Existían varias frases en alemán que podían utilizarse para designar o describir tiempos de incertidumbre.  Abwarten und Teetrinken era una de ellas y significaba literalmente esperar y tomar el té.

La frase había surgido a mediados del siglo XIX en Alemania.

Mientras preparaba la infusión de té de rosas, almendras y miel, pensaba en querer estar convencida de creer poder levitar de espaldas entre la borrosa neblina de rosas y montañas.

La alfombra, las cortinas, los libros, todo olía a rosas y nostalgia.

Aquellas rosas damascenas espinosas o Rosa de Damasco del té con miel y almendras de la espera, derivaban de la Rosa Gallica y la Rosa Moschata que crecían y se cosechaban en la Bastide des Fontaines Parfumées y que originalmente eran cosechadas en Turquía. De ahí su nombre.

Los tallos estaban densamente poblados de espinas curvadas y cerdas rígidas, sus hojas coriáceas no tenían brillo. Eran flores relativamente pequeñas que crecían en grupo. Flores dobles, de floración estival y de abundantes pétalos dispuestos en roseta, de unos diez centímetros de ancho, de color rosa o rojo pálido, muy fragantes y provistas de treinta y seis pétalos.

La cabeza le pesaba enormemente, deseaba dejarla caer sobre la mesa de la cocina y acariciar sus trenzas como si fuera la última vez antes del final, como aquel platónico amante las habían acariciado una sola vez. Deseaba en ese momento coronar sus trenzas intricadas con tallos de rosas y espinas, capullos de algodón maduro y montones de moños confusos de tul de colores como hacía su madre cuando era chica.

Deseaba respirar profundo e inspirar el humo del té, atar con hilos gruesos y cordones resistentes todas las flores de las rosas abandonadas, una por una, para que se mantuvieran eternamente intactas, envolverlas en papel de seda, y esconderlas otra vez en la oscuridad de aquel rincón sin que nadie los descubriera hasta que ella muriera.

Descansar, dejar caer su cabeza entre sus manos y las cuarenta mil variedades de rosas, para sentirse sostenida, liviana, arquear su espalda y suspender sus memorias del pasado en la levitación del aire puro y murmurar sin casi poder respirar como un mantra:

Black Baccara

Caprice de Meilland

William Shakespeare

Eglantyne

Gallica

Ingrid Bergman

Mosqueta

Queen Elizabeth

Souvenir de la Malmaison

Lolita Lempicka

Deseaba olvidar ese dos de abril, no pensar en los cadáveres envueltos y amarrados en plásticos perversos abandonados en las calles de Gayaquil, donde quizás en ninguna parte del mundo la pandemia había mostrado un rostro tan desolador que había desatado el pánico renegrido entre los ecuatorianos, los que habían optado por abandonar los cuerpos confusos de los seres queridos a la intemperie porque nadie venía ya a buscarlos.

Deseaba no esperar más, y echarse a correr entre las rosas de la Provence y la región de Grasse, aquel centro excepcional de creación exquisita que siempre había querido visitar y nunca lo hizo, y recolectar en cestas blancas los pétalos entre mar y montañas. Destilar y salvaguardar con vapor de agua la esencia de la profusión de trescientas mil flores para obtener un kilo de absoluto de rosa, y poder ahogarse en ese agua de rosas frescas. O mejor, poder rociarlo sobre ataúdes de caoba africana auténtica y bendecir los cuerpos de fallecidos al son de mandolinas decoradas de marquetería de maderas finas, exóticas e indígenas.

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