Hay días como hoy que ato mis pensamientos con un hilo celeste de lino muy fuerte a mi dedo índice y a la casa de mi infancia. Lo sujeto así como aquel niño que sostiene el hilo de barrilete en el viento, en lo alto del cielo.
El hilo está amarrado a las grietas de las paredes, a las baldosas del patio, está anudado a las ramas de los nogales y al tejido lindero de alambre.
En la búsqueda de soporte, retorciéndose de dolor, el hilo va formando un fuerte nudo, haciendo trampa, como los zarcillos espiralados y trepadores de la pasionaria azul.
Ahí, en ese rincón del fondo del patio de aquella casa, bajo los nogales, cerca del paso del tren de carga que veía por las mañanas, crecía el mburucuyá silvestre. Mburucuyá, como llamábamos a la pasionaria entre mis amigos y los conocedores del sabor de sus frutos, en lengua guaraní.
Enredo el hilo de lino a los zarcillos. Los observo atentamente. Los zarcillos parecen no defenderse del estímulo y del contacto con mis manos. Dicen que el tiempo de reacción varía entre los treinta segundos y las dieciocho horas y que después de un contacto pasajero pueden volver a su posición original. Y si no encuentran ningún apoyo, al envejecer, se enrollan sobre su lado inferior o se secan.
Como los zarcillos de la pasionaria, en los momentos más inesperados y los lugares más confusos y exóticos del día, me enredo en la corona de la flor de la pasión. En sus ocho centímetros de diámetro me dejo lanquidecer. Y me pinto las uñas nacaradas, para que tu me confundas con las hadas.
Tomo la botellita del elixir. El elixir tiene efectos sedantes e hipnóticos.
20 cl de una mezcla exquisita de hierbas seleccionadas de todo el mundo y azafrán, que luego se maceran y destilan con 40% de alcohol. Anís estrellado, canela, saúco… Dejo caer unas gotas sobre mi lengua. Me lo ha recomendado una mujer muy sabia, en el camino de los campos de lúpulo aromático.
Aquí estoy, desnuda, reflejada de pronto en una de las gotas que cae en uno de los pétalos de la pasionaria. Entrelazada a los anillos del astrolabio de hierro en medio del jardín, bajo los rayos del sol de verano, pensativa, en puntas de pie, esperándote. Atravezada por la flecha de metal. Intentando determinar la posición y la altura de los astros en el cielo.
Estoy, pero no estoy. Vivo, pero no vivo. No siento el calor del sur, ni los vientos fríos del norte.
No te preocupes, el punto de mira de la flecha apunta a la estrella elegida. Las coordenadas celestes indican perfectamente dónde estás y dónde estoy yo. También pueden especificar tu distancia de la mía.
Sin embargo, es como si tuviera un vacío galáctico interno entre las vísceras serosas, entre los huesos de marfil y la piel entumecida.
Me duelen las pestañas y el iris marrón de mis ojos, los músculos del cuello, la latitud de la espalda, las contracciones del corazón. Junto los pedacitos astillados entre los sépalos de la pasionaria. Aserrín áspero y jabonoso con el que me lavo las manos. Clavos con los que me torturo el cuerpo y vidrio molido que mastico hasta hacer sangrar mis encías. Bocanadas de suspiros y llantos amordazados. Silencios infranqueables que escucho como ecos desde el fondo del patio de la casa de la infancia. Silencios que ato con el hilo de barrilete celeste que ese día me regalaste y que, aparentemente, olvidaste que era mío.
Tomo el elixir y sirvo el licor en una copita. Dicen que cuanto más fino el cristal, mejor es la melodía. Dependiendo del nivel de elixir, la copa cantará con un tono más agudo o más grave.
Antes de beberlo, mojo mi dedo índice en la mezcla de las treinta y dos especies de plantas y hierbas que forman la base del licor. Froto con suavidad el borde siguiendo su circunferencia a una velocidad continua y regular. El caliz de la copa, al cabo de unos segundos, comienza a evocar nuestra canción.
‘Quien mira hacia afuera, sueña; quien mira hacia adentro, despierta’ nos decía Carl Jung.
Quisiera despertar de esta pesadilla, sin dudas. Del colapso. Del final del mundo. De este enriedo de hilos celestes. Pero ya no le tengo miedo a los recuerdos. Ya no habito entre estantes de sedas y terciopelos, entre cajitas de perlas, piedras y lentejuelas doradas.
Ahora vivo entre lagos y jardines de flores de encaje, entre helechos salvajes y el croar de las ranas.
Llevo una tiara de plumas de palomas blancas y una capa bordada de alas de libélulas esmaltadas, escarabajos y chicharras.

Julia Margaret Cameron