Eran esos tiempos de inconmensurable soledad en los que cualquiera caminaba de terciopelo negro por la casa, ya sin saber ni siquiera cómo era estar de luto, como quien marchaba con una calavera reseca entre las manos rumbo al cementerio. Otros solían hacer equilibrio con un libro de historia del arte en la frente, en procesión patética de manos cruzadas en la espalda y ojos cerrados en medio del silencio desacelerado, las risas y el crujir de los geométricos parqués.
La pandemia nos había enseñado a respirar el aire de la claustrofobia, a marcar el paso del desasosiego, a deambular en medias de lana por el laberinto de la vida doméstica y a tramar nuevos rituales en el limitado espacio que nos rodeaba.
Algunos paseaban desnudos por los interiores y pasillos, otros se quedaban sentados mirando el techo de la cocina, casi inmóviles hasta el mediodía envueltos en las sábanas arrugadas o abrazados a la almohada desfigurada. Ella se trenzaba el cabello y se abrazaba a ella misma en la cercanía prohibida del acartonado día tras día.
Aquel amontonamiento hermético e incontrolable de cajas de fotos abandonadas y recuerdos en las esquinas de todas las casas, y las pilas de libros sin leer alentaría quizás a los niños aburridos a jugar a las escondidas bajo la cama – pensaba. Ella sólo deseaba no estar obligada a esconderse para siempre entre la imprevisibilidad de los roperos colmados de vestidos que quizás nunca más volvería a llevar.
Nadie se atrevía realmente a decidir nada que tuviera sentido o fantasear con algún atisbo de destino. Ella sólo se arriesgaba a hablar con los vecinos sobre el tiempo durante el saludo y el buen día en el último peldaño de la escalera. Luego asentía con la cabeza. No importaba si hacía frío, si pronosticaban tormenta o calor. Bastaba con sólo mirar las nubes en el cielo y el vuelo a baja altura de las golondrinas por la ventana.
Ella se asomaba detrás de las cortinas blancas, leales al canon, la acústica y el ritmo de cada noche silenciada. No tenía ningún apuro en pelar la naranja ni tomar la taza de café que se enfriaba, sólo miedo de manchar sus puños de encaje y no volverla a ver. Pretendía saborear y oler el papel indescifrable de sus libros, mientras se llevaba un trocito de cáscara de naranja a los labios para después masticarla. Se imaginaba a la gente, cansada de la tiranía del encierro, trepando los muros linderos y espiando a sus vecinos con velas y linternas. Ella se preguntaba, entre incontables muertes y sospechas, si seguirían vivos.
La amaba. Amaba a esa mujer que parecía derivar de la poesía o la mitología que había aparecido entre los dioses de las páginas de sus libros. Esa mujer de cabellos largos, que sacudía su cabeza haciendo énfasis en la sensual delicadeza del viento que mecía las flores de azahar. Mujer llena de juventud, salida de un cuadro simbolista de mediados de 1880. Mujer de piel pálida, que no pertenecía al espíritu de esa época. La veía llevando hojas de mirto, olivo, hiedra o victorioso laurel como símbolo de gloria, triunfo y eternidad durante la antigüedad, de esas hojas que coronan la frente de algún mortal, ninfa o sacerdotisa.
Esa madrugada legendaria, desobediente, salió de su casa con las dos manos en la tierra y los pies descalzos en los campos y con la tijera en el bolsillo del delantal. El amor era su afortunado aliciente. La enormidad de los prados, una celebración donde las flores se cruzaban incansablemente.
La poca gente que andaba por la calle llevaba los pelos despeinados y la mirada sombría como un juramento protocolar. Ella intentaba como una heroína, imaginar una dirección, una velocidad de paso constante y una amplitud en el horizonte. Estar enamorada en medio de la pandemia era toda una proeza y la consagración del amor y la primavera la mantenía en un estado de éxtasis e indiscreto trance. Se trataba de un amor épico que aceleraba su respiración y de un paisaje idílico en medio de la decencia de una ciudad desfallecida. Su mirada ingenua y su valentía rozaban las matas de aquellos campos baldíos de flores trepadoras, silvestres y aromáticas.
Carlos Linneo, el así llamado Príncipe de los Botánicos, un poeta sueco que se convirtió en naturalista, hacía anotaciones sobre estas flores ya en 1753. En las descripciones de su aclamada obra Species Plantarum decía lo siguiente de estas plantas cosmopolitas que habitan en Europa en los bordes de los cultivos y de los caminos: ‘Habitat in Europa ad margines agrorum viarumque’.
Se aventuró por la senda, con Linneo en sus pensamientos y la tijera en mano, por los suelos arenosos y no necesariamente fértiles donde crecían libremente estas especies de flores nativas.
Cortó primero unos tallos de una hierba robusta, de pedúlculos estriados y flores azul-lilas que parecían girar con el sol de las cuales ya hablaba Carlomagno, llamadas Cichorium Intybus o achicoria común para los peregrinos.
Hizo luego racimos de Campanula Glomerata de hojas acorazonadas. Entre los pastizales efímeros, encontró también campanuláceas de flores azules llamadas Jasione Montana. Aquellas de zarcillos amarillos en medio de los brezales y a pleno sol, eran las Lathyrus Pratensis, que como el nombre lo dice, crecen en medio de prados y malezas. Las de flores azuladas, arriesgadas y con frutos de vainas delgadas, eran las arvejas silvestres, llamadas Vicia Cracca.
Más adelante encontró milenrama o flor de la pluma, de diminutas flores blancas. La Achillea Millefolium era de propiedades medicinales y sobresalía, desvergonzada, por su inocencia entre la profusión de fragancias.
Descubrió entre las plantas la Daucus Carota, que se elevaba en una umbela de flores blancas en el ápice. Es probable que los antepasados silvestres de la zanahoria hayan venido de Irán, decían. Ahora podía encontrarla en medio de este campo baldío y entre Malvas Sylvestris, de colores púrpura, con venas más oscuras formando rosetas de hojas y milagros.
La Centaurea Cyanus, naturalizada en Europa central, formaba una hazaña de corolas de pétalos azul-violáceo profundo, y se encontraba a la vera del camino, entre cereales y amapolas silvestres de delicados pétalos color escarlata. Cortó sus frutos secos y tallos resistentes, de semillas inofensivas y mansas.
Y, finalmente, la apoteosis del prado, las infaltables rosas Ballerina. Hizo ramilletes de pétalos blancos y rosado pálido. ¿No le parecerá un delirio que le regale rosas? – se preguntaba.
Miró a su alrededor una vez más antes de volver a casa para trenzar la corona de mimbre y flores.
El follaje indómito, la divinidad de las corolas, la intriga de sus manos y la atmósfera mística de aquel jardín sin límites la hicieron dudar de su insolencia de ir cortando flores en medio de la ciudad. No le importaba nada, ni las miradas de los extraños que pasaban, ni la penitencia, ni el costo de su libertad. De repente vio su imagen reflejada en el vidrio de un edificio. Esa imagen en espejo era lo único que podía confirmar su existencia en ese preciso momento y la promesa de un amor romántico y sublime. La corona pretendía ser un íntimo homenaje a ese amor, al romance entre ellas, al misterio de la femineidad. Y ese momento atemporal e irrepetible de lucidez se mantendría refugiado en su memoria para toda la vida.

Sarah Moon