Hace unas noches soñé con imágenes de tu poema, el que publicaste hace unos días.  

La tierra de mi sueño, como la de tu poema, estaba cubierta de diamantes azules.

Carl Sagan me había dejado algo claro durante mi adolescencia, que si no estudiamos el conjunto del universo en todas sus manifestaciones más importantes no seremos capaces de comprender las leyes de la naturaleza y dominar sus secretos. Ni los de nuestros sueños.

Quizás había sobredimensionado en mi imaginación un artículo que había leído en un portal de astronomía justo antes de leer tu poema sobre ecos, corteza terrestre y diamantes.

Se trataba de lo siguiente: A través de análisis cristalográficos, hace pocos meses científicos han confirmado que un asteroide que viaja a una velicidad aproximada de doce kilómetros por segundo y coliciona con la tierra produce ondas de choque a través de la roca, creando estructuras de carbono complejas, extraños patrones de repetición de capas de átomos y convirtiendo el grafito cristalino en diamantes de propiedades únicas. Estos mazacotes estelares explotan o se desintegran atrozmente mientras atraviesan la atmósfera terrestre transportando elevadísimos niveles de energía. 

En conclusión, los meteoritos metálicos traen a la tierra – como a tus poemas y a mis sueños – diamantes de planetas perdidos y estrellas moribundas a través de impactos cataclísmicos entre cuerpos celestes.

En mi sueño, la tierra estaba cubierta de diamantes azules y no eran precisamente de meteoritos.

Durante mucho tiempo, los sueños con piedras preciosas eran considerados de buen agüero, sobre todo antes de la venta de las cosechas. Significaba para muchos campesinos, definitivamente, fortuna y buena suerte.

Qué afortunada me consideraba esa mañana al despertar, después de la lluvia de diamantes que había visto a tu lado por la ventana !

Los diamantes de mi sueño parecían de lejos tan gigantes como los de tu poema, cristalinos, macizos, transparentes, grandes como la palma de mi mano, y emergían como meteoritos rocosos compuestos de boro y silicatos, procedentes quizás del cinturón de asteroides, en concentraciones mayores que las del universo.

Leí entonces que soñar con grandes diamantes simboliza la búsqueda del éxito total en la vida y en el amor. Pero también representa la vanidad. La mía o la tuya? – me preguntaba pensativa.

Recordé más tarde que los diamantes eran traídos en realidad por bandadas de fascinantes e inesperados estorninos purpúreos que cruzaban el cielo de norte a sur. Los enigmáticos diamantes viajaban desde sus nidos en Etiopía, Senegal o Kenia Meridional sostenidos por los picos de los estorninos. Sobre los campos, a una considerable altura, los pájaros azules abrían sus picos, liberando los diamantes que de lejos, desde nuestra ventana, se transformaban durante su caída libre en una banda débil de luz, de forma casi triangular, llamada luz zodiacal.

Había leído por entonces que las coaliciones de rocas, restos de núcleos de innumerables cometas y de asteroides, nubes de diminutas partículas de polvo de diamantes que orbitan alrededor del sol y gases de la atmósfera producían sobre el fondo negro del espacio esta dispersión de la luz y estas tenues columnas de resplandor luminoso. Aquellas que se extienden en el horizonte al mirar el cielo nocturno justo antes del amanecer hacia el este o después del anochecer hacia el oeste tras la puesta del sol como aquella noche.

Qué afortunada era durante aquel alba, de percibir en sueños y a tu lado tales fenómenos cósmicos, que en realidad, eran vistas nocturnas producidas a millones de kilómetros de la tierra en medio de las conexiones y órbitas de mis neuronas cerebrales y la articulación de las palabras de tu poema.  

La tierra estaba cubierta de diamantes azules que brillaban entre las huellas del arado.

El halo zodiacal de forma vagamente elíptica alrededor de la luna era un fulgor que hacía que el cielo sobre las huellas del arado se volviera más claro esa noche, al igual que el color de tus párpados. Y que las plumas en tonalidad de azul, violeta y púrpura de los estorninos en pleno vuelo se tornaran iridiscentes.

Y reconocí la tierra. Era la tierra que rodeaba tu casita de jardín, la tierra de la existencia, la tierra que hacía nuestra historia tan real, la tierra de aquellos campos que solíamos recorrer juntas en el claroscuro de la niebla y los rayos del sol de las mañanas. La tierra de la magia y del escapismo de la rutina diaria de los fines de semana. Yo adoraba tu habilidad para llevarme hasta allí, arrastrada por tus manos y utopías, los trucos de ilusionismo y tus habilidades secretas de maga.

Había un gran poder de atracción en mi por esa tierra, fértil, bien negra, trabajada en surcos, fecundada por sedimentos, gran variedad de invertebrados, arácnidos, insectos, moluscos, semillas y frutos, especialmente higos, nueces y manzanas.

Siempre quise pertenecer a ese lugar, a esa intimidad tuya con esa tierra, el lugar en el mundo que elegiste para vivir. Quise recostarme en ella, rozarla, eternizarla, tomar un puñado y olerla, compartirla contigo, pero nunca lo hice. No se por qué. Hoy me lo reprocho. Hoy, que ya no estás esperándome en la intersección del horizonte entre los campos y las órbitas de las estrellas.

Pero de repente, en el sueño, al observar con claridad los diamantes en la palma de mi mano, los octaedros no me parecieron de cristal, ni completamente transparentes, ni parecían naturales, ni luminosos, sino opacos, apagados, eran como de plástico, algunos parecían de cartón y otros, de papel holográfico.

Según el significado de los sueños, si uno sueña con diamantes falsos, las alegrías y el amor que deberían ser infinitos como el universo no serán más que efímeros, y los engaños, exorbitantemente inmensos. Esto era sumamente revelador. Me sentía traicionada y defraudada.

Trataba de pensar la oscuridad de tu ausencia como uno de esos momentos en los que a menudo me ocultabas los detalles exactos de tus fugas nocturnas, para mantener un aire de misterio e intriga entre las dos. Trataba de soñarnos como viajeras estelares, boyando entre fragmentos de cometas perdidos en el espacio. Trataba de pensar el sueño como un equilibrio orbital de diamantes, asteroides y planetas en medio de un amplio espectro de llamadas melodiosas y chirriantes de tornasolados estorninos. 

Pero estaba convencida que tales coincidencias no obedecían al azar. Era una ridiculez pensar que lo era. Por eso quería inmortalizar ese sueño en medio de tu ausencia, esa lluvia de diamantes que nos unía a pesar de todas nuestras fricciones, el choque de meteoritos, el polvo, tu poema, el sexo, las estrellas, la distancia de años luz que hoy nos separa, a pesar de ignorar nuestra mutua existencia y de fingir amar y ser quien no somos.

Sarah Moon

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