Me llevó mucho tiempo entender el mito. Ese tiempo en el que existían sólo los dioses, pero no los mortales. Ella, al igual que yo, estábamos ambas modeladas con tierra y agua, y marcadas por el destino.

El 19 de mayo de 1997 fue cuando la encontré por primera vez en un libro. Era el día de mi cumpleaños. Cumplía veinte. Tenía la nariz pegada a la vidriera de Hatchards, la librería más antigua de Londres, fundada en 1797, dos siglos antes de mi fortuita visita. Después de concentrar mi atención y mi fascinación en el interior de la casa, decidí entrar. La icónica tienda era la librería favorita de Oscar Wilde y uno de los lugares más queridos por los amantes de los libros en Europa. Ahí estaba ella, entre arreglos florales frescos y majestuosos que iluminaban cada habitación entre escaleras. Era una impresión en un pequeño libro de J. W. Waterhouse, dispuesto en exhibición sobre una de las mesas de caoba perfumada. Ella había sido pintada en 1896.

Era una especie de revelación que alguien susurraba en mi oído. Recordé las clases de historia en la secundaria. Por esos días comencé a amar la mitología griega. Era ahí, justo antes de esa imagen, que los dioses empezaron a enfadarse y se produjo entre ellos la discordia. Quedé perpleja. Fue sólo un momento. Una promesa que ella rompió en sólo un segundo.

—¿Sabes a cuántos segundos equivale un momento? — me preguntó. Otra vez, esa voz.

Nadie lo sabe con precisión. Hace varios siglos, alguien hizo un intento de medición. Aparentemente hay cuarenta momentos en una hora. Por lo tanto, de noventa segundos cada uno. Ella tuvo noventa segundos entonces para dudar y romper la promesa.

—¡Ay, destino, destino, me estremezco al contemplar tu suerte !— me dijo la voz. — Así decepcionamos a los que amamos y a nosotros mismos.

Su infortunio, todopoderoso, fue más rápido que conciliar el sueño. Pensé entonces cuánto tiempo me tomaba dormirme. Hay días en los que me lleva horas, después de la invocación de todas las musas. A veces arriva Hypnos con ellas y recae en mi todo su poder, unas visiones y unos sonidos de sombríos presagios que se mezclan al azar. A veces me dice claramente todo lo que quiero saber en un lenguaje simple mientras cuento los segundos antes de cerrar los ojos. Otras veces, me deja desamparada entretejiendo enigmas y ensoñaciones nocturnas, para regresar a mi durante el día siguiente como refiriendo a unos oráculos equívocos, oscuros y difíciles de interpretar.

—¿Por qué tardas en proclamarlo todo? — me preguntó la voz. —¿Esperas un golpe de suerte?

—Sobre esto no preguntes más, no insistas. —le respondí imitando la voz de Prometeo.

—Es, sin duda, un augusto secreto lo que ocultas. — me dijo.

—A veces, puede tomar un poco de tiempo para que alguien responda, pero alguien responderá siempre. Se llama intuición. ¿Qué sentido tiene ir a toda velocidad? La esperanza es lo último que se pierde.

Domar la curiosidad puede llevar años. Cuánta celeridad se espera de uno. A pesar de sus duras amenazas, no le revelaré el secreto. Lo juro. Por encima de mi cadáver. De todas maneras, con tantas pistas, podrá algún día deducirlo.

—Pues con nada te conmueves, ni con tantos ruegos. Me estremezco por la suerte que te espera. — concluyó la voz.

Al lado del libro había una cajita de música. La abrí. No pude escapar a mi destino. Se repetía la maldición. La tentación fue más grande que mi vergüenza. Reconocí un fragmento de la melodía: Sueño de Amor de Liszt. El nocturno n° 3 había sobrevivido en el tiempo y era muy popular en las academias de piano. Solía tocarla entre las piezas que había tenido que practicar durante los años que tomé clases en Esperanza. Tuve una profunda sensación de realización al comprender la esencia de ese momento, como tantos otros.

Siempre me había fascinado el mecanismo de las cajitas de música. La vibración del peine metálico y las púas del cilindro que se ponen en contacto al girar la manivela. Podría hacerla girar por un tiempo infinito de años hasta morir, a la espera del verdadero amor.

Prometeo hizo que los mortales dejáramos de pensar en la muerte antes de tiempo. Albergó en nosotros esperanzas ciegas. Además de esto, nos regaló el fuego resplandeciente que le robó a Zeus. Depositó así toda su confianza en el hombre y la mujer, en sus artes de crear cosas bellas, como la cajita de música. Ladrón del fuego, lo llamaron hasta morir.

 —¿Logra uno adivinar los hechos que pueden ocurrir en el futuro? — le pregunté a la voz.

 —Esta vez explícate sin enigmas — me suplicó.

—Compré el libro. Lo guardo hace más de veinte años. Al mismo tiempo, fue creciendo en mi una gran desilusión, como una danza sorda alrededor del alma. No encontraba el amor. Los dioses parecían ser  insensibles a mis súplicas. Por momentos, la espera se hacía eterna. Como Thel, buscaba el sentido de mi vida hablando con todas las criaturas: un lirio, una nube, un gusano, un terrón de arcilla.

Con el trueno y la llama del relámpago, Zeus estaba herido de odio y lleno de deseos de venganza. Decidió crear a Pandora, esa misteriosa deidad que los dioses envolvieron en telares de hilos de plata y corona de flores, perfumes, gracia, sensualidad y voz celestial.

Pandora era esa mujer virtuosa. Waterhouse la pintó abriendo el cofre, sin distracciones, glorificando el mito de hace miles de años, en 1896. La que vi en la librería.

—Un día, hace unos años, la volví a encontrar. Uno de esos días de vientos de alas rápidas.  Pensé que se había caído del cielo. No sabía si era hija de un dios, de un mortal o de un semidios. ¿O fue pura apoteosis entre las nubes? Traía consigo una especie de urna, de ánfora. — y le revelé a la voz al fin mi secreto. —La besé y abrí la caja de Pandora.

El mito ya me había profetizado cómo se cumpliría el futuro. De repente, tuve que rendirme, y los segundos, los años, los meses y las horas me coronaron con una voz mística. Hice una profunda reverencia. Y desde ese día, le rendí honores a ella como a una divinidad a través de ofrendas de flores, frutas, música y alabanzas. 

Sarah Moon

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