‘Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla.’

Ella moría en cada palabra que pronunciaba, que escribía, que escuchaba.

Enceguecida por el brillo de la omnisciencia, la omnipresencia, la omnipotencia y la omnibenevolencia, se había olvidado de leer el amor entre líneas, anillos y órbitas de los cometas. De leer el alma dentro de cada palabra, cada nube, cada partícula de polvo cósmico. De la incompatibilidad entre la presencia del mal y el sufrimiento en el mundo con la existencia de su propio Dios.

Con la espalda arqueada, flotaba en su camisón blanco de seda en el espacio sideral. Gritaba. Gritaba tan fuerte que nadie la escuchaba. Y el grito surgía en el corazón mismo de la misteriosa muerte de una estrella en el centro de su ser y se expandía en ondas por el espacio. Pero en el espacio, nadie puede escucharte gritar, salvo que te encuentres en el nucleo mismo de la constelación de Perseo.

Así el grito se convertía en el barullo del silencio en sus oídos sordos, como el funesto sonido de algún agujero negro en medio de un cúmulo de galaxias a doscientos millones de años luz de distancia.

Y si te preguntas cómo diablos viaja el sonido en el vacío del espacio – murmuraba – deberías escuchar los siniestros susurros de mi alma.

Divinidad, idealización, enamoramiento.

Ella estaba convencida que era amor. Desde aquel primer momento que la vio caminando entre las columnas de mármol, bajo la bóveda celestial del monasterio.

Ya lo decía Sigmund Freud, que no elegimos a los otros al azar. Nos encontramos con aquellos que existen ya en nuestro inconsciente. Aunque se encuentren orbitando en una galaxia muy lejana.

Y ahí estaba. Parada frente a ella, gritándole en el medio de la noche, de las columnas de mármol, de la tormenta, entre el poder de los rayos, bajo la lluvia de Perseidas. Hasta el mismo cielo y todos sus dioses temían el gemido de sus propios truenos. No había espacio para secretos ni propios pensamientos. Ni siquiera para la propia intimidad. Ni para dar un solo paso sin su consentimiento. Injusticia. Falta de confianza – repetía.

Será capaz?

Capaz de qué?

Capaz de abandonarla?

Capaz de perseguirla hasta la muerte?

Capaz de escapar?

Capaz de insistir? – se repetía.

No, estaba segura que era amor.

Amor del bueno, inmortal, abismal, pero, de vez en cuando, un poco distorsionado, un poco inexplicable, un poco inaudible, un poco contradictorio, un poco elegíaco.  

‘Cada persona es un abismo. Da vértigo mirar en ellos.’ – predecía ya Freud.

Desandar el camino del infinito. Llegar al borde de la imprecisión, intentar enfocar en lo que estaba distante. Negar las directrices, las sombras. Hacer infinitas hipótesis. Eludir la verdad, la confusión y el desatino colosal de la vanidad. Sostener la valentía. Acallar las batallas. Desobedecer. Oir lo que no se oye. Abrazar los argumentos para sostener lo contrario. Tomar la decisión del salto. Suponer que el salto la conduce al cielo y no al infierno. Delirar. Silenciar la noche. Y con la espalda arqueada, flotar en el espacio sideral. Esperar de esa manera reunir todo el dolor, toda la oscuridad y transformarlos en un despertar hasta encontrar la luz.

Eternidad.

Even though the show wasn’t over, Nastasis in her glittering gown
ran through the big star to meet her lover by Sarah Moon 2000

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