Es la torre más alta de la ciudad.

El reloj público de la torre se había detenido a la una y media.

Decían que debían llamar a un experto en relojería y mecánica del tiempo.

Tampoco era tan simple encontrar una persona con los conocimientos teóricos y prácticos en materia de relojería. No se trata de un reloj de bolsillo, ni de péndulo, ni caja de música con pájaros cantores, sino del reloj de la torre de la iglesia protestante de la ciudad.

Las campanas de la iglesia, de estilo neogótico, habían sido traídas de Alemania. Sonaron por primera vez el 26 de diciembre de 1895. Los movimientos de las agujas y sonidos de las campanas debían estar coordinados y, el mecanismo, para mi hasta ese entonces, oculto, cobraría un inolvidable significado poético a partir de ese año.

1990. Había cumplido trece años y las palmas de mi mano eran tan grandes como hoy y podía observar las mismas líneas de vida. La línea del destino ya indicaba el camino que yo seguiría en mi viaje y cómo este influiría en mi futuro, el ritmo, la melodía y sus disonancias.

En hipótesis, todos los que subíamos la escalera en ese momento teníamos un antepasado común, universal, según Darwin. Y todos, el mismo dios, según los salmos que cantábamos los domingos por la mañana en el templo. Todos éramos jóvenes luteranos, bautizados con las gotas de agua divina en aquella pila bautismal emplazada por las familias de inmigrantes de origen alemán, suizo, austríaco y belga. Todos ellos constituyeron a finales del siglo XIX las congregaciones cristianas evangélicas del Cono Sur, en Argentina, Paraguay y Uruguay.

Octubre de 1990. La confirmación de mi fe.

El ascenso era un regalo de Dios, nos había dicho el pastor.

Dejé las huellas de mis pisadas en aquella escalera de madera, plagada de polvo y líquenes crustáceos, como aquellos que viven fuertemente arraigados a la superficie de las rocas medievales.

En cada paso que daba, en cada respiración, en cada oración sentía el poder de la comunión con mis ancestros, quizás no tan clara como la entiendo hoy. Los registros en alemán gótico, los linajes, los mitos bíblicos, las líneas musicales del órgano y las plegarias se unían en voces en espiral y vuelo de ángeles que me envolvían con sus himnos y alas. Y las campanadas. Todavía resuenan en los rezos memorizados al pie de mi cama de niña.

En mis manos se bordaron los credos de mis antepasados alemanes, las confesiones de mis abuelos paternos, las predicciones de mis tatarabuelos maternos y las astillas de sus barcos que zarparon un día de tormenta del puerto de Hamburgo.  

1990. Fue el año que comencé a armar mi árbol genealógico.

Anoche pude recordarlo y reconstruirlo en una de mis meditaciones diarias. Ya había olvidado sus ramas y ese ascenso en espiral por las escaleras de la torre.

Octubre de 1990. Primavera.

Dios no vendría a nuestro encuentro en la cima de la torre para juzgar a los vivos y a los muertos. Sino para enseñarnos la vista más maravillosa de la ciudad de Esperanza. Un regalo del cielo. Liturgia y eucaristía. Consagración de la primavera. Concierto de flores azules, celestes aterciopeladas. Todo junto. Corona de jacarandás alrededor de la plaza central. Susurros generacionales y preguntas existenciales.

Flores y árboles que no existen en Bélgica.

Augurios primaverales y rondas de golondrinas. Círculos misteriosos de adolescentes. Adoración de la tierra. Evocación de los antepasados.

Deja un comentario