Veo el resplandor nervioso de la vela sobre los azulejos blancos danzando en noventa grados. Se abre y se cierra como un abanico de luz y nácar.
Me sumerjo en el agua para no enloquecer ni escuchar tu voz y, sin embargo, escucho los latidos de mi corazón que se entrelazan con las contracciones rítmicas de todo tu cuerpo y resuenan en ondas hasta chocar con las paredes de fundición de la bañera esmaltada. Escucho una melodía al piano y el choque irritante de cristales: te acuerdas cuando flotabas con la espalda arqueada en el agua?
Cierro los ojos, pero siento tu espíritu merodeando a mi alrededor como polillas alocadas que espanto desesperada con las manos. Ahí están, duelen las vibraciones de sus alas en mis oídos, son como agujas metálicas aladas de pintitas negras, grises y plateadas. Se posan por todos lados, sobre los azulejos, sobre la espuma, sobre el ananá en el alféizar de la ventana, sobre mis labios, sobre mis trenzas, sobre mi frente, sobre mis manos. Algunas flotan muertas en el agua enjabonada y esencia de lavanda y otras se rehusan a ahogarse entre las burbujas y los filamentos de las ondas casi caligráficas.
Una gota insistente de agua helada cae casi tóxica sobre mi rodilla cada cuarenta y cinco segundos y marca el ritmo de los cortes que hacen las polillas en mi piel. Vienen atraídas por el ananá y por la poción de mi sangre envenenada de ira, desilusión y desesperanza.
Veo el borde incandescente de la vela y paso mi dedo índice por la cera gelatinosa e hirviente. No siento ni el calor, ni el dolor, ni el ardor ensordecedor de tu ausencia.
Veo las gotas de sangre que caen por los bordes de la bañera y se disuelven en la bioluminiscencia acelerada del agua como medusas flageladas, perversas y rosadas.
Cierro los ojos, y veo tus ojos y el ananá en el alféizar de la ventana.
