Su amor era adictivo como el opio.
Un hilo dorado de suspiros y amor ilícito las unía en la distancia. Sus labios rojos, morados se mezclaban entre los pétalos de amapolas y pasaban inadvertidos en el límpido tapiz aterciopelado de cielo rosa cobrizo de fondo.
Siempre había estado unida a ella, en la telepatía, en el secreto de las flores de opio, siempre la había llevado como aquellos frágiles pétalos en la palma de su mano, y ahora su amor se había convertido en obsesión, como aquella flor de destino maldito y de belleza aplastante y devastadora.
Somnoliencia, euforia y adicción.
Una inquietante e incesante esclavitud en medio de la oscuridad de aquellas noches de inicio de otoño atraía los monstruos, los vampiros y la violencia de la adormidera silvestre.
Podía sentirla en sus venas, como la morfina olvidada de la locura sigilosa en medio de una pesadilla que conduce a la muerte lenta.
Como el galope de caballos salvajes, asustados por el grito sordo que nadie escucha en medio del campo de amapolas mientras corría a toda velocidad, perseguida por la sagacidad de los leopardos.
Su cuerpo consternado, atrapado por las sombras , los labios resecos y partidos, y la imagen caleidoscópica y repetitiva de su cuerpo dormido, de sus manos, de sus pies. Su vida secreta, sin título, la yuxtaposición de ojos, latidos, labios, espejos y raíces. Las horas de brisa fresca, montones de hojas amarillentas y tormenta, mientras se abría paso entre capullos corrugados de colores que ya no recordaba, quizás blancos, quizás violáceos o rojos, la humillada hierba, las semillas negras y la tierra árida y quebradiza.
Corría en las penumbras, y tropezaba entre cascabeles, visiones y campanas de cobre que resonaban en sus oídos y su corazón con increíble fuerza y desenfrenada torpeza.
Las voces que la rodeaban la enceguecían, las miradas de la locura la enmudecían y revelaban vibraciones vidriadas, cortantes, y rasguños que dejan la piel marcada con cicatrices que sangran de vez en cuando y nunca sanan.
Ella, el recuerdo de su amor dorado y la adicción al opio se habían convertido en condición sine qua non para continuar con su camino.
Encandilada por los espíritus de sus encolerizados pensamientos caía rendida en la furia de la noche, los sarcásticos alcaloides opiaceos de la papaver somniferum tomaban el control de sus músculos y su saliva se convertía en sal sobre el aliento fracturado de su lengua.
El alivio del dolor y del sufrimiento, los alfileres punzantes e hirientes que atravesaban su frente, las incisiones de las cuchillas en los frutos semimaduros a la hora del crepúsculo, la savia pegajosa blanca recolectada al alba , los enmarañados tallos erectos de los ababolones, los ecos subterráneos en medio de los truenos y la lluvia de suspiros irremediables, los mareos vertiginosos en su piel, las virtudes estimulantes en sus venas y en su sangre tomaban, intimidantes, el poder.
Un minuto, dos, o tres gramos, máximo seis horas, la dosis letal…. no morirá por la sobredosis. No te preocupes. La tolerancia al opio es alta. Deja que sus pupilas se contraigan, que el ritmo de su respiración se haga progresivamente leve.
Déjala divagar en los vaivenes de la vida y del ‘sueño crepuscular’, en los túneles de su corazón, déjala cerrar todas las puertas y construir altos muros, escondites y pasadizos secretos, destruir los puentes en medio de las tinieblas, golpear su frente y los puños sobre la tierra, soñar en ese lugar donde el subconsciente queda libre de ataduras;…. sacudir los sentimientos y las culpas, las náuseas y las angustias contenidas en sus venas.
Déjala temblar sola en la ebriedad del opio y respirar agitadamente en los abismos de la tierra, déjala perderse en los límites entre vigilia y ensoñación; las confesiones del opio serán como burbujas negras que emergerán del barro que la ahoga. Déjala recostarse en el desasosiego de las batallas con las amapolas hasta que los caracoles comiencen a resbalar por los moretones de su espalda, hasta que se acallen los líquenes de su boca y las polillas y mariposas aniden en su garganta. Déjala enloquecer, déjala huir y alcanzarla, abrazarla, tomarla de la mano en los misterios de la oscuridad.
Déjala desenterrar la campana de cristal donde está atrapada la pluma del cisne, la tinta negra, la llave y el pequeño poema escrito para ella. Deja que sienta su falta y que tenga que buscarla frenéticamente. Deja que ella le recite el poema, solemne, y lo repita ad nauseam como siempre lo hizo, que lo escriba con tinta y pluma sobre su piel.
Déjalas que se acerquen por mera curiosidad. Deja que entrelacen sus cuerpos y que las hormigas las coronen de flores y fantasmas. Déjalas besarse desnudas entre los mandalas de amapolas y orugas, sutiles, desafiantes, enajenadas, casi como hadas hechizadas. Déjalas que escapen juntas en el desvelo de la noche y desafíen la intranscendencia de la muerte, tan insólita como estar soñando despiertas, como suspiros desde las profundidades.
