Huir.
O dar el paso.
Dirigirse a lo desconocido.
Darle nombre a lo nuevo.
Sentarse en el rincón donde me espera un sillón ostentoso, orejero de terciopelo.
Ser la primera que corre hacia el sillón y convencer con la mirada a todo el mundo que es sólo mío.
Hacerlo propio. Desentumecer los brazos. Dejarse acunar por el empalagoso respaldo alto, los apoyabrazos y las pequeñas avellanas de lana y flecos que rozan la alfombra. Desaparecer en lo sublime del ‘no tiempo’. Sentir el olor a lo viejo, a lo ajeno, a lo que no es mío. Y sin embargo, imaginar el perfume a canela del acolchado y hacerlo digno de mi ser y mi alma.
Marcar los límites a mi alrededor sin dar explicaciones, con sal, con lágrimas, con talismanes de cristal de roca; crear un vasto tramo de vacío entre ellos y yo. Levantar la palma de la mano y notitas escritas en lápiz de grafito: Para. Hasta ahí llegamos. No digas más nada. Suficiente. Sólo se aceptan susurros y palabras de ánimo.
Amotinarse y hacer un círculo imaginario de anís estrellado y quemarlo para protegerme del mal de ojo y para atraer la plenitud y la buena suerte.
Sentir la llama y las chispas del sol de mediodía, excepcionalmente ardientes, en plena primavera belga. Casi verano. Lo se. Es que ni siquiera quiero darme cuenta que llega a su fin en unos días.
Venerar el sol y hacer una reverencia. La hora dorada. Incinerar los recuerdos. Sentir que los rayos se tatúan en cada una de mis células, en cada poro, a través de mis pestañas. Pretender ser valiente y que no me irriten ni ardan.
Sentir los ojos de todos posarse en mi y no darle importancia. Tantos ojos que me miran. O parecen mirarme, vigilantes como si me subiera a un escenario vacío enardecido de luz. Tantos ojos que me miran sin juzgarme. O por lo menos, es lo mínimo que espero de ellos. Piropos y elogios.
Conferirle al rincón el título de testigo de mis ideas, aquellas que crecen en mi, con total sutileza, día a día y hora a hora. Ennaltecer en silencio los frutos y las virtudes que todavía no están presentes con un acto solemne.
Mirar fijamente a la nada, quemar menta para calmar los pensamientos y reducirlos a banales cenizas blancas. Que no son blancas, por cierto, ni puras, son viscosas y amarillentas.
Escribir mis deseos en un sobrecito de papel, uno que escondí en el bolsillo de mi vestido. Sobrecito de té verde, mango, romero, jengibre y ananá.
Quemar cáscaras de naranja para avivar la alegría agreste en el correr de mis días y la consagración de un milagro.
Cerrar un círculo. Celebrar lo intacto y lo desconocido de un nuevo inicio, todavía en una burbuja de tristeza y en color sepia.

Sadness by Julia Margaret Cameron 1864