Las horas, los minutos, los segundos colapsan insalvables, sin más, como en acordeón,

se amontonan como bruscas corcheas y semifusas en las arterias inertes de mi corazón.

La piel resquebrajada de mis manos desnudas intimida y el miedo al desenlace castiga.

La asfixia sigue a mi cuello anudada y las lágrimas de algas, que ojalá bendigan.

Las fechas se burlan de mi, las palabras se empantanan como medusas en mi garganta,

agridulces, gelatinosas, y miro el reloj de arena con desencanto mientras me atragantan.

Las hojas desenmarañadas de mi diario, arrancadas a tirones y diestros tijeretazos

las pliego, las releo, las contradigo, las piso, las tiro al fuego a inevitables latigazos.

Y la tinta del calamar que me persigue y da color negro a mi sangre y mi saliva

me enfrenta y se convierte en existencia, en elixir de inmortalidad y de larga vida.

La clorofila de las orquídeas es testigo de la indigestión, del hartazgo y del delirio,

del castigo, del largo silencio al final del párrafo y de los puntos y aparte haciendo lío.

El fastidio de noches en vela, el hechizo al encandilar con linternas las plateadas polillas,

el desconcierto de andar a tientas con pies descalzos, fríos, sin medias ni zapatillas.

La malvada ansiedad que todo lo tiñe de engaños, de amenazas, de luces y de sombras,

la persecución de almas inocentes y la lectura de cuentos infantiles entre las alfombras.

Incestuosos adagios bajo el sol de verano maldito que intento espantar

como burbujas y densa espuma de moluscos que no dejan de atormentar.

Secretos que naufragan, crecen y decrecen en la marea y el desvelo de madrugada.

La compasión y la serenidad se escapan entre las grietas despreocupadas y yo, empalagada

con la melodía insostenible del harpa que alcanza las líneas invisibles del pentagrama.

Tiempo que despliega sueños que engañan la memoria y dejan en blanco el crucigrama.

La herida es por donde entra la luz, decido atenuarla tirando del cordel de terciopelo.

Los desafíos de un destino que pende de hilvanes de hilo y los corto con escarpelo.

Una voz que me atrapa y me arrastra a subir a la punta inalcanzable de la torre

Y me impone caminar por la cuerda floja, que vengan las diosas, las moiras y me socorren.

Entonces ahí, en suspenso,

que las horas, los minutos, los segundos se congreguen obligados frente a mi y se supediten

Y que no se apresuren, ni se amontonen en el bullicio desamparado de mi escondite.

Sarah Moon

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