Las magnolias, de lejos, parecían cristalizadas o adormecidas en medio de la primavera, como aquellas talladas o grabadas al agua fuerte en esos jarrones opacos de Émile Gallé.
Los polvos y sombras de maquillaje triunfaban esa mañana.
Se vestía con su pullover blanco de mangas anchas y se disponía a salir a la calle. Porque eso sí, en Bélgica estaba permitido salir a caminar, no era un absoluto y estricto lock-down, como el que sufrían en Esperanza.
Ella había decidido no salir más, pero le ganó la luz encendida y enceguecedora del mediodía de ese casi fin de marzo que había pasado volando, muriendo como una mariposa asfixiándose en un frasco.
Recordó las mariposas amarillas de la aureola de la Venus Verticordia. Eran las mismas mariposas que ella perseguía en las montañas de Córdoba cuando era chica, estaba más que segura, y eso la ayudaba a mantener atesorado un recuerdo lejano y vago, que ella sabía que no volvería ya a añorar.
Otra vez la maldición insana y los pensamientos hirientes.
(Puteaba mentalmente).
Los ahuyentaba como moscas. Todos eran recuerdos plegados como origami en papel de seda, frágiles, etéreos, volátiles, como los polvos de coral que había comprado en el aeropuerto de Buenos Aires hacía unos meses atrás y que intentaba aplicar con el pincel de pelo de marta en su piel avejentada de los párpados, de sus cuarenta y tantos, por primera vez, después de catorce días de ostracismo.
Temblaba, pero se daba cuenta que era la brisa que se metía por la ventana, que, sin recordarlo ya, había abierto por la mañana. Las cortinas ocre de terciopelo formaban sombras de destierro en la alfombra.
Y otra vez le apetecía dormir sobre ella. Dejarse llevar por la atemporalidad y el abandono de la cuarentena. Si de todas maneras, había elegido una alfombra de colores pasteles de terciopelo que hiciera juego con el sofá, con el sillón y con los almohadones y las cortinas. Todo hacía juego. Finalmente, después de tantos años de anhelar un living, podía ahora permitirse hacer el amor con sus sueños sobre la alfombra.
Alfombra que sabía que no podría llevarse en la valija a Argentina. Por eso le daba tanto miedo dormirse sobre ella.

Sarah Moon