En una foto del diario, los enfermeros se asomaban detrás de las cortinas de plástico del hospital manteniendo la distancia. Llevando cascos, anteojos y barbijos blancos, batas azules, celestes o verde agua.

Eso ya no era humano. Era de película de ficción. Tubos y más tubos y gente respirando artificialmente.

‘Que la empatía se haga contagiosa y que no tenga cura.’ – dicían los psicólogos preocupados.

Algo tienen que decir – pensaba ella – para animar a la gente.

Para alivianar el miedo.

Para sostener una pandemia que no se sabía si era real o irreal.

Coronavirus !

El Consejo de Seguridad Nacional se reunía esa tarde para evaluar medidas contra el coronavirus.

No planeaban abandonar la cuarentena, por el contrario: expertos y políticos suponían, igual que los insistentes medios de comunicación, que las medidas se extenderían por dos semanas, hasta el final de las vacaciones de Semana Santa.

Ese jueves por la mañana habían realizado 536 hospitalizaciones nuevas en comparación con el día anterior. Un total de 2,652 personas estaban hospitalizadas, 605 de las cuales estaban en cuidados intensivos. También se habían contado 42 nuevas muertes.

Los anuncios no habían sido alentadores, los casos de contagio no dejaban de aumentar en todos los países europeos, especiamente en Italia y España.

Se llamaba desde grupos pacifistas a un abrir de ventanas a la diplomacia, al silencio de las armas, a las verdades de la vida.

Qué eran las verdades de la vida ? – se quedaba pensativa.

Su verdad era el vestuario, y lo había sido la mayor parte de su vida. Aunque no lo cumpliera al pie de la letra como Jenny o Luca. Qué inmensa admiración sentía por esas manos laboriosas, que hilvanaban linos y sedas, plumas y cintas de embellecidas y exquisitas telas.

Esa admiración de una perfección que le parecía incalzanzable, no le ayudaba a ver su realidad.

Oscar Wilde consideraba los teatros como verdades de la vida y parte de nuestra civilización y en todas partes del mundo, que era como la más grande de todas las formas de arte, la forma más inmediata en que un ser humano puede compartir con otro el sentido de lo que es ser un ser humano.

Finalmente, esa tarde, el Consejo Nacional de Seguridad había decidido que las medidas de confinamiento tomadas a mediados de marzo se prorrogarían dos semanas más de lo previsto, hasta el 19 de abril. Esa decisión podría ser renovada por otras dos semanas, hasta el 3 de mayo. El consejo se reuniría periódicamente para reevaluar las medidas que podrían ser reforzadas en cualquier momento.

Y lo paradójico de todo era esa libertad finita que se le daba a la población desde los gobiernos europeos, que de alguna forma se habían prometido a sí mismos y a sus pueblos después de la segunda guerra mundial, no ser gobiernos autoriarios, sino repúblicas donde prime la democracia y la libertad,  donde jóvenes de dieciseis años se pudieran abrazar sonriendo por la calle, en los puentes, afirmando que querían transitar juntos el contagio de coronavirus. Y no dejaban ni un metro de distancia entre ellos, absolutamente nada. No era necesario tomar la cinta métrica, porque se besaban delante de los ojos de los virólogos y se volvían a abrazar.

En ese momento que se lavaba las manos, anunciaban que en Italia habían muerto ocho mil personas de ese extraño virus. Dejaba el jabón en la jabonera de porcelana.

Hacía poco, la había comprado en un negocio de segunda mano. Era especial, alargada, de ángulos rectos y a la vez redondeados, como ovalada. Estaba pintada a mano con graciosas libélulas azules esmaltadas y ramilletes de flores delicadas que no podía describir. Una delicia.

Igual que el jabón, Portofino, una sutileza de lino, agua de rosas y lirios, una edición especial que había comprado antes de que no se hablara más de otra cosa que de la salud y lavarse las manos regularmente con mucha agua y jabón.

Lo único que le preocupaba y se preguntaba, observando las burbujas cada vez que dejaba el jabón en la jabonera, era si no se llegaría a romper en la valija.

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