‘El golpe está siendo muy duro. Una amenaza universal para nuestra salud se ha fusionado con la absoluta incertidumbre sobre lo que el futuro va a deparar a nuestros museos e instituciones, y qué decir de las empresas culturales. Nada de lo que fue volverá a ser, eso lo tenemos claro. Es hora de comenzar ya a construir nuestro nuevo futuro, transformar lo vivido en una realidad mucho mejor, entre todos, para todos, con ilusión, solidaridad y energía. Os enviamos a todos vosotros, a los que siempre habéis estado ahí, un abrazo de agradecimiento y de solidaridad. Ánimo ! Seguimos adelante !’
Esta frase anunciaba una especie de apocalipsis ante la amenaza del coronavirus en sectores como la museología. Se trataba de más que una epidemia de polillas, tan temidas plagas en los rincones oscuros de museos.
Esto era peor. Las dudas eran numerosas y vidriosas, igual que las consultas ante la necesidad de restringir las altas concentraciones de público para salvaguardar a la población de la amenaza del empecinado contagio.
Muchos museos, centros culturales, parques arqueológicos, a recomendación de los gobiernos nacionales de sus países, habían suspendido sus actividades presenciales y cerrado salas de exposiciones, y posponían encuentros de bordado, juegos para niños e incontables proyectos.
Hasta el momento, muchos países de Europa y Latinoamérica habían hecho oficial el cierre temporario de las salas, y difundían medidas preventivas e indicaciones establecidas en los protocolos de salud de cada país.
Se podía leer en cartas:
‘El sector cultural, junto a muchos otros, está siendo produndamente afectado. Estamos acompañando la suspensión de actividades y cierre de museos en la mayor parte del mundo. Pero también nos llena de satisfacción ser parte de un sector ampliamente creativo, innovador, resistente a las adversidades, que presenta alternativas que emocionan y alientan a la sociedad en uno de sus momentos más difíciles. Cada día, por todo el mundo, surgen iniciativas como festivales en los balcones, visitas virtuales a museos de toda naturaleza, cursos de capacitación online, cuenta cuentos virtuales, entre otros, sin mencionar a las industrias del audiovisual y de la música, que en movimiento inédito están facilitando el acceso gratuito a una gran oferta de contenidos online.’
De repente, el mundo entero se había transformado en un flower power de conciertos desde el living de casa, pedidos de donaciones de dinero, visitas virtuales a museos fantasmas y videos de bailarines en la azotea o en el patio del fondo de una casa filmado con drones voladores. Viva la postmodernidad. Viva!
Ella seguía con una visión muy catastrófica del futuro, observando a la Venus estática con su flecha de óxido metálico en mano y sus labios como cerezas seduciendo a los mortales a morder la manzana esmaltada que sostenía.
Buscaba en silencio la virtud, esa disposición sagrada de la persona para obrar de acuerdo con determinados propósitos ideales como el bien, la verdad, la justicia y la belleza, de gran importancia para la vida ética que ella se había propuesto de muy joven. Pero no lo lograba.
No alcanzaba a distinguir entre el bien y el mal. Entre verdad de falsa porcelana y mentira de gobiernos y científicos, entre la belleza de las calles vacías de primavera y la ausencia de solidaridad que experimentaba y que tampoco estaba dispuesta a brindar. Por lo menos, esta solidaridad hipócrita y fingida.