«Si rompiera el vidrio, saltara y me salvara —se preguntó aturdida—¿qué explicaciones daría a los demás; que fue un accidente?»
Ella estaba ahí parada, casi clandestina, apoyando todo el peso de su cuerpo en el ventanal del teatro, poniendo a prueba los ecos del vértigo. Analizaba continuamente la peregrinación de pensamientos y cálculos de gravedad, hacía mediciones de caída libre y movimientos en cámara lenta desde unos cuantos metros de altura.
«De todos modos, caeré en la hierba fresca, enraizada entre las piedras y cubierta de la vulnerabilidad del rocío del anochecer—pensó desalmada—.¿Por qué debo sentirme culpable por algo así?»
La hospitalidad y el consentimiento de la hierba. El magnetismo de las luces esmeriladas y los insectos parecían más atractivos que la soledad cronometrada del estudio de baile donde aguardaba el inicio de la obra de danza. Horas y horas de espera que odiaba en ese momento con toda el alma.
La vista panorámica sobre el horizonte de la ciudad le pertenecía sólo a ella. Las luces blancas y rojas intermitentes del tránsito en la lejanía y, de vez en cuando, también las azules de las ambulancias, se disolvían entre sus pupilas y la incoherencia de sus lágrimas.
Ensayo de luces. Camarines vacíos y estudios lindantes de práctica de baile, de vestuario, lavado y planchado. Las luces se veían reflejadas seguramente en el piso de la escena, y la animación de la jungla de ballenas y elefantes, en el telón de gasa de seda negra.
Aburrida, intentaba entretenerse y salvar con piruetas de suspiros los pequeños insectos que se chocaban contra la transparencia de las ventanas. Las urracas hacían énfasis en la llegada de las sombras de otoño buscando amparo. Giraban en círculos intencionales alrededor de la estatua de mármol en medio del parque que se veía por la ventana.
«Será como la caída de una urraca muerta desde el cielo y luego un remolino de plumas etéreas y oníricas por el aire.» —intentaba convencerse a sí misma.
21 de septiembre de 2022. Siete de la tarde. Adoraba la luz dorada tibia que bañaba el cielo de occidente en esa época del año, el ocaso incandescente sobre los árboles y el anochecer de los pájaros, pero odiaba el fin del verano. Una pareja de patos salvajes sobrevolaba con cobardía el teatro en dirección desconocida, abandonando la cuidad por regiones más cálidas.
¿Huiría si la volviera a encontrar en la escalinata del pasillo del teatro como aquel día, años atrás? Sentía los nervios y las pulsaciones rítmicas de sus venas en su cuello. Llevaba el collar de canutillos negros demasiado apretado.
Veía los resplandores de las luces de los autos que parpadeaban con más insistencia. Creía verla entre ellas, acercándose al ventanal, desde afuera, con insolentes pisadas, jactanciosa, en puntas de pie, como caminando hacia ella entre los surcos de tulipanes. El último viaje que hicieron juntas en Holanda. Su aliento se pegaba al vidrio, podía escuchar su voz encantadora, su risa, ver sus cabellos al viento.
Murmullos, risas y tironeos de ropa en los pasillos la distrajeron un segundo. Precalentamiento. Estiramiento de brazos desnudos, de piernas, de pies descalzos en el escenario. entre bambalinas.
Intentaba acallar los susurros y el ronroneo de los bailarines de fondo para descifrar las palabras y los movimientos que ella hacía desde el otro lado del vidrio con sus labios, pero no podía ver con claridad ni su cara, ni su boca, sólo reconocía sus hombros, sus exquisitas curvas, sus piernas largas. Sentía la tensión de sus músculos en el cuello. Romper el vidrio. Engañar los sentidos. Saltar y correr hacia ella. La sentía cada vez más cerca.
Comienzo del ensayo. Se levantaba el telón. «¿Dónde estarás cuando se enciendan las luces?» — se preguntaba confusa, buscándola con la mirada sin verla ya.
«¿Estará acaso en el pasillo del teatro, parada al pie de la escalera, esperándome, con tulipanes en sus manos? —se preguntó— No recuerdo que me haya regalado flores».
—Pon las flores sobre los peldaños de la escalera aunque sea como señal de tu ausencia/presencia, por favor.
Cuántas veces se había despedido del teatro con anterioridad y seguía allí parada, sin atrever a irse y cerrar la puerta detrás de ella. Horas y horas para planchar ropa arrugada, plisada como origami y anudada con batik para que se volviera a arrugar en menos de una hora de baile. Ensayo tras ensayo. Su brazo dolorido después de tantas horas de planchado no le impedían reunir fuerzas para romper el vidrio con un golpe sanador de puño y hacerlo estallar, saltar y no regresar ¿Quién diablos sabría en ese momento que era diseñadora de vestuario? Horas anónimas que nunca se animaba a dejar suspendidas en el tiempo para comenzar a correr desenfrenadamente por la hierba y vivir la vida como debía.
«Una fantástica carrera en Europa, un milagroso curriculum vitae y un sin cesar de golpear puertas de compañías de teatro, de directores de escena, de casas de ópera, de productores de las artes escénicas para terminar aquí parada, cruzada de brazos en la oscuridad del estudio, sintiéndome tan estúpida y vacía» — murmuraba.— «Puertas que no llevan a ninguna parte»
«Al menos, al comienzo de mi carrera solía recibir flores de los bailarines después de la función. Las agradecía y las ponía en un jarrón con agua al llegar a casa»—se repetía entre suspiros.
Romper el vidrio. Saltar, detener el tiempo y terminar con esta locura de seguir un sueño que nunca iba a ser como ella de niña lo había imaginado. Cuando en realidad el sueño se terminaba ahí, en ese preciso momento, como un mísero bollito de papel en la palma de la mano. Papel donde había hecho no más que enigmáticos garabatos, trazos, borrones y manchas de corazones. Solía dibujar corazones desde niña para controlar la ansiedad. Corazones de tinta. Corazones y más corazones hasta llenar la hoja en blanco de tinta negra.
«Tendría que recortarlos y prenderlos con alfileres de la alfombra y las paredes del teatro para indicarle el camino hasta el pie de la escalera y que no se pierda».—analizaba. «La escalera de Spilliaert, como la llama ella».
¿Qué le diría en ese momento si se volvieran a encontrar? ¿Le diría que le había roto el corazón en medio de la fiesta? Siempre hacía lo mismo. Jubaga con esa especie de amnesia desalineada con la que pretendía hacerle creer que sólo ella sabía cual era la realidad.
«¿Qué fiesta ?— me preguntaría haciéndose la desconcertada».
«Olvídalo»– le respondería. Y volvería al backstage del escenario.
¿Cuál sería el gesto? ¿Su postura? ¿Podría calcular la distancia entre ellas en ese instante del encuentro? ¿Cómo podría después de todo mirarla a los ojos, de la misma manera que solía mirarla?
Apoyaba los labios en el vidrio del ventanal y dejaba marcado un beso para ella como una huella de lapiz de labio. «Lo verás si prendes las antorchas desde el campo de tulipanes» —pensaba, como hablándole en silencio—. «Y, si no me ves, me encontrarás al pie de la escalera».
Apoyaba su dedo índice en el vidrio y dibujaba un corazón húmedo y pegajoso que parecía volverse tornasolado con las luces de los autos, como si fuera purpurina pegada al ventanal.
Apoyaba la frente en el vidrio e intentaba hacer sólo suyo ese sentimiento sagrado y a la vez venenoso de telarañas y vacío que sólo ella podía entender. Romper el vidrio. Saltar y resucitar. Necesitaba resucitar y volver a vivir, con todas las letras.
Destruir los recuerdos, no desmayarse al volver a verla, ni delirar, ni sonrojar, ni sonreir, ni seducirla, ni saludar, — ni se te ocurra besarla —.Sólo enviarle el telegrama anunciando su muerte. Le había roto el corazón.
No podía volver al pie de la escalera, aunque deseara con todo el alma abrir la puerta secreta del teatro, digitar el código de seguridad que había memorizado, y arrodillarse en el primer peldaño a esperarla. Ni siquiera recordaba su propio nombre. Romper el vidrio y el reloj de arena. Saltar y esforzarse para reconstruir durante la caída el paso a paso de su ayer.
Descubrir el vértigo ahí, esperándola, al pie de la escalinata. O cayendo por la ventana. Qué monstruosidad.
—No me seduzcas más, por favor— le gritaba. —Te prohibo repetir mi nombre, no quiero verte ni un segundo en el pasillo de la escalera.
Y sin embargo, estaba presente ahí todo el tiempo, pegada a su piel, a su aliento, a sus ojos, a sus manos, a su piel desconsolada. La soledad se había transformado en una carcel suspendida en el aire sin telones de fondo, sin bailarines, sin ramos de tulipanes ni besos de despedida.
—Debería redactar cartas de despedida por las dudas, por si el dolor se hiciera tan intenso que no llegara a soportarlo— se decía. Su corazón sumido en la fascinación de las sombras ya no tenía cabida en su cuerpo. Pretendía mantener los ojos fijos en el horizonte, en los semáforos, en el tránsito, pero no lograba concentrarse en el encolerizado y repetitivo pespunte de marcas de pintura blanca en el asfalto de la autopista. La aterraba la cercanía del fin de semana. La aterraban las escaleras, los autos a ciento veinte kilómetros por hora a medianoche y también, las escaleras en andamios.
Ahora, de repente, veía las coincidencias. Sentía el vértigo nuevamente en sus venas. Había muerto por dentro.
—¿Cómo diablos puedo sentir el vértigo? ¿cómo es posible? —se preguntaba desesperada.
Romper el vidrio. Saltar y hacerse miles de preguntas. Sólo veía ahora las luces de los autos acercarse como luciérnagas que se posaban en su cuello, aleteaban sobre sus hombros y se acumulaban iridiscentes en su collar de canutillos de vidrio.
Había una grieta aterradora en su silueta reflejada en el ventanal. Demasiada información se filtraba por la inocencia de esa grieta. La articulación de los cuerpos, la música de influencia hindú, los movimientos de manos y pies, la animación de la jungla de ballenas y elefantes. Luces y clarividencias. “All the world’s a stage” – sostenía William Shakespeare.
Tenía que admitirlo. Odiaba las escalinatas hacia lo desconocido. La oscuridad de la autopista. Las linternas. La silla 69 en la cuarta fila del segundo balcón cerca del paraíso. Tenía que poner punto final al affair con la teatro, la escena, la paradoja de los personajes, el vestuario, los cuerpos de los bailarines, los corazones de tinta, la vulnerabilidad, el reloj de arena, las pretensiones, el miedo a los besos en el vidrio y el vértigo que le producían las escaleras.
