Mi ticket de avión llevaba el código de reserva N de Nancy, P de Peter, 3, I de Italy y H de Honiton.
No logré deletrear el código a la china que, desde Buenos Aires, me hablaba al teléfono, ni descifrar su inglés que era telegráfico, casi en clave morse. A pesar de haber sido una conversación arcaica y simple, no nos pudimos entender ni siquiera repitiendo el código durante media hora.
Quizás hubiera sido mejor un lenguaje de pulsos eléctricos y silencios entre ellos para comprendernos mejor. No se. Puntos y guiones que se enviaran como pulsos cortos y largos. Quizás hubiera sido más efectivo un telegrama que una llamada telefónica.
Resultado: viajé hasta el aeropuerto sin saber si mi día y horario eran los correctos. Pánico y ansiedad. Morse había planeado transmitir sólo números, pero no consideró las letras y los caracteres especiales del idioma.
Tampoco logré amigarme con las lagartijas ni con los alacranes, ni tampoco con mi hermano.
Dicen que los insectos herbívoros y microorganismos que habitan en los túneles de la tierra son beneficiosos para la fertilidad del suelo. Pero me cuesta considerar grillos, hormigas, cienpies y demás parientes como custodios del terruño en medio de tanta sequía y aridez.
Diversas investigaciones demuestran que la habilidad de un cultivo de resistir o tolerar el ataque de insectos plagas y enfermedades está ligada a las propiedades físicas, químicas y especialmente biológicas del suelo.
Sedienta de tierra, de amor, de dulzor, tampoco logré superar el vértigo. Al contrario, una escalera de agujeritos transparentes para subir al avión me desestabilizó y no pude apuntalar mi susceptibilidad ni contener el llanto con una afazata pelirroja al pie de la aeronave. Todo esto, sumado al pánico a volar sobre el océano Atlántico y mi extremo cansancio, suscitó que el abrazo de la azafata fuera fundamental en el operativo de rescate de toda la tripulación. Hasta me regalaron chocolates para calmarme.
Lo raro fue que sentada al lado de la ventanilla del avión a Bruselas no sentía vértigo, ni siquiera durante el despegue.
Las nubes me acunaron.
Siempre me gustó volar. Desde niña. Mi madre era aviadora y nos llevaba de niños a mi y a mi hermano Guillermo a vuelos de bautismo en las sierras de Córdoba para volar en planeador entre las montañas.
En ese momento del regreso me sentía absolutamente incomunicada y sola. Estaba harta de mensajes encriptados, códigos morse, túneles en la tierra, ampollas en las manos y las falsas señales de socorro que no alcancé a descifrar y decidí renunciar.
Las densas columnas verticales de cumulonimbus me acunaron sobre ríos zigzagueantes y campos verdes y concéntricos a una altura de entre tres y veintitres kilómetros sobre Frankfurt. Rendición que se elevaba en forma de espiral rotatoria y me envolvía en forma de puntillas.
Mástiles de molinos eólicos, alambrados y sembradíos entre banderas blancas y nubes. Siempre, desde hace treinta años, me ha fascinado la vista aérea sobre Frankfurt. Tan minuciosa, como los encajes de Honiton a bolillos, casitas, árboles y bosquecitos de pinos. Bosques y bosques, sombras, intersecciones orgánicas de rutas, puentes y ríos. Bosques y más bosques de pinos.
El Honiton es un encaje descontinuado que lleva el nombre de una ciudad en East Devon, en Inglaterra, donde se cree que se originó alrededor del siglo XVIII. Inspirado en el encaje de Bruselas, y en los cúmulos de aire cálido que salpican el paisaje, sus motivos típicos de rosas, cardos y tréboles dibujan el final de mis cuarenta días tatuados en la tierra dura, seca y poco fértil de Esperanza.
Las diferentes partes que lo componen se denominan motivos que se confeccionan por separado y se montan al final, uniéndolos con tiras que pueden ser trenzas adornadas con puntillones. Para rellenar los motivos se utiliza el Punto de Repaso y el Medio Punto. El hilo utilizado es finísimo. La Reina Victoria eligió los motivos del encaje de Honiton para su velo de novia. Yo he regado todos los días las rosas y los jazmines del jardín que murieron en el intento por renacer y florecer.
¿Será que los bolillos de Honiton son demasiado pequeños, delgaditos y puntiagudos como los puntitos y guiones del Morse para entablar una comunicación coherente, una sintaxis, una lexicografía y un montaje completo de flores bordadas sobre tul?
¿Dependerá la calidad del encaje de las conversaciones quizás de la habilidad de las encajeras, los rellenos utilizados, los códigos, los relieves y hasta las interpretaciones?
Sin embargo, al mismo tiempo, me han contado que se hicieron algunos encajes muy bonitos, con roleos, medallones y flores cuidadosamente dibujadas, y con la introducción de un nuevo trabajo de relieve en forma de alas de mariposa o pétalos unidos a la superficie, a lo largo de un solo borde.
A algunas alumnas se les enseñaban los principios de la lectura, escritura y aritmética en las escuelas de encaje, junto con largas horas de aprendizaje del oficio para lograr tales resultados.
El encaje a bolillos y el código Morse tienen algo en común: un absoluto sometimiento. Una labor de paciencia y entrega. De amor y de fe en conseguir que el lenguaje llegue claro, como el sermón de un pastor luterano en el templo a la congregación un domingo por la mañana. El último domingo. Es casi aritmética. Y mucha semántica lingüística.
‘Por tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar, y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar, y ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.’
Mateo 5:23.

Queen Victoria wearing her wedding dress., February 1840.