Veo en tus ojos una cierta nostalgia —destacó esta tarde con compasión. ¿O fue su comentario con el sólo fin de llamar mi atención? No lo se.
La miré con cara de desconfianza y una pizca de disentimiento. Pero sabía, a pesar de mis esfuerzos, que le estaba mintiendo.
Te doy un minuto para dejar atrás todo lo que posees, todo lo que arrastras, todas las expectativas y las miserias, todos tus sobrenombres, todas tus sombras —me dijo la divinidad—Cierra los ojos.
¿Qué tan frágil sería entonces ese minuto de paz si cerraras los ojos? —continuó—¿Qué color tendría? ¿No sería acaso incoloro o quizás multicolor ? ¿Tal vez, ese verde/amarillo como el que produce el oxígeno en combinación con el viento solar y la energía de los átomos de las partículas de las auroras ? ¿O de luz azulada, lúdica, de coloración rojo/púrpura que desprende la colición de moléculas de nitrógeno en sus curvaturas? ¿No se desvanecería al querer hacerlo tangible? ¿Serías feliz en esos sesenta segundos?
¿Quién sabría que ese momento es el más puro y efímero que vivirías?
Si en ese minuto podrías volver a un momento de tu vida, —prosiguió—¿qué recuerdo elegirías, escucharías los ecos del pasado, volverías a tu casa natal, a tu infancia, a tu adolescencia, a los últimos tres años de tu vida? ¿Te quedarías más de un minuto allí, dormirías en ese lugar o saldrías corriendo para volver a tu realidad de este instante?
—¿Me llevarías a casa?
Me pregunto qué tan incontrolable es ese deseo de volver a casa.—dijo con sabiduría —¿A qué casa te refieres, en realidad? ¿Visualizas un jardín en esa añoranza? ¿Hay rosas en ese lugar terrenal que no podemos claramente identificar hoy? ¿Vienen las libélulas de visita en medio de tanta nostalgia? ¿Te quedarías a vivir en ese refugio por la eternidad? ¿Celebrarías allí cada uno de tus próximos cumpleaños? ¿Te traería tranquilidad aquel sublime lugar?
¿Y si, por el contrario, viajaras a lo desconocido? ¿Si fueras en búsqueda de algo nuevo, indefinido? ¿Te enfrentarías al desafío de un futuro incierto? ¿Se iluminarían tus horas? ¿Viajarías con linternas en tus manos sin la intención de controlar el destino? ¿Podrías con la incertidumbre de no saber dónde vas? ¿Te asombrarías de contar tus pasos a ciegas? ¿Cobraría tu vida sentido?
—Me daría mucho miedo la oscuridad. Siempre me dio miedo la oscuridad.
¿Y si, hipotéticamente hablando, en medio de aquel deseo innombrable que nadie conoce más que tú y tu corazón, alguien tomara tu mano…reconocerías a esa persona imprescindible en tus pensamientos diarios, sus dones, su magia?
—Supongo que rememoraría su alma, su piel y su perfume hasta con los ojos vendados. Ese anhelo un tanto vago e inconsolable de algo o alguien desconocido y a la vez tan familiar es tan grande que sería imposible no identificarla de un suspiro en medio de las luciérnagas. Ese deseo tan inmenso de sentirse en casa, de esa ilustre felicidad, de esa belleza y de esa plenitud que nos hace sentirnos enfermos de deseo y olvidarnos de honorar la vida el día de hoy es esencial para mi. Ese minuto referiría a una esperanza, sin duda, a una resolución, al perdón, al volver a caminar juntas de la mano hacia ese horizonte de auroras, bajo las estrellas de la medianoche, y finalmente, encontrar la paz.
Me acurruqué en la esquina del sofá de terciopelo verde, que acariciaba con mi mano izquierda, con la derecha hacía un rulo en mi pelo, mientras cerraba los ojos y me mordía el labio inferior, sólo para no quedarme dormida durante ese minuto insignificante, y a la vez, lleno de sentido.

Julia Margaret Cameron, The Kiss of Peace, 1869