Llegué allí cargada de historias. Me miró a los ojos, cómplice, me sonrió sin dudar y envolvió mis relatos audaces, mis crónicas, mis desplumadas anécdotas y mi runrún con el más fino y majestuoso papel de regalo. Papel de fondo blanco y presagios, con orquídeas tropicales y colibíres de tonalidades azules y doradas.
En esos instantes, sólo la dulzura de su mirada, la habilidad de sus finos dedos y el reiterado doblez de origami del papel que formaron sus manos al envolver aquel libro fueron para mi como un sueño elíseo.
Hay momentos precisos, de unos cuantos titilos, que necesitamos que alguien nos recuerde lo que es sentir una vez más el amor cuando lo hemos olvidado por completo. Qué serenidad se siente en ese desafío de esos cuatro mil aleteos por minuto que alguien nos traiga a la memoria que estamos vivos, que respirar es un prodigio y que el corazón todavía palpita con insistencia.
Encontrar un colibrí azul impreso en aquel papel no era una coincidencia. Era un cerrar de ojos y un suspiro de alivio.
Me permití sentir esa súbita resurrección de mi alma. Me permití creer que el colibrí era el mensajero de tus palabras, de tus latidos, de tu cielo, de toda tú.
Tú, que ya no estás presente, pero al mismo tiempo, muy acurrucada en mi infinito.
Una vez leí que aquello que no queremos sanar es porque el dolor que nos causa es el único enlace con aquello que, imposibilitados de aceptar, perdimos.
Me pregunto cómo hace el colibrí para flotar en el aire sin moverse.
Me pregunto qué es al fin y al cabo el amor mientras paseo mi letargo y mis historias envueltas en el papel con colibríes por el sinfín sin ritmo de calles y de ciudad.
Me pregunto si todo el amor que te confesé y que con inocencia perdí, volverá algún día a renacer en mi. Ese amor tácito, incondicional. Esa sensación de pertenencia. Ese calor de paraíso. Esa complicidad. Ese roce de nuestros labios. Ese néctar. Esa pasión. Ese secreto despertar. Ese parpadear. Una vez cada cuatro segundos.
Ese batir de alas.