Había llegado el momento más traumático para los médicos, según los diarios, y llegaba para quedarse por un largo tiempo.

En Francia se veían obligados a tomar decisiones de vida o muerte. Los pacientes mayores de ochenta años no recibían ya máquinas de respiración artificial. En España e Italia el escenario era similar. El proceso se denominaba triaje y significaba la meticulosa seleccción de los pacientes para el tratamiento, o sea, darle batalla al virus.

El triaje médico moderno había nacido durante las guerras napoleónicas.

En Nueva York, uno de los epicentros del virus de Estados Unidos, los médicos se sentían literalmente como en un campo de amapolas y de batalla, sólo trataban de mantener la serenidad. Los círculos de médicos en todo el mundo enfrentaban las decisiones más difíciles de sus vidas. No había suficientes máquinas de respiración para todos.

Por lo menos, eso era lo que decían. Cómo ponerlo en duda?

La obligación de aceptar que la vida estaba en sus manos. Maldición. No en los poderes divinos o mágicos de la naturaleza o de elementos paganos como el colmillo de serpientes, las pezuñas de cabra negra, las plumas de cuervo o el ángel en la oscuridad de los pasillos.

Quién merecía ser salvado cuando no había remedio para todos ?

Una decisión que iba en contra de los principios de la medicina y el derecho universal a la vida.

No era el mismo miedo que se produce ante hechos concretos como las grandes calamidades naturales, las inclemencias climatológicas como inundaciones, erupciones volcánicas o sequías. Pero la falta de respuestas y la falta de conocimiento sobre las causas que las originaban eran la base fundamental del miedo.

El miedo y la crisis médica era la más devastadora en Italia, en España y en Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial y habían obligando a los médicos, pacientes y sus familias a tomar decisiones y medidas drásticas. Ya no se trataba de prodigios ni supersticiones.

En la unidad de cuidados intensivos del Policlínico San Donato de Milán, la lucha contra la muerte se detenía todos los días a la 1 p.m. Era cuando los médicos hacían las llamadas a los familiares de los internados e intentaban no dar falsas esperanzas: sabían que uno de cada dos pacientes en cuidados intensivos con la enfermedad causada por el virus era probable que muriera. Era ridículo. Inhumano.

Los pacientes con coronavirus, con fiebre intermitente, gravemente enfermos de la unidad, todos sedados y con tubos en la garganta para respirar, no verían a sus familiares por esos días, no se permitía la entrada de visitantes. Nadie dejaba sus hogares ni pisaba las veredas en Italia.

A medida que la epidemia se expandía y la enfermedad progresaba, las camas desinfectadas de algodón blanco comenzaban a tener una demanda creciente, especialmente debido a los problemas respiratorios que la enfermedad podía ocasionar. Cada vez que una cama se liberaba, dos anestesiólogos consultaban con un especialista en reanimación y un médico de medicina interna para decidir quién la ocuparía, quién sería digno de una posibilidad de supervivencia, o a quiénes arriesgarían con la morfina sin tener que perforar las gargantas porque ya no tenían esperanzas de recuperación.

De todas maneras, sabían de sobra que el cincuenta por ciento de los pacientes moriría.

Debían realizar conjuros o exorcismos? Conjurar a las nubes, a las aguas o a los rayos de sol?

Todas las nubes colgaban como horcas celestiales.  

Si había llegado el momento de la consagración y ceremonia del ritual mágico, debían vertirse los cálices de vino agrio, de hostias negras y amargas y de polvo de huesos de niños muertos sin bautismo, hasta que cayera el cielo, no se escucharan más las sirenas de ambulancias y el futuro se cubriera de pétalos de rosas, para evitar la expansión de males, plagas y más desgracias.

Cómo debía interpretar los maleficios y maldiciones del universo que recaían sobre sus hombros y opacaban sus alas? Se podría embrujar a alguien con cabellos, piel o sangre para salvarla?

Se vestiría de negro de antemano antes del entierro?

Olería a elixires y bálsamos de la antigüedad?

Buscaría sus pequeños libros de herbaria y botánica de la infancia, su colección de flores de hortensias, tréboles de cuatro hojas y helechos silvestres disecados, conservados e identificados con citas en lápiz al pie de cada página para usarlos como talismanes mágicos?

Combinaría brebajes medievales, minerales afrodisíacos y filtros de amor, flores de la pasión, hongos y líquenes alucinógenos, plantas exóticas de países lejanos y aquellas que crecían en su tierra natal?

Estudiaría el resultado empírico y las remotas posibilidades de éxito y futuro dorado que sus maestros le habían susurrado al oído en las aulas de química, ciencia y matemáticas para borrar las dolencias humanas de su alma?

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