En la inmortalidad de cada atardecer, una guirnalda indefinida de mil y una golondrinas aparecía para hacerse la fiesta en el cielo ilimitado de verano.

Se hablaba de inmensurables plagas de agitadas avispas e infinitos mosquitos esqueléticos por esos días.

Ella no se cansaba de mirar el aletear del juego fugitivo de las golondrinas, ondulando entre las líneas del horizonte, atravesándolo, marmolándolo, hilvanando hilos volátiles de lino blanco, amarillo, naranja, rojo, violeta, azul, celeste y plata que desaparecían como murmullos y renacían como entre los pliegues del peplo acanalado de Julieta Capuleto y sus últimos suspiros que como nubes empolvadas y postergadas se desvanecían antes de morir.

Se apresuraba de pronto una infame avispa a rayas a la búsqueda de néctar sobre el reborde de su vaso de limonada, aquella que le dicen la avispa alemana o vespula germánica. O, por consecuencia, simplemente, avispa-limonada.

Ah…. las golondrinas!…como heroínas sobrevolaban el balcón suspendidas en aureolas, trisando para anunciar su llegada… araban y arañaban el cielo enmudecido con sonidos casi de arpas parecidos a silbidos ignorados por la ciudad antes de retornar al África subsahariana.  

Trazos aquí y allá quebradizos, que podrían compararse con aquellas volteretas rítmicas y vértices en plexiglas de Bridget Riley, o esos círculos concéntricos desfazados, interrumpidos de líneas finas negras dibujados en 1963. Sin pasar por alto aquellas curvas diagonales de 1966 y otras deslumbrantes y convincentes pinturas abstractas que exploran la naturaleza fundamental de la percepción humana.

Héroes en ascenso y caída llamaba Bridget Riley a uno de sus acrílicos sobre lienzo de 1965 de estilo geométrico en blanco y negro, que va como con tijeretazos cortando el aire que se respira, donde la percepción de elementos, su forma y color se ve perturbada por diferentes procesos compositivos que en plena superposición, se anulan y disuelven como el vuelo de las golondrinas.  

Los lienzos de patrones geométricos aparentemente abstractos de Riley engañan la vista. Es sólo una ilusión? No, dicen rotundamente los críticos; son cualquier cosa menos estáticos, ondulan y se transforman, engañando y deleitando la vista.

Y allí la vemos parada, la inglesa Bridget para la revista Vogue en 1965, casi tímida, atrincherada, pero segura de sí misma, entre sus líneas repetitivas de propia escenografía, o en aquella desafiante fotografía de Tony Evans en perfil ondulado en colores beige, casi dorado y negro.  

1951

No, no se trataba de la cantidad de líneas entrelazadas de golondrinas.

Ese día había mil novecientos cincuenta y un pacientes con una infección por corona en los hospitales belgas, lo que representaba un aumento del 27 por ciento y la cifra más alta desde principios de mayo de ese año, después de los dos años anteriores silenciados y mutilados por la pandemia.

Círculos interrumpidos.

Era en esos momentos cuando quería desesperadamente hacer mil, diez mil, cien mil rayas y guiones en el enardecido paraíso del atardecer, arañar la gloria de la pantalla, morder las ventanas de vidrio, hacer rayones con marcador negro, tachar, inválida de frustración, los títulos y subtítulos de las noticias que no parecían ser falsas a simple vista.

Censurar la discapacidad de palabras impuestas como imprescindibles, unir el vuelo elíseo de las aves con líneas entrecortadas, intermitentes, huir más allá de los límites, leer entre líneas. Traicionar a todos, esquivar la ingenuidad de los semidioses de todos los confines. Volar como en surcos por el firmamento, en líneas paralelas como las de Bridget, en sutiles fracturas restringidas, emborracharse con licores, néctares de avispas y elixires, marearse, dar vuelcos en el aire, en círculos en descenso insustanciales, imperceptibles, grises, blancos, caer hasta frotar y borrar los trazos de tiza de rayuela hechos en el piso con las palmas de la mano, estrellarse, frívola, contra los suelos infértiles y los muros ilícitos del olimpo, astillarse, quebrarse el espíritu, partirse la cabeza, hasta fragmentarse y caer desvanecida, vencida, como las golondrinas, y quedarse para siempre dormida.

Sarah Moon

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