El sobre me sorprendió esa mañana en el desamparo de la calle. Nueve y media. Pasé por al lado con total indiferencia. Insólito. Volvía caminando del centro de la ciudad cuando vi un sobre con una carta, al desabrigo del invierno, tirada en medio de la vía. Anónima. La humedad de la escarcha sobre los adoquines hacía que el anverso se pegara a ellos. Así que no podía leer el destinatario sin inclinarme, y la solapa, sin remitente, era lastimada continuamente por el golpeteo del viento haciéndola flamear.

Me quedé diez minutos eternos mirando el sobre. Demasiado viento para la frágil solapa. La dureza de los adoquines. Los zapatos que deben haberla pisoteado ya. No debe ser nada de valor. ¿Cuáles son los motivos para escribir cartas que luego vuelan con el viento y terminan abandonadas e indefensas sin llegar a destino? Eso es imprevisible.

Nadie me pregunta qué hago acá parada mirando el sobre. Disimulemos. Me siento avergonzada. ¿Qué día es hoy? ¿Viernes? ¿Cuánto tiempo he llevado la carta en mi bolsillo? Quizás debería volver a medianoche, y leer la carta bajo la luz de la luna. Ahora todos los vecinos miran. Soy demasiado orgullosa para arrodillarme ahora y levantar el sobre del piso. Pura curiosidad. ¿Será una carta de amor? No creo que sea la mía. A esta altura la carta tendría que haber llegado a Irlanda.

¿Es mi carta? No es verdad. Reconocería mi letra. No se ya si había colocado una estampilla. ¿Cuándo la he escrito? Si mal no recuerdo, era a principios del otoño. Había mucha niebla. Ecos. Sombras en mi alma ¿Me habré equivocado en el código postal? Hagamos memoria: ¿cuánto tiempo llevaba la carta en el bolsillo de mi abrigo? Definitivamente, un descuido. Se me habrá caído sin darme cuenta. Dios te guíe y te guarde, Elena. ¿Por qué finalmente no la eché en el buzón? Quizás no estaría correcto el valor del franqueo. Mi madre coleccionaba estampillas. Nunca se lo conté, creo. No se finalmente qué hicimos con ellas. Algunas me las traje a Bélgica de recuerdo. Lo se. Las de flores de todas las nacionalidades. Estaban guardadas y ordenadas en cajitas cuadradas forradas por ella, y en pequeñísimos sobres de papel. Algunas ni siquera estaban despegadas del recorte del sobre, y mantenían el sello completo. ¿Cómo era el procedimiento para despegarlas? Agua tibia, creo. Sal. Sí. Dejarlas remojar. Después secarlas.

Estoy segura que la trajo de vuelta el viento, y la pobre, indefensa, pasó la noche en el frío.

¿Qué distancia habrá recorrido la carta? No recuerdo la fecha exacta en que la escribí. Memoria infame. Quizás es una bendición que no la haya recibido. ¿Estaría completo el nombre de la calle, el número de su casa? Claro, como su puerta no tiene número, el cartero no ha encontrado la casa. Podría llevar la carta al correo y un mapa detallando el lugar donde tiene que entregarla. Mi abuelo era cartero. El no se habría equivocado nunca de puerta.

No reconozco el color del sobre. ¿Era celeste o amarillo? Sería un deleite malvado recogerla y leerla. ¿Y si es la carta que escribí para ella? Lo se, siento una sutil desesperación en las manos. Me tiemblan las rodillas. No recuerdo si firmé la carta con mis iniciales o con mi nombre completo. No dudes de ti, Elena. Sinceramente tuya, E. W. Sí, sí. Era así.

Podría releerla y modificarla. ¡Enhorabuena! Sin dudar, cambiaría algunas palabras. Quizás, el tono de voz. Quizás podría acallar aquella voz irónica y sin sentido de siempre. No, las palabras escritas eran lo suficientemente lúcidas como para no malinterpretarlas.

Amada mía:

Me tomo la libertad de escribirte…

No tener nada que decir. Qué desesperación. Despedidas. Incertidumbre. Abandono.

No, no…. ¿Qué le diría? No podemos fiar todos nuestros sentimientos al papel. Y que después, la carta se pierda. El amor, la bondad, la compasión y la confianza han de dirigir la pluma, eso dicen los expertos en el arte de escribir cartas. Suposiciones. Son todas suposiciones. Retórica epistolar. Triunfantes murmuraciones. ¡Basta!

Recuerdo que había escrito tanto antes del desayuno. Era un fino papel a rayas. El verano había terminado. Los girasoles habían muerto. La melancolía era enorme. Pero parecía haber recuperado una especie de sentido de equilibrio. Hice oraciones demasiado largas. Eso es odioso para el que las lee. Pero bueno, una carta no es más que una conversación entre dos personas ausentes. Epístola a la amada. Es difícil decir lo mismo en este momento. ¿Me perdonará algún día?

No, quizás sí la leyó, pero quiso devolvérmela. Quizás el forro de su abrigo estaba descosido y la carta se le ha caído a ella del bolsillo.

Te cuento que tu carta ha sobrevivido el frío y también la llovizna.

Me atrevo a decir que la letra no es muy clara. Con la humedad del suelo, el viento, la llovizna a lo mejor se ha corrido la tinta y no ha podido leerla. Qué decepción. Por eso me la devuelve. ¿O será causa de la dudosa ortografía? Mi holandés no es perfecto. Nunca lo fue. Ni lo será. Escribo mejor en español. Lo importante es lo que la carta evoca, no es cierto? Dicen que las cartas también tienen su buena o mala estrella.

Quizás podría corregir la puntuación. Qué ingenuidad. Sólo unas líneas. ‘Escritos de lenguaje fácil y frases claras, sin figuras, metáforas, ni otros adornos floridos, pero que sin embargo admiten las comparaciones justas, los epítetos expresivos, las anécdotas curiosas, las suspenciones agradables.’ – eso dicen los expertos en sus libros. Debería respetarlo.

Podría agregar unas flores secas de hortensia azul. Creo que simbolizan el perdón. Quizás así podría persuadirla de que volviera. O semillas de girasol, para que siembre en su jardín. Hay que apostar al futuro. Nuevas perspectivas. Espero que sus plantas no hayan muerto. Nunca me animé a preguntarle en realidad. Seguramente plantará nuevas la próxima primavera.

Tendría que escribirle un poema de amor en lugar de una carta. La primera vez que recibió correspondencia, era un dibujo mío. Papel picado en pastel de tiza. Una invitación para ir a bailar juntas a la sala del Museo de Bellas Artes. Estoy convencida que fue totalmente inesperado. Extraño esas, nuestras pequeñas aventuras. Su compañia. En aquellos días todavía tenía el coraje de sorprenderla. Amada mía. Ya no creo que tenga ganas de volver a recibir otra carta.

Tendría que releer las cartas cinco veces en el futuro antes de enviarlas. Recuerdo haber leído eso en las cartas de Jane Austen a su querida Cassandra. De esa manera estaría toda la noche releyendo la carta. Debería acortarla. Releerla, volver a escribirla, llevarla al correo mañana. O franquear el valor de dos cartas en una.

Miércoles. Sí. He cambiado de opinión. No voy a juntar la carta del piso esta mañana. Treinta y un personas pasan cerca mío o miran por la ventana. Si se lo contara a alguien de mis amigos, nadie me creería. Qué ridículo. El mismo deseo. No puedo obligarla a leer mis palabras. Tampoco creo que me perdone. Ya debería haberla recibido. Es tiempo de escribir otra. Debería ser más detallista con la caligrafía. No equivocarme al escribir el destinatario. No, no puedo escribir tan seguido. Sólo me genera más ansiedad.

Hasta pronto, amada mía.

Ombres portées 1992 – Sarah Moon

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