Esa noche calurosa de mediados de primavera la blusa de lino bordado se le pegaba, desconsiderada, a la espalda.
Sólo necesitaba la tijera, sus dos manos llenas de perfume, la cercanía de las voces y esa noche enamoradiza para sentir otra vez esos deseos indomables de dejarse ahorcar con los tallos de los lirios amarillos de casi un metro de alto que ella le había obsequiado años atrás. Había envuelto los bulbos en papel de diario y, después de haber viajado ilegalmente con ellos de Esperanza a Europa, los había plantado en su balcón.
Había logrado conservarlos por tantos años y los había tratado con tanto cuidado, tanto recelo y tanta admiración. Sabía perfectamente que todo dependía de amarlos con toda el alma y de la cantidad de luz solar que recibían las hojas para la exitosa fotosíntesis, además de las temperaturas cálidas del aire donde crecían las plantas para la prosperidad de su metabolismo.
Se podía asegurar que los lirios son inmortales, por lo menos en teoría. No sólo pueden vivir para siempre, sino que tampoco envejecen, por lo menos si los lirios y los rizomas se mantienen fértiles y saludables en la tierra donde se encuentran durante todo el año de vida hasta la siguiente floración.
Se preguntaba qué sería de su vida si ella o los lirios no hubieran existido; si ellas no se hubieran conocido hace más de treinta años.
Cada uno de los lirios de Van Gogh es único – pensaba. Cambió de opinión. Dejó la tijera a un lado y fue hasta la biblioteca. Abrió el libro de arte y estudió cuidadosamente la riqueza de los movimientos de la obra, sus pinceladas y matices.
Con el título de Les Iris, el pintor holandés había creado una variedad de siluetas curvas, delimitadas por líneas onduladas, retorcidas y rizadas.
Ahí estaban aquellas flores inspiradas seguramente en las tintas de las estampas japonesas, los ukiyo-e. Estas impresiones, ‘imágenes del mundo flotante’, de líneas paralelas, como los lirios de Hokusai, eran realizadas mediante xilografía desde tiempos ancestrales.
Aquella amistad también era única e inmortal.
Pensar que son los lirios que Vincent Van Gogh había pintado durante su estancia en el monasterio de Saint-Paul-de-Mausole en Saint-Rémy, Francia, en 1889, después de episodios de automutilación y retiradas hospitalizaciones.
Aquellos lirios que veía desde su ventana en la galería oeste del claustro, asomando en el jardín durante la primer semana de su permanencia en el asilo de la Provence.
Los lirios que continuaba pintando para evitar así toparse con la locura.
El filo entre la cordura y la locura es demasiado sutil, como las delicadas pinceladas oscuras y casi moribundas de los contornos de la desafiante imaginería floral.
Estaban aquellos lirios esbeltos de Hokusai y aquel grillo refinado estampados en colores lilas azulados o amarillos dorados? – se preguntaba.
Ella no deseaba terminar como Van Gogh, hospitalizada, mutilada.
Era lo único que suplicaba.
En una mirada más íntima y atenta entre la concentración y fragmentos de flores y hojas de los lirios, se podía observar el lienzo virgen, olvidado, sin rastros de pintura. Era en esos lugares vistos a través de la lupa donde se encontraba esa idea de felicidad que derivaba de comprender que el mundo no es más que un lugar efímero, fugaz o transitorio?
Esa noche calurosa de cuarentena a mediados de primavera sólo quería ser testigo del florecimiento de los lirios y con una simbólica fiesta con amigos y conocidos rendir un homenaje hedonista a la felicidad y honorar la distinguida cultura japonesa del esplendor, la dicha, la fortuna y el ukiyo.
Decorar la mesa con un delicioso mantel de algodón egipcio que rozara el cesped y flotara sobre el mundo, desparramar vasos de cristal con agua e incontables lirios, colgar libertinas guirnaldas de origami de colores brillantes y despeinadas cintas de encaje entre los cerezos y lámparas de papel de seda que atrajeran desenfrenadas polillas y mariposas de noche, lujuriosos cascabeles y diamantes y encender velones de cera en la galería, en el patio, en el invernadero, en los senderos de aquella, su casa imaginaria.
Y simplemente ser feliz. Y desear que todas las noches sean una fiesta como aquella… ‘viviendo sólo para el momento, saboreando la luna, la nieve, los cerezos en flor…’

Sarah Moon