Tan cerca, a la vez tan lejos.

Ojos semicerrados.

Parpadeos que dejaron hace noches de ser continuos y acompasados.

La luz, consumiéndose lentamente en la muerte lenta y una aureola blanca en el iris de sus ojos.

Sus ojos grises semiabiertos, su respiración entrecortada.

Sus ojos cerrados, su corazón acelerado.  

Sus ojos abiertos y el resplandor fugaz de la luz que perciben sus pupilas dilatadas por la morfina.

Sus ojos otra vez cerrados y el apretón de manos que le doy, testigo de los ahogos de su voz intentando decirme algo sin siquiera ser una conjunción de palabras ni vocales en el horizonte del alba.

Sus ojos, semicerrados. Su pulso es constante y apaciguado.

Los huesos dolientes y sobresaltados de su clavícula se estremecen en cada suspiro, como en sueños enfurecidos que espanto con mi solemne desacuerdo, padre nuestro y obstinadas plegarias. Sus costillas ligeras y quebradizas se inquietan en las abatidas bocanadas de aire intentando alcanzar sus pulmones cansados. Su piel casi transparente se tensa de un brillo inusual como de telaraña con la luz que entra por la ventana. Todo se va desacelerando en la arritmia del tiempo que parece detenerse en la persistencia de millones de segundos.

Sus ojos, semiabiertos, como enceguecidos por la insistente luz de una vela que muere lentamente.

Remembranzas y esperanzas tan cercanas, a la vez tan lejanas se tejen y destejen en el ascenso lento e insesante de la morfina, entre la tensión del cuello y la incongruencia de sus huesos finos apuntalando su garganta, el vaivén rítmico de su tráquea y los abismos de su mandíbula hasta la maraña de sus venas azules, sutiles y sinuosas en las profundidades de sus sienes inmaculadas y desanimadas.

Sus últimos suspiros atraen, cómplices y casi titánicos, las tinieblas inoportunas que la desvelan en esa batalla vehemente e indecisa entre la vida y la muerte.

Invoco la luz, gestiono una conciliación con las hadas y hago un pacto con todos los dioses para que coronen su aura. Una procesión de diminutas libélulas anuncia la llegada de las hadas y aletea en la piel perfumada de su cuello, entre espirales de humo de incienso y palo santo.

Sus ojos, semiabiertos, sus pupilas, dilatadas por la dichosa morfina.

Sus gemidos sumergidos en la superficie suspendida en el aire crean una imagen en mi mente de agua, de incienso, de espíritus y de ángeles en medio de la noche de luna llena y de hadas, meciéndola hasta alcanzar el paraíso, su lugar de destino.

Sus ojos, semicerrados y moribundos. Y una pequeña grieta lúcida todavía que dejará paso en medio de esta noche de luna llena a las tinieblas.

Invoco la luz y en medio de un concierto repentino de arpas, le devuelvo las ramas y semillas de lino, esas que entretejen hasta hoy nuestras historias y almas, tan lejos, y a la vez tan cerca, y las acomodo en los caprichos de sus manos de marfil y sus dedos tensos, fríos y de huesos finos.

Sus ojos, ya casi cerrados.

Las semillas de lino, por suerte, entre sus manos.

Le Scarebe, Sarah Moon 2002

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