Suele decirse que el dolor físico no se recuerda.

Pero sí, el olor a esterilidad y azufre. Y cómo no, el tironeo de la tijera y la pinza en mi espalda, cuando cortaban y sacaban los hilos que mantenían la herida cerrada. Y aquel sonido de unos pocos cortecitos que no duelen como dijo el cirujano.

—Pero si Elenita es muy fuerte…— les aseguró jocoso a mis padres, parado a mis espaldas con tijera y pinza en mano, que yo había visto de refilón, las que para mi se convirtieron en ese momento en un cincel frío, un mazo y una lima. 

Estuve un mes estática en cama después de la operación de columna, llevando un corsé con ballenas de metal y cordones blancos que se tallaban en mi piel. Todavía lo guardo de recuerdo, ya hace casi treinta años, en algún cajón de la casa de mis padres. Por esos tiempos fue cuando descubrí mi fascinación por las esculturas de mármol. Me sentía rota, me daba mucho miedo dormirme, que el sufrimiento fuera eterno y no volver a caminar. La mutilación y la deformidad. La inmovilidad.

Antes de comenzar mis paseos por el Jardín Botánico de Buenos Aires, había tenido que hacer rehabilitación en una pileta climatizada por dos años todos los días. Ahí nadaba por las noches con José después de mis clases en la universidad de arquitectura. Las horas de natación y nuestras charlas se habían convertido en los pilares de mi salud física y mental.

Siempre había considerado que mi cuerpo era una construcción bien sólida, un paraninfo de columnas dóricas, esculpidas y robustas, de capiteles sin ningún elemento decorativo muy llamativo. Era una adolescente de diecisiete años, alta, vigorosa, atlética. Jugaba al tennis, era muy buena pitcher en un equipo local de sóftbol, hacía gimnasia rítmica con cintas con mis compañeras de la secundaria. Me encantaba ir a patinar en el sendero de cemento zigzagueante del parque entre las corpulentas tipas de flores amarillas y semillas aladas y el canto estival de las chicharras.  

De un día para el otro no pude patinar, ni mover las piernas, ni las manos, ni la parte derecha de la cara. Tenía entumecimiento y hormigueo por el cuerpo que se transformó en un infierno de dolor, radiografías, calambres, resonancias magnéticas, electromiografías y estudios de conducción nerviosa. Viajes a la capital de la provincia, a Rosario, a Buenos Aires, consultas a traumatólogos y neurocirujanos.

Según los expertos, hay que saber diferenciar entre un dolor agudo y un dolor crónico. En ese sentido, creo que el mío de ese año era agudo y crónico. Cincelado y amarmolado.

Empecé mis paseos por el Jardín Botánico Carlos Thays tres veces a la semana al salir de mis religiosas sesiones de fisioterapia. Buenos Aires se había convertido en mi nuevo hogar. Cambié la arquitectura de columnas dóricas por las agujas e hilos de la moda. Cambié las tipas por los ombúes, lapachos rosados, gomeros y jacarandás. Y hasta un árbol de cacao.

Los árboles del jardín botánico comenzaron a plantarse en 1892 según los registros y manuscritos de la ciudad. Siete hectáreas con más de mil especies de plantas y árboles autóctonos y esculturas en medio del barrio de Palermo. Carlos Thays fue uno de los más grandes paisajistas de Argentina. Le debo mi recuperación y gratitud a este francés.

La Ondina del Plata era una de esas treinta esculturas de mármol de carrara. Evoca a una deidad de la mitología griega. Esta ninfa acuática, lánguida, me saludaba con gesto despreocupado y una leve sonrisa durante esas mañanas, mientras recogía su cabello con la mano izquierda para evitar que el mismo ocultara su mirada con el movimiento de la brisa. ¿Se avergonzaba acaso de su desnudez igual que yo?

Yo vivía a dos cuadras del jardín. Y me había enamorado de la Ondina del Plata desde el primer día que la vi. Jugando esos días a ser un dios, podría asegurar hoy que rezaba con toda el alma como Pigmalión, que mi Galatea cobrara vida y arrodillarme así embelesada a sus pies de marfil.   

La Ondina estaba siempre en el mismo lugar, esperándome, como figura alegórica flotando en medio del estanque, con los pies rozando los nenúfares y naciendo del agua. Era como la custodia del jardín. Quien daba la bienvenida a los estudiantes, vecinos y turistas de todo el mundo.

Los deseos del corazón. Y me pregunto: ¿si las estatuas pudieran hablar, mantendría Ondina todos nuestros secretos? La intimidad de nuestras charlas eran puramente contemplativas. A mi me contaba sus leyendas mientras yo la escuchaba cautivada por la belleza de su espalda desnuda. Espalda pulida, sin heridas, sin cicatrices ni cortes, ni perforaciones, una espalda perfecta, abrillantada. El marmolista había hecho un buen trabajo para evitar rayaduras y obtener un brillo tan uniforme y una superficie inmaculadamente blanca. Mi cirujano, también.

Mi cicatriz sobre mis vértebras lumbares y sacras se ha cristalizado con los años en la lisura de la piel de mi espalda para eternizar el dolor emocional que paraliza y que uno sí rememora. Ese dolor que he comenzado a entender sólo recientemente.

Thays escribió en su postulación como director de parques y paseos:

El hombre, sobre todo el que trabaja, necesita distracción y ¿acaso hay alguna cosa más sana, más noble, más verdadera cuando se sabe apreciarla, que la contemplación de los árboles, de las hermosas flores, cuando son dispuestas con gusto?

El espíritu entonces descansa, las penas se olvidan momentáneamente, por lo menos, y el aspecto de lo bello, de lo puro, produce un efecto inmediato sobre el corazón.

Hoy leo en un artículo del diario de Buenos Aires que especialistas en iconografías comentan que la Ondina tiene una grieta en uno de los pies. El paso del tiempo la ha hecho menos perfecta, pero no por eso, menos amada e inmortal.

Anatomie I – Sarah Moon 1997

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