Intentó olvidar sus palabras, buscando entre manuscritos y brújulas, reemplazándolas por otras que se encontraban desparramadas en el escondite de las frutillas salvajes que crecían entre calaveras, candelabros, ubi sunt y tempus fugit de relojes oxidados en medio de aquel jardín medieval.
Palabras encriptadas portadoras de mensajes irrepetibles, maléficos, insostenibles en los compases del tiempo; palabras que la hacían sentir como niña pequeña merecedora de cariño.
Palabras malacostumbradas de aparente ausencia de verdad, que nada tenían que ver con lo que estaban hablando, con su empatía, con sus sentimientos de eterno y puro amor por ella. Cómo duele el alma en esos momentos de vértigo y abismo, como al leer cartas de defunción o lamentos de enfermos cercanos a la muerte o simplemente al escuchar el canto legendario del cisne justo antes de morir en su visita invernal a esas partes lejanas del Mediterráneo oriental.
Palabras consentidas de exacerbada seguridad que se contradicen con la fragilidad de flores aladas sobre las sábanas en el suspenso del aire de la mañana empolvada después del sexo y la suavidad de pavlovas de crema y pirotines de papel color pastel sobre la cama.
Palabras malvadas que iban cambiando de significado en cada discusión donde se duplicaban, se rehacían y se imitaban una y otra vez. Está bien- le repetía casi en silencio hasta el hartazgo. Frase como aquellas que repetían los siervos a los generales romanos en sus triunfos para recordarles que las glorias eran efímeras. Palabras destructivas, insanas, que rozaban la necesidad de la penitencia y la redención.
Observó la impaciente inmovilidad del plato de frutillas desabridas y el vaso de cristal, mientras sus palabras envilecían el silencio.
Vanitas. Vanitas vanitatum et omnia vanitas.
Veía caer su emblemática corona de oro al suelo como una especie de liberación en cámara lenta. Oía el estallido desdichado del trueno durante su caída y veía la luz del reflejo desprevenido al estrellarse con el piso. Veía los diamantes confundidos rodar por los rincones entre las cortinas que pasaban inadvertidas. Veía la mano soberana y suave de ella sostener entre sus finos dedos la frutilla como trofeo colmado de mini rubíes a rescatar de las conversaciones sobre aritmética, geometría, música y astronomía.
Tomó el vaso de cristal y se lo llevó a la boca, mientras observaba los labios de ella y los suyos morían en una agonía avinagrada con toque de estragón, y bebió agua para no atragantarse con tanta ostentación, para tragarse el remordimiento de tanta hipocresía de sentimientos a la luz de las velas.
Nada pesa más que las palabras no dichas- pensaba mientras miraba sus labios.
Y la miraba después a los ojos con acarameladas miradas compasivas y pacientes como si mirara a través de ella y llegara a ver horizontes de glacé real con perfume a rosas y magnolias y finalmente a rozar la redención y preparar el alma para la salvación y la vida eterna.
La miraba como si la atravesara con cuchillos de bronce y espadas bizantinas casi sin herirla ni hacerla sangrar, hiciera huecos entre sus pulmones estoicos y su corazón de piedra, y mirara como en un túnel las olas en la playa de azucaradas arenas rosas y espumas blancas y ostras color champagne.
Como si la mirara por última vez, perforándola, en el desierto indigno de la nada y del papel picado después de la fiesta que atormenta, del amor cero y de la empalagante vanidad.
La miraba como si abrazara la suavidad de su piel almendrada en un abrazo intangible, invisible y eterno a los ojos de los demás. Un abrazo legítimo, imposible de olvidar, de esos que nunca se superan, que se quedan pegados al alma, con sabor a damascos, perfume a tulipanes moribundos y helado de vainilla en copa de cristal bajo el sol del atardecer.
Memento mori.
Naturaleza muerta y alegoría de frutillas en invierno. Como si nadie supiera que las frutillas en invierno casi no tienen sabor al paladar. Ella lo sabía, pero se quedó callada para no herirla. Fragilidad y naturaleza efímera de la vida.
