Ese atardecer buscó el libro en su biblioteca hasta encontrarlo. Lo abrió y una de las primeras frases de la introducción citaba: Y siempre, en nuestros sueños, la casa es una gran cuna.

Por esos días dudaba sobre la maternidad. Había sido todo muy rápido. El enamoramiento y los ensueños todavía se bordaban en los espacios de sus propias soledades. Pero quién sabe, probablemente las flores talladas en la cuna por aquel ebanista que desconocía eran las mismas que las de los naranjos de su memoria.

La casa que habita en mi era el título de un simple collage de María Zeta, una artista esperancina, con el que se había topado en internet la noche anterior. La autora de la obra citaba aquel libro que ella había leído hacía ya más de veinticinco años cuando todavía estudiaba arquitectura, La poética del espacio del filósofo Gastón Bachelard.

Bachelard se preguntaba al igual que ella: ¿Era grande la habitación ? ¿Estaba muy atiborrada de objetos la buhardilla ? ¿Era caliente el rincón ? ¿De dónde venía la luz ?

Era en ese refugio oscuro y descuidado de la casa natal donde todavía se enraizaba la cuna de madera tallada donde ella había nacido. Le había prohibido a su padre que la regalara. ¿Qué destino tendría esa cuna ? — pensaba, si no tenía hijos. —¿Colmarla de flores y naranjas?

Bachelard nos obliga a demostrar que la casa posee uno de los mayores poderes de integración para los pensamientos, los recuerdos y los sueños del hombre, donde el pasado, el presente y el porvenir dan a la casa dinamismos de registro. Un lugar donde se archivan datos concretos, sensoriales, y a la vez abstractos, simbólicos e impalpables.

La naranja dulce había cruzado el Atlántico durante el segundo viaje de Cristóbal Colón, al igual que sus antepasados alemanes. Ella también podría hacerlo, sin arrepentimientos. Volver a ese rincón, al umbral del ensueño del jardín y a la inmensidad de los espacios de escondite solitario y silencio de la infancia.

Hacía tiempo que rumores, escalofríos suspendidos en círculos y presagios de insomnio venían susurrando doctrinas, luces y sombras en idas y venidas desde el patio de su casa en Esperanza.

Hervía el agua en la tetera y ponía unos pétalos secos de azahar en el pequeño colador de metal. Los vapores de las flores de su infusión eran testigos de estas terapéuticas ensoñaciones. Era casi medicinal. Había leído que aquellos tés eran el remedio tradicional contra los desmayos.

—No, no…!— se dijo dejando la taza de lado —¡quiero desmayarme en este preciso instante!

Morir y renacer en Esperanza, en la casa paterna, en la cuna de madera. Ser bautizada bajo la gloria, la salvación eterna, la gracia divina y las oraciones de las flores de azahar del naranjo, como si fuera un sacramento con propiedades sedantes, hipnóticas y aromatizantes. Porque así lo era para ella, como una promesa que se haría en su propio jardín de las Hespérides.

Las ventanas de la casa daban al oeste, donde se veían durante aquellos años de su infancia las copas de los naranjos también de los vecinos, y otra vez la teología de incontables flores de azahar que purificaban el aire durante la floración esos interminables veranos.

Recordaba tocar los pistilos pegajosos con sus dedos, mientras los salpicaba con agua. Pistilos que se transformarían en exuberantes frutas, bien grandes y robustas, como le gustaban a su padre. Porque él sabía pelarlas de una vez, sin interrupciones, de corona a ombligo, con un cuchillo amarillo que su abuelo había traído de Alemania, especial para pelarlas.

¡El perfume de los azahares! Los mismos que inmortalizados en flores de cera, coronaban los velos de novia de los inmigrantes provenientes de países europeos como sus tatarabuelos. Velos de tul, encaje y cintas de seda permanecían enmarcados en cajas ovaladas de madera y vidrios curvos, con un poco de verde moho y todavía se conservaban en medio de la somnolencia grisácea de los depósitos del Museo de la Colonización de Esperanza.

Ella había visto esas estampas, las había tenido en sus manos cuando trabajaba en el archivo. Los gringos colgaban estos cuadros en la pared del dormitorio, sobre la cama matrimonial, como testimonio de inocencia y fertilidad, como escudos de castidad y pureza ante las pestes del incesto y la lujuria.

Siguen allí, como obligada herencia en el desconsuelo del desván del museo, —quién sabe por qué— analizaba, contando historias de sueños laberínticos que nadie se animaría a repetir ya.

Ese momento de intimidad, con el té en mano que no se atrevía a tomar, mientras meditaba sobre los velos de las novias de su familia de inmigrantes, padrinos, iglesias católica y luterana, agua bendita, ninfas del atardecer y estrellas vespertinas, fue casi curativo y afrodisíaco.

De la destilación de la flor de naranjo agrio se produce el agua de azahar, aquel que su madre usaba en su repostería dominical, en ciertos postres, en masas pasteleras y tortas de limón nacaradas con una especie de merengue de glacé real. No era más que azúcar disuelto en agua y cocido a fuego lento, con semillas de vainilla en rama. 

Bachelard se preguntaba igual que ella:

¿Cómo se saboreaban los silencios, tan especiales, de los diversos albergues del ensueño solitario ?

Cómo olvidar ese bizcocho de pistachos, crema de frutillas y almíbar de azahar. Cómo olvidar esos aromas y jarabes que embellecían la casa desde su cocina de colores ámbar. Las habitaciones parecían perladas durante esos atardeceres donde la luz entraba por las perforaciones de las persianas bajas.

Deja un comentario