Una gitana había pronosticado su partida a países lejanos, sosteniendo la palma de su mano en el rosedal de Buenos Aires hacía un poco más de veinte años.
Se perfectamente que no conoces los nombres de los capullos de las rosas ni el color de los cielos estivales de Buenos Aires. Eso ya no tiene importancia.
Ella conocía el rosedal como la palma de su mano.
Las rosas estaban suspendidas en el aire perfumado y pesado de una continua persecusión del sol de cada tarde. Las había de todas especies y variedades: deslucidas y de pétalos casi transparentes, casi desvanecidas, sofocadas, heridas, a punto de desplomarse por el suelo, otras, pasionales, de tallos magníficos e inalcanzables, unas cuantas, imperiales, solitarias y errantes, que daban fe de los besos que recibían cada dos por tres de los pasantes, y algunas, gráciles y aniñadas, aturdidas como rococós en colmenas, melosas, aduladoras, que daban su consentimiento de ser cortadas a escondidas por uno que otro astuto visitante para ser entregadas en ramilletes a las adoradas amantes.
Todavía podía revivir la aspereza de las manos ajadas de aquella gitana que había aparecido así, como de la nada, de entre la desinteresada espontaneidad de las rosas y el desánimo de su descanso pensativo bajo la pérgola de madera blanca. Podía oler en la lejanía el triunfo del perfume de la arrogante gitana, cuyo aroma a flores fragantes y jazmines rancios se mezclaba con nardos alcanforados, resinas y bálsamos desolados y atalcados.
Los huesos de sus brazos tostados se sostenían en infinitas esclavas doradas que terminaban escondiéndose entre el bullicio de los vuelos de sus mangas anchas. Las perlas baratas azules y rojas de sus collares combinaban a la perfección con los floreados llamativos de la falda de rosas y los deshilachados y enredados flecos sintéticos del chal que anudaba en su cadera y nunca amenazaba con desatarse, renunciar a las curvas de la gitana y caer a sus pies entre la supremacía de los pétalos moribundos y marchitos.
La recordaba descalza, con los pies empolvados y sucios de tierra seca y en escamas, quizás aquí y allá, sus dedos ensangrentados por las espinas de las rosas que podaban los jardineros cada mañana, caídas entre el rocío de la hierba descolorida y no tan cuidada.
La ofrenda de sus ojos marrones profundos rozaron su alma con inusitada lucidez y a la vez, eterna sutilidad. Sus ojos estaban enmarcados por una línea gruesa de carbonilla negra desalineada, desprolija y enigmática que terminaba en pequeñas arrugas en su piel maltratada por el sol incesante de verano porteño al que seguramente estaba malacostumbrada.
Su visita esa tarde era y siempre lo sería, inevitable. Que no se hable aquí de coincidencias.
Cómo poder renunciar a la insistencia de sus ojos, al chantaje hábil de sus palabras, si yo pagaría un centavo y ella leería mis pensamientos, mis líneas de vida, las líneas de mi destino y de mi corazón.
La gitana se sentó a su lado altiva, ella, siempre desconfiada, y le dijo: – Sólo dame tu mano.
La línea del corazón era aquella que comenzaba en el lado izquierdo de su mano y se curvaba hacia arriba en búsqueda del dedo índice. Aparentemente, la gitana le anunciaría que era presagio de incontadas frustraciones en un futuro no inmediato. Que podía leer que era alguien idealista, con inagotables sueños, que contaba con gran éxito, con una marcada tendencia al romanticismo.
Claro, quién podía dudarlo, si adoraba el romanticismo de las rosas de aquel jardín tanto como aquellas de las fotografías de Nick Knight o aquellas del castillo donde viviría un día su amada.
Nunca voy a olvidar los pétalos de nuestro primer encuentro. Son como imágenes fotográficas cosidas en las interminables batallas de mi alma. Hay momentos tan desesperados estos últimos días que cruzo la línea fina, que me aproximo a ti a tientas, en diapositivas de sueños tan tiránicos, que podría herir tu refinada piel con decisiones y espinas, sentir el valor para hacer un hueco con mi dedo índice entre tus suspiros, pulmones y costillas y arrancarte el corazón adormecido e imperdonable y encontrar el coraje para envolverlo con los pétalos de aquellas rosas para sólo hacer revivir todo otra vez hasta el hartazgo.
Qué es todo, te preguntarás.
Instantes como ese, en la valentía de vernos otra vez al borde del lago, entre el aliento de los cisnes y cielos primaverales casi de verano, cerca del ímpetu de la playa y de esa noche de algas chispas de mar que nunca llegaríamos a ver, del primer roce de tu piel pálida, de tu mano trémula sosteniendo el frasco de vidrio, la apología de los pétalos de rosas y el perfume indefenso ahí dentro del frasco, aletargado e inesperado, y a la vez tan mágico.
Hagamos un intercambio. Un centavo por tus pensamientos en este preciso momento, por los pétalos y por el roce de tus manos.
