El cisne descorazonado de acartonadas alas abiertas, cuello duro y pureza de alma languidece ceremoniosamente sobre el piso oscuro y nefasto como sobre un ataud delante de la cámara oscura, mirándola, como embalsamado.
Sus ojos, su cabeza y su pico se plasman en sombras y tragedias escenográficas en la pared manchada, amarillenta y arrugada, la misma pared donde ella está parada, tiesa en vestido plisado de seda.
Llorando contra el muro, revelada en cada poro del sustrato, en cada mancha de humedad, en cada grieta, como esmaltada con gelatina y cristales de haluro de plata, su cuello y sus hombros se deshacen, se descomponen entre oro, halógenos, fotones y electrones, aumentando la sensibilidad de su piel a la claridad como papel para fotografía, mientras las puertas se cierran detrás de ella, para evitar la entrada de la luz.
Las sales de plata de sus lágrimas, al entrar en contacto con algún rayo perdido de sol, se oscurecen y se reparten cristalizadas en las superficies de cada pared del laboratorio. Se transforman entonces y relumbran en una imagen latente en medio de una reacción fotoquímica. La ampliación representa la imagen de aquel beso de mariposa (qué otro nombre ponerle si no a ese instante de amor?), ese recuerdo de aquella caricia de pupilas y pestañas que ahora se revelaba en el baño de metales y olores amargos.
A través de cada grieta de la pared se podía percibir el típico olor de la composición química entre el agua que tomaba un color púrpura después de unos segundos, los ácidos y el papel fotográfico en medio del proceso de revelado.
Si cada episodio en la vida fuera tan simple como entender y tener paciencia con todo aquello que no se ha resuelto en el corazón, revelar el momento, obtener la justa proporción de todo lo que nos rodea, no sólo el uno o dos por ciento; e intentar amar las preguntas por sí mismas, como si fueran habitaciones cerradas o libros escritos en una lengua extranjera. Si pudiéramos dejar de buscar las respuestas que no estamos preparados para vivir, sumergir los dolores del pasado en ácidos y neutralizarlos, matarlos, detenerlos en el momento justo, diluir la rabia, el duelo y las tristezas para evitar que se expandan y exploten como volcanes y liberen vahos imposibles de respirar y que la contaminación de emanaciones se fijen en las células de la piel de las manos como frecuentemente suele suceder.
Si pudiéramos respetar el proceso, vivir las preguntas ahora, sacarlas a la luz en medio de la gracia, el balance y la inocencia del perdón. No llorar contra el muro para no enmohecer las palabras grabadas en el reino de piedra donde pueden crecer los líquenes y hongos lenta e incansablemente. Tal vez así encontráramos las preguntas, gradualmente, sin notarlas, y algún día lejano llegáramos a las respuestas, quizás, entre las grietas.
No es capaz de torcerle el cuello al cisne. Lo abrazará y colocará alrededor de su cuello una corona de violetas del bosque de cuentas de vidrio o de porcelana y hojas de metal o zinc como aquellas coronas funerarias victorianas que se utilizaban como símbolo de la inmortalidad del amor, como el que existió entre ellas. Violetas que simbolizan la humildad, la modestia y la inocencia del ser.
Lo arrastrará hacia el norte, hasta el lago más próximo y desolado, aquel que sólo ellas visitaban de vez en cuando en medio del bosque, en medio de las violetas y las ruinas del palacio, abandonadas, y bajo una luz ámbar de seguridad donde el amarillo del agua parece incoloro y el morado del tatuaje aparece negro, sumergirá al cisne tatuado en su vestido de infinitos pliegues de seda en el lago y lo observará flotar hasta que cobre vida a su alrededor.
Así las preguntas, los pliegues y el plumaje del cisne transformarán la superficie ovalada del lago en grabado de canales profundos y ondas como en placa de cobre y se llenarán de tintas amarmoladas de blackwork negro y óxidos, donde el insípido papel se tornará papel jaspeado de guardas de libros antiguos, como los ebru del Imperio Otomano o como las impresiones de Jacques Hurtu en el siglo XVII, rodeadas de flores y pájaros, frutos y libélulas.
El bosque. La fotografía. Las violetas. El cisne muerto. El beso de mariposa. Las lágrimas. La tinta negra. Las preguntas sin respuesta. Las ruinas. El punto sin retorno.
Siempre pensó que retornarían juntas al lago y que le darían de comer migas de pan a los cisnes blancos.
Si al final, las dos querían lo mismo. Querían ser luz, querían ser vistas, ser amadas y ser reveladas entre ácidos y metales y ser recordadas precisamente en ese momento, donde eran infinitas.
