinado tan temprano?
Dan pasos tan largos, estrafalarios, como carpiendo la tierra reseca a un determinado ritmo. Atentos a aquellos que los custodian, concentrados en no perderse. Hablan un idioma que no es el mío. Pasan a mi lado sin saludar, en medio de los rugidos, sin filtro, con timbres de voz sostenida en lo alto y cuello extendido hacia las ramas y las vocinas. Me rozan el vestido de lana de alpaca y no se disculpan. Persiguen algo que no se qué es, obsesionados por ser los primeros en llegar a algún lado, un lugar para mi todavía desconocido.
Quizás una llegada a casa.
Un café.
Un encuentro secreto.
Un abrazo.
Una entrevista de trabajo.
Un amor.
Un comienzo repentino.
Un beso.
Un fin, o un sinfin de tantas cosas.
¿No saben aquellos, laureados de títulos, que los logros no cumplidos antes de los treinta también son logros?
¿Por qué están tan enfocados en encontrar algo que todavía no conocen, si las casualidades aterrizan en los momentos de encuentros fortuitos, serendipias y milagros?
Todos caminan por la sombra de los árboles de la plaza, como quien camina entre mausoleos enmohecidos, y yo, al revés, siempre busqué y procuro caminar por las veredas de luz, tapizadas de flores celeste liláceas aterciopeladas, donde encontré esa tarde violácea la semilla de jacarandá.
¿Será que la guardo como recuerdo en algún rincón? ¿Estará en la cajita de mica y nácar, quizás, entre las polveras blancas, en la cajita de rosas de porcelana, o la de vidrio y perfiles dorados o la de cerámica? Tengo tantas cajitas y tantas chucherías que guardo bajo una capita de polvo y entre las páginas de libros: hojitas secas, flores, tréboles de cuatro hojas, dientes de leche, fotos un poco arrugadas, cintas, láminas de moda, botellitas de perfume en miniatura, bordados deshilachados, mariposas muertas, cristales y botones…a todos ellos los atesoro para no se qué ni no se quién. Supongo que para no olvidarme de mi misma, de la que fui, de esa niña de cinco años que era altamente sensible y nadie la vio, ni la escuchó. En muchas fotos me reconozco sola, yo, con la semilla y esa sensibilidad que forma parte de mi hace tanto tiempo y recién hoy valoro y traigo conmigo para sembrarla.
Los imagino a todos a mi alrededor descalzos, dando pasos en cámara lenta.
No me cuentan lo que piensan. No es nada malintencionado. No. Pero no me comparten sus historias, porque quién soy yo para que me las cuenten. Ni sus dolores, ni sus penas, tampoco su sufrimiento. Las escucho, sus irreconocibles voces, y el discutir entre lo uno y lo otro. Un total sinsentido en medio de un concierto al aire libre, entre las baldosas y las ramas.
Cuando la noche anterior estuvimos parados juntos ante el mismo espejo.
Hoy no los reconozco.
De pronto, imagino que se arrodillan todos, alineados, y giran la cabeza al mismo tiempo, sincronizados. Empuñan espadas y empiezan la batalla de la mañana, apuñalan a todo el que se acerca, encojen los hombros para no dar explicaciones y protegen sus espaldas de las balas. Tensionan la mandíbula frente al espejo y se burlan de las nubes rayadas que coronan el cielo. Se cubren la cara con las mangas de los kimonos negros como murcielagos o samuráis, calculan cada paso que dan, ahora en silencio. Se colocan los guantes de metal, apuntan a las flores, arrancan los frutos, tironean, cierran los ojos para no ver, y siguen camino, apresurados, haciendo reverencias a cada paso. Dan vueltas carnera en la arena, se deslizan a codazos por el suelo, mueven con fuerza el tronco de los árboles para hacer caer las últimas semillas que yo quiero ver caer por sí mismas.
Me pellizco la piel del brazo para estar segura que estoy viva mientras ellos siguen saltando por las veredas, hipnotizados, acuchillando las ramas, las hojas, las flores y los frutos. Y a nadie le da vértigo como a mi, como a la semilla que tiene que caer, obligada, del árbol.
Las dejan venirse abajo contanto los números, los segundos, arrastran los cuerpos hasta caer rendidos bajo el jacarandá de esa esquina a unas cuadras. Se desmayan todos a la misma hora después del combate sin escuchar la melodía de mi cajita de música ni de la banda municipal.
¿Será que el encuentro con esta semilla es parte de mi biografía y nunca lo he tenido en cuenta hasta el día de hoy?
¿Habrá sido una estrategia del destino recordarla esta mañana como la primera semilla, la original, la que quizás nunca conservé más que en mi memoria y que llevo como parte de mi para crear esta retrospectiva íntima de mi vida como artista?
El regreso sublime al recuerdo de esa semilla de jacarandá me muestra los tantos caminos de polvo y cemento que he tomado en la vida, los puentes que he cruzado y los paraísos de aplausos que he alcanzado y todo aquello que jamás he logrado. La pérdida de la niñez, el desvanecer de los años de juventud. El desplomarse en el presente. Lo terrenal de mi deseo. La muerte. La hipersensibilidad de mis duelos. El orgullo de haber llegado tan lejos y haber reconstruido mi amor propio a través de mi repertorio de sueños. Dicen que los sueños son las semillas del cambio.
En cada final florece un nuevo comienzo.
Dime:
—¿Es este el nacimiento de una nueva vida eterna?
Nueva vida se levanta de las cenizas de la anterior.
—¿O el fin es sin más el fin?
¿Es la semilla seca caída en medio de las flores y las raíces que morirá o la semilla que caída en la tierra todavía puede echar brotes y volver a florecer?
Ya me dirás.