Desde niña me había fascinado la vida de Sissi, había leído en los años ochenta todos los títulos de la saga. La colección roja de la biblioteca para jóvenes lectores de mi escuela contaba con todos sus libros: Sissi frente a su destino, Sissi la fierecilla, Sissi pequeña reina, Sissi y el fugitivo, Sissi emperatriz, Sissi en la isla Madera. Aquellas soñadoras ilustraciones de las tapas con la firma del artista español Aniano Lisa, esos ojos oscuros y melancólicos, su aura de soledad, su rebeldía y perseverancia me hacían soñar ya con ella. En su diario secreto, Elisabeth escribía en su niñez:

Soy una niña de domingo, hija del sol.

Los rayos dorados bañaron mi trono.

Y sus rayos brillantes se trenzaron en mi corona,

Luz del sol que amo, y que habita en la zona dorada.

Hija de la fortuna, nacida en la melodía cristiana de la noche de navidad de 1837, estaba destinada a vivir en aquella gloria dorada de las ambiciones de duques y archiduquesas, entre los ramos de flores de la vida imperial, los paseos en carruajes tirados por caballos de crines plateadas y blancas.

Leal a la libertad de los veranos del castillo de Passenhofen, fue vendida a los quince años a la próspera institución del matrimonio. Muerta de miedo al llegar a Viena, vivió llena de remordimientos por más de treinta años, pero fue a su vez obediente a la jura de votos inentendibles, que nunca se animó a romper.

Romper las reglas es algo que puede asustar a priori. Al fin y al cabo, se dice que las reglas están para cumplirlas.

Regla número 1. El propio bienestar y/o la felicidad dependen de uno mismo.

Regla número 2. El objetivo de estar en pareja es el bienestar afectivo de ambos.

Regla número 3. El amor no tiene nada que ver con el sufrimiento y el dolor.

Aquello de la demandante vida monárquica lo lamentaría toda su vida. Enjaulada en crinolinas, protocolos y corsés, fue envuelta en puntillas de encaje de vaporosas mangas de seda y terciopelo de exuberantes vestidos victorianos, incontables rumores, una cintura de diecinueve pulgadas, una hermética rutina y un servicio militar, una demasía de disciplina y la malisia de su nueva familia aristocrática.

Especialmente orgullosa de su larga cabellera color castaño que solía decorar con coronas de trenzas, estrellas de edelweiss y diamantes, y su pasión por la equitación, estaba obsesionada por la juventud de su cuerpo, la fragilidad de su belleza y la finura de su silueta. Esto le generó numerosas neurosis y ansiedades y un intimidante narcisismo. Considerada una de las mejores amazonas de Europa, los ecos de sus admiradores eran sus únicos puntos de pertenencia a la realidad del universo.

Camille ha sido la compositora de la música de la película austríaca Corsage, la emperatriz rebelde, una reinterpretación de su vida y su reputación que no he dudado ni un segundo en ir a ver hace unos meses. La directora de la película, Marie Kreutzer, muestra el lujo de romper las reglas.

Como dice la sabiduría popular: ‘las reglas están para romperlas’. Y en algunos casos, desde luego, es el único camino para que la sociedad, el conocimiento o la cultura evolucionen.

Ella era es el título del tema musical de la película, que me hizo recordarla a ella, y también, a mi misma, y, por supuesto, a las reglas del amor.

[Verso 1]

Cuando ella estaba en casa

Ella era un cisne.

Cuando ella estaba fuera era un tigre.

Y un tigre en la naturaleza no está atado a nadie.

Cuando ella estaba perdida

Ella era un sapo.

El día que la encontré en el camino,

Le di agua y una rosa

Y mientras se estiraba

Salió el sol

[Coro]

Ve! Ve! Ve

Vete, vete, vete

Ve! Ve! Ve…

Cuando la conocí, su casa era todo lo que yo había soñado alguna vez entre los párrafos y las páginas de los libros sobre Sissi. Las luces tenues, la madera, los atardeceres soleados. La serenidad y el silencio. Las palabras leídas, pero no dichas. Ella era una especie de estrella, de nube, de estela, lánguida, recostada en la hierba, que podía confundirse con el horizonte dorado de la fiesta de su jardín.

Entraba y salía por la puerta de su casa como un cisne, con sigilo, cargando toda especie de nidos y huevos en su espalda, en su cuello, en sus hombros, amarillos claros, celestes. La puerta parecía el borde de un lago marino. Cuando el mundo la cansaba, anidaba su cuello en la isla de su sofá, entre los pétalos de rosas frescas y las plumas blancas de sus almohadones de terciopelo, sobre mi regazo.

Durante las temporadas de migraciones, cuando toda ella personificaba el poder, la astucia, la fuerza, podía recorrer cientos de kilómetros sola en busca de aventura como un tigre. Entonces la puerta se mantenía cerrada, las cortinas bajas. Nunca la encontrarías en casa.

En tiempos de indecisiones, ella era como la esposa de Yi, el Buen Arquero, originalmente conocida como la diosa Heng’e que se refugió en la luna, después de robar el elixir de la inmortalidad.

En la luna, donde según las leyendas, vivía un sapo, Los chinos creían que cuando el sapo se comía a la luna así ocurrían los eclipses.

[Verso 2]

Cuando ella era joven

Ella era una vaca

Y todo el dia

Ella ordeñaba las estrellas.

Ella me enseñó

«Mujeres: para sobrevivir

Se debe ser infiel al hijo»

De todas las maravillas del mundo

Ella era una dama con un pájaro.

Ella debe haber tenido tantas vidas.

¿Era esa la primera?

¿Fue esa la última?

[Coro]

Ve! Ve! Ve

Vete, vete, vete

Ve! Ve! Ve…

A veces, ella se recostaba a medianoche en el rocío del césped, con su camisón blanco, su piel transparente en la alquimia de la noche a desafiar las Pléyades de la constalación de Tauro, los cielos, los dioses y hasta a mi misma.

A veces podía ser como una de esas damas victorianas, de mil vidas y extrema gracia, de sombreros enormes y plumas de pájaros, sosteniendo el paraguas de puntillas y frunces. Mi Romy Schneider. Mi Vicky Krieps. Mi Lily Elsie, como yo la pensaba, como yo la amaba. Aclamada por el público como aquella actriz de Broadway que tanto se le parece. Podía capturar todos los corazones con su encanto, su popularidad, su talento y sus perlas al cuello y su broche de esmeraldas.  

[Verso 3]

Cuando ella estaba enferma

ella era una ballena.

Era tan paciente que esperaría

Hasta que le cante en la calle

Las melodías más dulces para aliviar su dolor.

Cuando ella fue vieja

ella fue una lechuza.

La vi balanceándose en el cielo.

Y cuando ella murió en mis brazos

me di cuenta de que era un gato.

[Coro]

Ve! Ve! Ve

Vete, vete, vete

Ve! Ve! Ve…

Sus ojos celestes y los de las lechuzas no soportan la luz directa del sol, por eso en el antiguo mundo se las consideraba símbolo de la noche, de lo oscuro, lo oculto y lo secreto. La brujería y los hechiceros. La clarividencia, su percepción extrasensorial y su bola de cristal.

A pesar de su vejez, me la imaginaba capaz de mantener sus ojos abiertos aun ante la inclemencia del sol del mediodía. Su rostro, cubierto de fino encaje negro para atenuar sus rayos.

Los ecos de la noche, los oráculos, las patas de conejo bajo su almohada, las herraduras de caballos que colgaban en sus paredes, los colmillos de animales que guardaba como amuletos contra el mal de ojo, todo eso me hacía pensar que el búho del que me hablaba había sido desde el principio su mascota de maga.

Ese búho blanco que salía bajo su capa cuando bailaba desnuda bajo la luna llena y que le cantaba durante las noches lo relacionaba sin duda con la divinidad, la inmortalidad, los astros y las fuerzas cósmicas, no con las tinieblas y la muerte.

Según Ovidio, fue la misma Perséfone, la que transformó a Ascálafo en búho rociándolo con agua del río Flegetonte.  

[Puente]

A veces me pregunto

Si mi niña

Tendría sus ojos

Para ver a través de mí.

Y cuando muera

Y vuelva a nacer

Me pregunto que seré

¿Una piedra?

¿Un gato?

¿Un árbol?

[Coro]

Ve! Ve! Ve

Vete, vete, vete

Ve! Ve! Ve…

Siempre me imaginé una hija con sus ojos. Libre, valiente como Sissi, vestida de amazona, de moño de encaje al cuello y guantes blancos.  

Lo he pensado mucho al final de la película, cuando la emperatriz se suicida en el Océano Atlántico al saltar de la proa del barco.

Cuando yo muera y vuelva a nacer quisiera ser un árbol. Un árbol gigante en uno de esos bosques mixtos que ella tanto ama, de coníferas, de robles y de hayas. Para poder acunarla entre las pequeñas aves, los frutos, los insectos, los huevos de pájaros y las ranas.

Museum Ludwig Köln – Empress Elisabeth of Austria collection

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