La ciudad despertaba silenciosa, ausente, paralizada, al igual que sus decenas de dedales plateados, un poco oxidados por el sudor de sus dedos, guardados en cajitas de lata de hadas y sus alfileteros remendados de fieltro y lana.
La agujas dormían la siesta por esos días a sus anchas, desparramadas junto a restos de hilos de fibras naturales y rollos de sedas labradas, perlas y botones de nácar, como custodiando la vigilia, con la memoria intacta.
Guardaban los enfermos amuletos de la suerte bajo la almohada como se guarda un cuaderno de diario secreto bajo las sábanas ? Podían conciliar el sueño ? Podían, en la presencia de la somnolencia diurna, imaginar las escenas cotidianas pasadas, que ahora sólo podían ser imaginadas inmóviles, a la luz de la quietud de las paredes, atrapadas en los tejidos tipo indiana de los monocromáticos rojos, granate o violeta toiles de Jouy sobre fondo crudo o ahumado, sobre colores degradados como rosa, azul claro o marino, verde claro u oscuro, incluso beige o gris?
Guardaban los enfermos amuletos de la suerte bajo sus suspiros con sabor a última bocanada, como aquellos rostros de seres amados o de siglos pasados y tiempos remotos de la cultura persa y grecorromana de la historia como camafeos de ágatas pulidas, o aquellos de nácar, ámbar, jade, caparazones de tortugas gigantes o extrañas conchas marinas de Francia, Alemania y Flandes que circulaban en los escotes de vestidos de las cortes francesas?
Guardaban los enfermos amuletos de la suerte bajo sus pestañas, como esas miniaturas de romántico gesto llamadas ojos de amante, de promesas de casamiento, intrigas y matrimonios clandestinos, de esperas prohibidas de que el amor de reinas no se desvaneciera, de ceremonias secretas, de pinturas diminutas que hacían público amores muy privados como el del príncipe de Gales, para así los amantes poder llevar consigo la mirada del amado sin que su anonimato se viera comprometido? Para llevar clavados en el pecho amores que insinuaban, pero que nunca revelaban la identidad de la persona amada ? Y, sin embargo, así lo habían hecho, durante décadas, aquellos retratos de ojos, que incluían cejas, o mechones de pelos, el asomo de patillas o hasta la nariz, bordes de nubes que acentuaban el aire de misterio y que daban a entender, pero que nunca revelaban la identidad de la persona amada.
Guardaba ella amuletos de la suerte que no hicieran tan hiriente esa soledad insensata, obligada y triunfante entre cuatro paredes recién pintadas que la agobiaban como simulación de órbitas purpurinas y polvos de estrellas en el agujero negro del centro de la gran vía láctea ? Orbitas turquesas fosforescentes y chispeantes de anillos estelares que iban y venían y que desde la lejanía de diez años luz cantaban canciones de cuna de voces distantes, como la Fortuna y la Constancia de aureola dorada en el escenario del sueño de Escipión. Se esforzaba por recordar las arias numeradas con ocho y nueve y las promesas de ambas, quizás ellas podrían revelar su destino futuro y el de su país, explicar las recompensas que aguardaban a la virtud venidera en otra vida o describir el universo y el lugar de la Tierra y el hombre dentro de él.
‘Una peste no es una cosa hecha a medida del hombre; por lo tanto, nos decimos que la peste es un mero fantasma mental, un mal sueño que desaparecerá ‘, escribió Albert Camus en su novela La peste.
Escribían los expertos que esta peste intangible era más grande y poderosa que la humanidad misma.
Las reglas del juego eran diferentes a las que la humanidad estaba acostumbrada. En realidad, no había reglas. Se contaban cada hora los enfermos y los muertos en todas las esquinas del mundo. Se sabía de antemano que un cierto porcentaje de la población moriría en esta guerra. Se hablaban de millones de personas.
Cada niño, cada madre, cada adulto y cada anciano se convertía en posible víctima de imaginaciones y escenarios que se multiplicaban a una velocidad menor que la tasa de infección del virus y el contagio de la compasión frente a las desgracias del prójimo. Cada reunión en la ópera, cada conversación entre vecinos, cada caminata entre los robles del parque se vivía como la última.
El círculo de amigos en el café, de trabajadores teatrales, de conocidos en un estadio, de carpinteros en una exposición de arte, de maestros en las escuelas y de turistas en las calles se reducían cada vez más.
Primero se habían cerrado los amados cafés, los campos deportivos, los teatros, los museos, los jardines de infantes, los colegios, las universidades. Ya no se hacían los paseos en barco por la ciudad. Estaban cerrando hasta los cielos para los vuelos nacionales e internacionales, las fronteras europeas y sudamericanas, las embajadas. Reinaba la sensación de sálvese quien pueda y la humanidad y la Unión Europea, indefensa, vivía en puntas de pie como en una noche de tormenta sin linternas con los pies descalzos en la arena helada de una playa dudosa de olas indefinidas de escala bíblica.
En tiempos paralizantes como aquellos, la imaginación era como un ancla que lanzaban todos ellos hacia el futuro desde las profundidades de la desesperación y el miedo.