Pasado el insomnio desafiante de los primeros meses de pandemia, pudo dar cuerda a sus sueños y dormía en demasía intentando constantemente encontrarla.

El letargo se extendía bajo cielos icónicos y cuando la siesta o la noche lo permitían, descansaba sobre montículos de piedras en medio de pletóricas playas nevadas, envuelta en líricas brisas heladas, y cuantiosas gaviotas hambrientas de algas marinas que volaban sobre ella en estelas desinteresadas.

Adormecida, cerraba los ojos y de inmediato cruzaba callada galerías reales a lo largo de la playa en la caducidad del día. Escalaba dunas sin pensar en las orquídeas salvajes que crecían bajo la nieve. Escondía los pies – todavía tibios de soquetes de lana – entre arenas, conchas y corales que le daban permiso para soñar. Atravesaba edificaciones frías y desiertas, y subía sus escaleras de grietas asustadizas que arriesgaban sin duda su vida. Se ocultaba de la lluvia bajo cúpulas vidriadas que coronaban torres inclinadas, casi destrozadas. Y finalmente tropezaba, sin verlos, con esculturales manos gigantes y dedos de piedra caliza, enterrados en las arenas ahora movedizas que formaban vorágines de remordimientos y colinas de tristeza al no encontrarla. Espejismos de témpanos de hielo en playas nevadas y parpadear de pestañas granizadas de hadas.

Seguía corriendo dejando desorientadas huellas entre columnas glaciales erosionadas por el arrastre del agua hasta escuchar el sonar de las campanas como trágicas arias en la cima de las torres casi aladas y se detenía creyendo poder verla en la inmovilidad del horizonte y alcanzarla.

Precipitadamante, al borde del precipicio, se hizo lenta, pesada y se dio cuenta que ella también podía convertirse en roca fastidiosa e inviolable cuando quería y así romper, frustrada, llena de furia y desencantada, paredes, pisos, muros, pilares y jarrones recubiertos de pequeños crustáceos, ostras y esqueletos de venenosas criaturas marinas ahora totalmente quebradas.

Sus sueños eran aventuras meticulosamente ensambladas, procedentes de ríos, mares árticos y faros que iluminaban las volitas multicolores de vidrio traídas por el oleaje que se acumulaban en las playas nevadas y que sentía deambular caleidoscópicas bajo sus pies entre las olas.

De repente sintió, aturdida, sus pies mojados y los intentó deslizar por la nieve casi derretida en medio del temor de charcos cálidos y depósitos de sedimentos nacarados.

Arrastraba, atraída por la luna, su camino distraído por la arena hasta llegar a la bajamar, tanteando la imagen de aquella amada en una búsqueda ciega, entre caracolitas y tintineos de espumas y cascabeles que la distraían de los dilemas de mañana y pasado mañana.

Sumergida más tarde hasta el cuello en el agua congelada, casi ahogada, le pareció ver kriptonita cristalina, sí un poco fragmentada, en la agonía de silencios espejados del fondo del mar. Le pareció imaginarla allí, encallada, como sirena borrosa, entre rocas, reflejada en pirámides astrológicas, en el centro mismo del nadar de mantarrayas y del ir y venir de anémonas de mar.

Era la primera vez que creía verla entre rocas graníticas y jardines acuáticos de aguamarinas prismáticas de diez quilates, usadas como talismanes entre marineros contra mareos y tempestades en alta mar.

Consolidado el sueño de medusas durmientes, sin más ni más, abruptamente, sintió que el suelo se derrumbaba bajo sus pies y en desestimado vértigo y caída libre se desplomaba por los abismos de los desequilibrados acantilados, arremolinadas espirales de sal y quejidos dormidos.

Seguía cayendo, como deambulando debilitada por la inestabilidad del aire hasta hacerse cada vez más insignificante e inofensiva y perderse en la nada del espejismo y tocar el suelo de rodillas, ensangrentadas.

Ese anclado afán tan profundo de persecusiones y obsesiones la despertó de repente de su sueño en la incomprensión de palabras sonánbulas y la vio, frente a ella, sonriendo enaltecida, con la espalda cubierta de arena, estrellas y minúsculas cianotipias de algas.

Fata morgana – pensó, insegura. Paralelismo de estío en medio del invierno. Las mismas playas, pero esta vez de sombras de palmeras desdibujadas, simetrías de imágenes multiplicadas y mareas de pinceladas acuareladas.

Era ella?

Miró, determinada, a su alrededor como para romper el halo del encanto. Todo había adquirido, con el descubrimiento de las luces y sombras y el reflujo de las aguas, una apariencia alargada y elevada, y se redefinían y reconstruían todas las piezas rocosas y errantes de las galerías, las estatuas, los pies, las torres, las manos, las cúpulas, las espaldas. Lloraba al reconocerla, al finalmente encontrarla.

La Sirène D’auderville Sarah Moon 2007

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