Durante la cuarentena, no dejaba de recibir mails a su correo electrónico con invitaciones  dirigidas al público en general, o por lo menos, a los interesados, para pasearse por la innumerable cantidad de colecciones que se podían explorar online desde su casa.

Uno de ellas era de la Colección Real del Reino Unido, que invitaba a todo el mundo así:

‘Si bien nuestros Palacios y Galerías han cerrado temporalmente sus puertas al público, seguimos comprometidos con nuestra misión de compartir la Colección Real lo más ampliamente posible.

En este boletín encontrará historias y actividades con las cuales pretendemos entretener a adultos y niños por igual. También puede buscar en la colección virtual, explorar nuestro catálogo de publicaciones y explorar la colección a través de nuestras indicaciones online. Esperamos compartir más de la Colección Real con usted en las próximas semanas. Para asegurarse de recibir los correos electrónicos que más le interesan, tómese un momento para actualizar sus preferencias.’

Entonces sintió curiosidad y empezó a buzear en las profundidades de la colección virtual.

Se encontró con el título ‘Dolls for the little princesses’.

France y Marianne eran dos muñecas de dos metros de altura, que fueron entregadas a las princesas Elizabeth y Margaret en 1938 en el Palacio de Buckingham. Las muñecas pretendían ser un gesto de expresión cordial entre los gobiernos de Francia e Inglaterra, pero también servir de embajadoras de la moda francesa y de la glamosora Houte Couture de Paris.

Le llamaba la atención, porque una nota en letras pequeñas dejaba leer en la página que 1938 fue un año de crisis internacional, que había tenido un impacto negativo en la exportación de la alta costura parisina. Por eso, diseñadores como Lanvin, en este caso, participaban en la creación de estos vestidos y sombreros para muñecas reales para salvaguardar su reputación y la esperanza de reforzar su propia publicidad.

Jeanne Lanvin había creado un vestidito de organdí de seda rosa con volantes escalonados en plata. La parte inferior era de seda color melocotón, el cinturón, de lamé plateado y el sombrero, de paja amarillo con flores a juego plateadas de lamé y lazo color rosa pálido.

Quedó sorprendida. Si buscara información sobre la historia de la moda, Jeanne Lanvin era parte de ese pasado famoso y distinguido de la alta costura francesa. Y lo seguía siendo a pesar de su muerte en 1946.

Jeanne Lanvin había comenzado a trabajar en un pequeño local de sombreros en 1889 en la 66 rue Boissy d’ Anglas. Apenas cuatro años más tarde, podría mudarse a la conocidísima Faubourg Saint-Honoré estableciendo su casa: Lanvin Modes.

Jeanne era una visionaria. Tenía nariz para los negocios y un talento innato para la creación, y así comenzó su producción magistral de muebles, alfombras, cortinas, cristal y empapelados, en el más exquisito estilo Art Decó de principios de los años veinte.

Estaba destinada a conquistar el mundo.

A pesar de la primera guerra, había participado de la exposición internacional de San Francisco. Y más tarde en París, en 1925, donde se celebraba por ese entonces la exposición internacional de arte decorativo.

De alguna manera indescriptible, esto le daba fuerzas para seguir adelante. Luces de ilusión reunidas en una imagen poética que la ayudaban a enfocarse, aunque no sea de forma tangible, pero sí, imaginaria, en una nueva dirección.

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