Gante, 16 de octubre

Mi pequeño saltamontes,

No te escondas. Se que estás ahí, jugando a la novia detrás de la cortina de encaje blanco marfil.

Te siento, nostálgica, y a la vez, tan llena de sueños y de vida.

Reconozco tu silueta quieta en sombras, delimito, como boceto de hilos de tiza pastel, los bordes de tu vestido, las superposiciones y pliegues del velo hecho de tela de cortina y encaje, tus manos, tocando el cielo y los pistilos de las flores de los naranjos.

Veo la falda vaporosa, metros y metros de encaje intuitivo y alborotado y sostenido por cintas entre tus manos. Cierro los ojos, y distingo tus pies descalzos, bien definidos en el piso soleado y de baldosas de riqueza infinita, libertad y abundancia junto a la ventana que da al sur y al cielo despejado del patio.

No te escondas, sólo quiero hablar un momento contigo. Necesito que leas esta carta.

Te siento, silenciosa, y a la vez, los murmullos de tu voz de primavera y de tu alma me contagian y regocijan, como salmos bíblicos y repetitivos, sigilosos que me acompañan.

Extraño la diadema de alambre un poco oxidado y flores de azahar, el tul de tus delirios secretos de doncella medieval, tu risa pura y transparente, el esmalte nacarado de tus uñas de niña, digna de fe, de logros, de un gran amor y buena suerte.

Mi pequeño saltamontes, dame la mano. No me dejes ir.

Me escondo, tras los manuscritos y la cortina de encaje, tan vacía, tan falta de sueños. Ella me quitó la vida y me ha hecho su esclava.

Se me hace más fácil recordarte que reconocer mi propia silueta, mis propios márgenes, como trazos sobre papel frágil y arrugado donde prendo con alfileres muestras de bordados plateados y dorados deslavados que se van de a poco deshilvanando, pliegues de encaje odioso y manchado, botones de nacar y capullos de cera silenciosos y casi olvidados.   

Mi falda cae, deslucida, ceremoniosa y arisca sobre el piso frío y húmedo entre huesos, escarabajos rojos muertos y las hojas agrestes y amarillentas de los álamos. Metros y metros de raíces y ramas me sostienen en medio de cientos de manos insistentes que como fantasmas, suben por mis tobillos desvestidos.

Me escondo y, en lágrimas, tomo las ramas para azotar mis piernas y espantar a los malos espíritus.

Tengo la convicción de que mi voz no se escucha ya en el silencio de las reflexiones de los Campos Elíseos, al pie del álamo blanco donde moran las almas de los muertos.

Me escondo para que no me veas llorar. Ella no sólo me quitó la vida, me ha destrozado el corazón. Se ha llevado el velo de novia, la pureza de nuestro amor, la inocencia de los pergaminos y de mis palabras, la fidelidad de la promesa de amor eterno y los capullos de azahar.

Me escondo, me asfixio con viscosa, glicerina y celofán para enceguecer sus ojos, para no coincidir en el altar, para no escuchar su nombre, para no percibir el perfume de sus manos entre los remilletes de flores, hojas y semillas de azahar.

Me escondo, ahogo mis manos en baño de ácidos, en la trascendencia de sus motivos y misterios, entre las aureolas otoñales de los dos cisnes blancos en el lago, entre las algas que se vislumbran entre sus picos y las hojas amarillentas de los álamos.

Me escondo detrás del tronco del álamo, pero coronaré mi frente de saltamontes blancos, para que sostengan como horquillas místicas mis cabellos de porcelana, para que llenen mis días de buenos presagios y para volver a escucharte, niña, jugando a la novia detrás de la cortina de encaje blanco marfil.

Me escondo entre las columnas del templo, pero doblaré en cuatro esta epístola sagrada, la pondré en un sobre iluminado con hojas doradas de acanto y la sellaré de cintas nobles de seda y lacre de goma laca, trementina, resina, tiza y bermellón y echaré la carta al buzón en el centro de la ciudad para que sea enviada a la persona a la cual está destinada.

Mi pequeño saltamontes, no me abandones. Todavía quiero tocar el cielo con las manos.

Sarah Moon 2012

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