Una de las seis icónicas Cariátides dominaba la ciudad helénica de Atenas en lo alto de la Acrópolis.
Elena se arrodillaría allí, en las paganas y frías escaleras, cegando sus ojos con la palma de la mano izquierda y sosteniendo la antorcha en su mano derecha, ante la belleza y gracia de estas mujeres de dos metros veintisiete de altura, vestidas de peplos lujosamente plisados en mármol pentélico a pedir el perdón en el altar de los dioses.
De perfil griego y un aura mística, cuello pulido y esbelto y labios carnosos y bien delineados, Elena sabía que su nombre honraba el resplandor y poder de aquellas civilizaciones griegas, la divinidad y carisma deslumbrante de los dioses olímpicos, la blancura inmaculada y uniforme de las antiguas esculturas de mármol de aquellos templos, de ligero matiz que les conferían un brillo dorado a la luz del sol.
Nadie podía negar su belleza divina, ni siquiera los habitantes de Troya. Se decía que era la envidia de las mismas diosas. Según la mitología, era considerada la mujer más bella del universo o, al menos, entre los mortales que visitaban el luminoso Monte Olimpo.
Nadie podía negar que su corazón no se podía ganar con regalos, ni halagos, ni chucherías tontas de ese estilo. Para conquistarla hacían falta la manzana dorada de la discordia y batallas por tierras sagradas, colosales pasiones y factuosas seducciones, tesoros y diademas de laureles de oro, muros y fortificaciones en ruinas, épicas leyendas, profesías y ciclópicas guerras que serían más tarde narradas por Homero, Virgilio, Eurípides y Ovidio.
Nadie podía negar su personalidad vigorosa, su capacidad clamorosa para resolver situaciones complejas y dolorosas a pesar de su emocionalidad, su actuar de manera medida y moderada, sin perder su infinita paz interior para ser luego, por decisión de los dioses, premiada con honores o castigada con venganzas.
Nadie podía negar su poderío y temple de acero, su luz de faro propia en medio del mar Negro, su desenvoltura para enfrentarse a los desafíos de la vida y su fascinante destreza para alcanzar sus metas, por inalcanzables que sean; pero todos estaban de acuerdo en atribuirle la causa de todos los males, calamidades, titánicas tragedias y desgracias que habían acontecido a la ciudad troyana.
Nadie podía negar la icónica popularidad y controversia de su nombre desde los albores de la humanidad.
…
Elena – ἑλένη – era aquella niña no nacida todavía, futura primogénita de tres nacionalidades – argentina, alemana, belga – mujer luz, nieta y tataranieta de campesinos alemanes, heredera de éxodos y abandono de tierras que brillaba en lo alto del mástil de un barco inmerso en una tormenta eléctrica durante las emigraciones europeas a Latinoamérica. Idealista, perfeccionista, exigente consigo misma. Nunca perdía de vista la plétora de rivalidad que presentaba el reto de las olas del Atlántico o la misma furia de la diosa Eris, algo que alcanzaba con asombroso virtuosismo. Así su nombre tenía para ella una significación superior a cualquier nombre de algún santo o mártir.
Pero por alguna extraña razón, el esplendor de su nombre en registros de escribanos y notarios desaparecería desde el mismo día de su bautismo, si es que alguna vez llegó a existir.
Porque siempre la llamaron Leni, diminutivo de Elena, de origen alemán. Desde niña presentía que la excusa de la llamada tía Leni a la cual se debía su nombre, no era cierta.
Su nombre la ataba a todos los tabúes y la deshonra de una cierta ideología política temida y mal vista, a lejanos puertos, a vibrantes campanas de victoria, al destino de tierras prometidas, al honor y gloria de la juventud del nuevo mundo.
Ella sabía que de alguna manera su nombre estaría siempre vinculado a la eternidad, la prosperidad y la esperanza y de otra manera, al moderno alumbrado eléctrico, a las emisiones de radio, al poder de la imagen, la iconografía del nacionalsocialismo y la propaganda de Olympia durante el interbellum del siglo XX.
Voces del pasado incierto gritaban al unísono aquel día de su temprana niñez que descubría el rostro de esa mujer en la tapa de una revista alemana en la biblioteca de su casa.
Mujer de ojos profundos, de mirada inalcanzable, de fuego enardecedor. Pasó su mano por la inocencia del polvo de la portada de impresión dorada de la revista. La curiosidad al leer el nombre en letras imprentas mayúsculas fue como un gran apretón de manos para ella: LENI RIEFENSTAHL.
No podía negar que había encontrado la verdad de la connotación de su nombre en aquel reportaje de la famosa fotógrafa alemana que hasta ese momento de sus ocho años desconocía.
No podía negar que estaba fascinada con la desnudez del cuerpo de los atletas, las cabezas de mármol, el resplandor del Partenón en Atenas, la perfección de proporciones, los prodigios físicos de los gimnastas, la ensoñación de cuellos esbeltos, el contraluz de los perfiles griegos, la búsqueda de la pureza racial.
La antorcha, las promesas, las escaleras al cielo, las medallas de oro, el encender de la llama olímpica, las luces de faros, los himnos del pueblo, la corona de laureles y el triunfo de la voluntad.
No podía negar que el brillo del sol en las fotografías celebraba su presencia sobre el relevo de la antorcha, el repicar de la llama olímpica, la liberación de palomas en el aire, las líneas concéntricas de tiza blanca de los pisos de arenas y maratones, los saltos en largo, los triples saltos, los saltos en altura, los saltos con pértiga y los lanzamientos de discos de 47.75 – 49.36 – 50.48 metros de distancia.
No podía negar que esos segundos al pasar su mirada por las páginas de la revista se habían transformado en la bienvenida de postguerra a sus antepasados al puerto de Buenos Aires, al izar de banderas de las cincuenta y un naciones reunidas ese día en Berlín, la sincronicidad de la marcha militar, la unión de la fuerza, los fervientes aplausos del público, la proclamación de los juegos olímpicos de 1936, la revolución en el lenguaje estético del documental y la controversia de la fotografía de la visionaria Leni Riefenstahl. Obsesiva, perfeccionista, incansable. Todo le brindaba de repente una visión histórica nueva a su familia, a su historia, a su nombre.
Acaso estaba poseído su nombre por los poderes maliciosos y crueles de la diosa Eris, aquella que fomentaba la guerra y malvadas batallas entre los mortales y las divinidades helénicas? Acaso había arrojado Eris la manzana de la discordia durante la cena sobre la mesa de su familia, maldiciéndola como Leni o Elena a llevar el peso escalofriante del pasado y el legado del hambre, del olvido, del dolor, de las disputas, de las batallas, de las matanzas, de la destreza militar, de las masacres, de los crímenes, de los odios, de las mentiras de civilizaciones griegas y el nefasto poderío alemán que había separado a su familia?
Elena se arrodillaría allí, en las escaleras, entre las Cariátides de Atenas, si pudiera, con la antorcha en su mano derecha, con toda la intención de sostener el mito sobre el misterio que rodeaba su nombre, su origen, su mirada, sus palabras y de ocultar la manzana dorada y de pedir el perdón de los dioses en el altar de la Acrópolis griega.
