Yacía en la claridad del rocío y en el sepulcro del cesped húmedo en medio de la niebla con un puñado de tierra bendita en su mano derecha.
Vestía de negro, de largo y de luto. Su cuello de color marfil desnudo dejaba entrever las grietas de sus venas azules.
Estaba inmóvil, tan pálida y sin pestañear que parecía un milagro que estuviera viva.
Sus cabellos enmarañados de frutos secos, ramas y un nido indefenso atraían una bandada de cuervos que comía gusanos entre el tumulto las hojas mustias.
Desheredada y huérfana, yacía en medio del cementerio.
La vio allí abandonada a través del ventanal que daba al patio cuando se dirigía al sector de lavandería del teatro, detrás de la cortina pesada de terciopelo y en medio de las torres de reflectores y el archivo de filtros de colores. No sabía nada ni de física, ni de matemática, ni de circuitos eléctricos, ni voltajes, pero estaba completamente segura que aquella que veía en medio de las hojas y del cesped húmedo era ella misma.
Un segundo después, cien metros de largo y más de diez metros de alto de tela negra rodearon su cuerpo en medio de la escena del patio. El ciclorama proporcionaba una visión de 360° donde se proyectaba el pasado de su niñez y su juventud, el presente de su hoy y los secretos del mañana.
Y de repente, en la oscuridad, una luz cenital ultravioleta hizo más visible la sangre de sus venas. Se había desmayado en la insistencia de la niebla?
Y en un grito ficticio e intuitivo que nunca salió de mi garganta ordené a los técnicos:
-Traigan los reflectores! Enciendan las luces frontales! No proyecten más sombras en su rostro que ya tiene suficientes! Tampoco la iluminen a contraluz, que sólo veremos su silueta! Ilumínenla de frente, de arriba a abajo con un haz de luz tan intenso como para revivirla y para que vuelva a respirar!
Pero no se movía. Ni siquiera con mil lúmenes. Los cuervos seguían murmurando a su alrededor, haciendo ruidos con las alas y crujidos de pico en un círculo perfecto de luz espectral.
Las sombras inocentes de los espíritus muertos estaban impresas en la superficie del ciclorama que después de unos segundos desaparecería drásticamente, como tragado por el cielo.
Se quedó parada durante unos minutos delante del ventanal como espectadora mirando la niebla. El más allá. Ya no la veía ni desvanecida, ni dormida, ni nada. La luz difuminada del patio no dejaba ver más que el reflejo del rocío. Ni su cuello, ni su vestido ni la tierra en su mano derecha.
Su padre había fallecido seis meses atrás y ella seguía todavía merodeando en los túneles del teatro con los pensamientos y los sueños entre la luminosidad de los vivos y la oscuridad de los muertos.

Sarah Moon