Todas las noches a las ocho en punto, sonaban unos cuantos minutos las campanas de toda la ciudad, y los vecinos empezaban a aplaudir desde las ventanas y los balcones por todos los enfermeros y médicos trabajando para atender los enfermos contagiados por el virus.
Ella los escuchaba como ecos que se desvanecían entre los muros como generatrices de elipses y círculos.
Los imaginaba a todos ellos con cintas y escarapelas plisadas negras, como una multiplicación de parcas hilanderas con capuchón de crepé y rueca en mano, esperando en tribunas metálicas la caída de las jaulas y del destino. Visualizaba un telón de fondo escénico azul persa y capas espesas de pintura negra e incontrolables pinceladas en cobre eléctrico y cobalto casi blanco.
Una corona de murciélagos predecía el final de la vida de todos y cada uno de los mortales entre escalones de cemento encerado y mármol.
Eran esos los designios de las tres diosas?
La toxicidad del pensamiento de no controlar cuándo sería el final era lo que mantenía sólo despierto a los bendecidos científicos entre placas de vidrio, células y cuentas matemáticas.
Milagros.
Sacrificios.
Espíritu Santo.
Bocanadas de aire puro, y cuellos largos entrelazados como cisnes, tomarse de la mano o el hecho de apoyar la cabeza en el hombro del otro y besarse sin razón, motivo o celebración, todo aquello estaba rotundamente prohibido.
Castigo y narcisos amarillos en el florero.
Qué irónico era tener que besar la propia imagen en el espejo y negarse cruelmente a aceptar el amor del otro. Y ser condenado a enamorarse de su propia imagen reflejada en el estanque.
Parálisis inmoral, esmaltes y cerámicas. Ensayos clínicos protocolares, aleatorizados, controlados y enmascarados que impiden la identificación tanto del paciente como de los investigadores.
Qué horror.
Práctica habitual en este tipo de ensayos, orientada a evaluar la dosis óptima de la vacuna entre los participantes de esta milagrosa lotería, su calidad, seguridad y eficacia.
Más allá de dar las gracias a la ciencia, ella rezaba tres padres nuestros y se dormía boquiabierta de la velocidad en que esta locura de manipulación genética evolucionaba.
Y dónde había quedado la mítica corona de murciélagos ? Ya no importaba, aparentemente, el origen del flamante virus. Los cuellos se mantenían rígidos e inclementes como en rito. Todos los fieles dirigían la confianza almidonada y la mirada hacia los tiránicos gobernantes, y elevaban los cálices de ágata y sangre que se ha de consagrar como eucaristía sacramental.
El desvelo de medianoche y la ceremonia de luna llena y almohadas de encaje olían a sudor, reveldía y escepticismo.
Se presentía la venida de una devoción ciega por los irrefutables avances científicos y nuevas y revolucionarias coordenadas sobre la faz de la tierra.
(Génesis 1:2)
En el principio creó Dios los cielos y la tierra.
Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.
Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.
Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas.
Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. y fue la tarde y la mañana un día.