Se siente confusa, mareada. Le cuesta levantarse. Se retuerce en medio de la tormenta al pie del altar. Estaba segura antes del desmayo que sería insustituible para su amada, pero evidentemente no lo es.
Apoya primero un codo, después el otro. Se balancea hacia la derecha, hacia la izquierda y se cae de lado. La espalda, desnuda y cubierta de ramitas finas, margaritas y hojas de hiedra. Palpitaciones. Las manos, sudorosas.
Gira la cabeza, desolada, apoya su mejilla en los pliegues de tul, mira hacia la puerta, apoya las dos manos en el escalón del altar, un pie, el otro, se revuelca entre las capas de su velo, retuerce la columna y vuelve a caer de lado. Se obsesiona con cada paso en falso que da. ¿Cuántas veces lo intentarás? — le pregunta la voz. Ochocientas veces. — le responde aturdida. No hagas trampa. — le dicta la voz. Cambia el orden de los intentos.
La tormenta se acerca cada vez más. Entra por la puerta de la caridad. Ella la mira de reojo. Le da la bienvenida. En la entrada, la reciben los santos Joaquín y Ana. Escucha repercutir el trueno al invadir el pasillo de la nave central de norte a sur entre los feligreces, ve estallar el refucilo en medio de tanta decadencia, al borde de lo que parecía un acantilado. Se agita su respiración, que cada segundo que pasa se hace más furiosa y profunda. Apuesta por la vida. — le susurra la voz. No la dejes.
Abre los brazos, paulatinamente los extiende en un aleteo forzado y examina su esqueleto y sus sombras interrumpidas y fragmentadas en la columna de mármol. Se golpea las palmas de las manos, las plantas de los pies. Está recostada boca arriba en el ojo de la tormenta, observando las palomas pintadas en el fresco del ábside abovedado sobre el altar. Fondo verde esperanza, ángeles blancos, una cuna rodeada por rosas, un ventanal que indica el retiro de las tinieblas y el ingreso del nuevo día.
Apoya una rodilla con incertidumbre, arquea el torso, entablilla sus hombros y hace un giro de trescientos sesenta grados. Lanza una mirada de soslayo a su alrededor, desafiante, hace morisquetas a todos aquellos que la observan con indiferencia, con arrogancia, con espanto; vuelve a soltar su peso, se mece de lado a lado, cae, se retuerce de dolor y vuelve a perder el equilibrio. Una melodía conocida tararea en su cabeza una cadena de utopía y notas musicales. Aleluya.
Sus piernas se aflojan, flexiona las rodillas, el tul del velo se enrosca en sus pies, por los suelos y forma parte, a partir de ese momento, de su cuerpo y de sus pesadillas. Lo rebolea con insolencia. Gime, exhala, suspira, grita, aligera la columna, no le dará el gusto a nadie de los presentes de sentir todo eso como castigo.
Se desploma otra vez, vencida. Los puños cerrados. Ya no se mueve. Escucha como la tormenta se aleja, triunfante, como olas de paradojas y elogios y nubes de fino nylon en la bóveda celeste.
La ficticia perfección no te sirve de nada. — le comenta la voz.
Hace un esfuerzo por levantar la cabeza, aparta sus cabellos de sus ojos, se arrastra, rompe en llanto y apoya las muñecas, los tobillos, el cuello en la eternidad del piso frío. Un enjambre de polillas verde pálido plateadas casi malvas se posa en su cuello, en sus manos, en su pecho, en su entrepierna, en las baldosas del piso.
Es como si su propio cuerpo no la dejara salir de la crisálida onírica donde se encuentra casi dormida. Asume las consecuencias. —le pide la voz. Valora tus esfuerzos.
De repente, una luz la atraviesa y hace fosforescentes sus venas, que se traslucen en su piel casi transparente e insulsa. Existe.
DE TUA NATIVITATE GAVISA EST TERRA
La tierra se alegra con tu nacimiento. Como hipnotizada, lee las palabras en latín en el arco de la bóveda de crucería que repercuten en repetición de ecos mientras las recalca en voz alta.
Logra sostenerse sobre sus pies. Puede girar sobre su eje como un insignificante trompo en el rincón del presbiterio, entre los púlpitos y los cálices del clero. Despega los talones del suelo. Hace una reverencia. Puede dar pequeños saltos en la impermanencia de sus sombras, opacidades y penumbras del atardecer del solsticio de verano que lo descubre invadiendo el lugar sagrado con tanto encanto.
Las ondas de tul, arremolinadas en sus pies no la dejan avanzar ni llegar hasta alcanzar los zapatitos de charol en aquel rincón, entre dos pilares, donde gira el trompo. Esos que siempre quiso y nunca tuvo.
Que el desmayo sea un milagro o un castigo es algo improbable, emocionante y tan perturbador como los relatos de una mariposa, escribía el poeta Peter Verhelst en las sillas de la sala del teatro de Brujas.
Ella la adoraba, siempre estuvo a su merced. De todas maneras, cualquiera sea la verdadera razón por la cual su amada nunca apareció ese día en la iglesia, ella parecería recuperar el conocimiento al cabo de unos pocos minutos. Verifica que respira — escucha decir a la voz sobre su hombro.
Nunca te lo conté, pero ella siempre había soñado que se casaría en Brujas, de encaje, desde el primer día que visitó la ciudad en 1997.
Sí, respira. Y la veo desplegar sus alas y escuchar los himnos y secretos del universo. — concluyó la voz.
Y oí el ruido de una multitud inmensa como el ruido del estruendo de las olas, como el fragor de fuertes truenos. Y decían: Aleluya. (Apocalipsis 19:6)

The Bride by Julia Margaret Cameron