Me ahogo. Sigo anclada a los abismos del océano Atlántico.
Como si me despertara después de una tempestad.
Es un milagro seguir viva. O eso pienso, cada segundo que pasa antes de envejecer.
Me veo, allí, en el espejo inalcanzable donde vuelan los cisnes, ahogándome.
El silencio.
Parece a simple vista una gran piscina, no un océano. Paredes rosadas, sin olas y fondo de rocas negras.
Hace mucho tiempo que estoy aletargada en el fondo marino, que ni ella, ni tu, ni yo conocemos. Lo extraño es que ya ni siento el vértigo.
El desapego.
Veo, a lo lejos, un poco difusos, los peldaños de la escalera del amor místico. Son treinta escalones que conducen al paraíso. La perfección es tentadora, pero no existe.
La oración.
No hay razón para que se conozca mejor la Luna que el fondo de los océanos, dicen los biólogos.
Lo intenté. Te lo juro. Cada día, al abrir lo ojos, con el primer aliento, lo intenté.
La obediencia.
Comencé a nadar, pero me detuvo el vértigo en el medio de la piscina, en la zona más honda. Unos filamentosos helechos marinos, los lastres de la vida y unas cuerdas color naranja amarraron mis piernas y mis pies, enredaron mis pensamientos y me obligaron a hundirme.
La penitencia.
Desde lejos, a tres mil novecientos metros de profundidad, pude ver la danza de los cisnes, más allá de la superficie y la galería de imágenes de nuestros recuerdos. Uno blanco, otro, negro. Tu, yo. La unión de los opuestos. Ánima y ánimus. La dualidad de la luz y la sombra, lo femenino y lo masculino, la vida y la muerte.
La verdadera peregrinación.
Intenté deslizarme entre las algas doradas, pardas, marrones o feofíceas, las rocas y las burbujas en un ascenso en espiral hasta alcanzar los cisnes. Pero los perdí de vista. Sólo vi flotar un par de libélulas muertas entre la locura de las frondosas matas flotantes, delicadas hebras y anchas ramas aplanadas de algas en forma de abanicos entre colonias de células, plancton y esporas flageladas.
En medio de una crisis, a menudo nos preguntamos si nos hemos vuelto locos.
El recuerdo de la muerte.
Me enredé con las raíces fibrosas, las láminas lisas, pegajosas y arrugadas y vesículas llenas de gas de las algas justo antes de rozar la superficie del agua y poder respirar.
La esperanza.
Un rayo de sol se reflejó en círculos elipsoidales y concéntricos y me encandiló. Cerré los ojos. Creí verte.
Mis dedos y mis labios se abrieron paso entre los tallos y las hojas de las algas. Pero los cisnes ya no estaban. El espejo yin/yang, las paredes del templo y el altar donde volaban habían desaparecido. Sólo vi la escalera del divino ascenso.
La renunciación.
Me pregunto si los peldaños de la escalera están relacionados conmigo, con los cisnes, con el fondo del océano; si me alejarán de todo lo terrenal, de la inocencia, de los recuerdos y de ti.

Ilse Moore