Se despertaba sobresaltada cada mañana, pero se quedaba largo tiempo leyendo en la cama.

Ya el tiempo y las horas no tenían ni significado ni importancia.

Se había convertido en costumbre abrir su facebook desde su celular y pasar quizás tres cuartos de hora acostada, deslizando su dedo sobre la pantalla para leer las noticias y los comentarios de la gente conocida que le agradaba y la que no tanto.

Detuvo la mirada en un video de calles vacías de ciudades de todo el mundo, que habían filmado con un dron desde el aire como nunca antes se había visto. Y vio un ángel sosteniendo la doble cruz apostólica en sus manos sobre la avenida Andrássy en el atardecer de Budapest. La plaza de los héroes se mostraba totalmente solitaria, con el arcángel Gabriel custodiando la ciudad desde lo alto.

Recordaba que un día había soñado con visitar la ciudad. Había comprado tickets de un vuelo desde Bruselas para pasar allí la navidad del 2008. Pero una situación inesperada había concluído en la cancelación del viaje.

Amaba viajar. Había sido uno de sus objetivos una vez que habría puesto pie en Europa. Pero estaba convencida que viajaría a través de su trabajo, a través de la investigación sobre vestuario, a través de las óperas, y que visitaría todos los teatros de ópera de toda Europa. Hasta el Mariinsky.

‘The Mariinsky Theatre will remain closed to the public until 10 April 2020 in accordance with the Ministry of Culture of the Russian Federation’s decrees No 357 and No 363’ podía leerse en la página del teatro por esos días.

‘All venues of the Hungarian State Opera are closed due to the national emergency. Earliest possible opening: 3 April 2020’ – no es posible, pensaba. La cuarentena se prolongaría mucho más tiempo. En Amsterdam ya hablaban de principios de junio, en Bruselas tomarían la decisión esa misma tarde.

Anulada. Anulada. Anulada. Funciones de ballet y óperas anuladas.

La cancelación masiva y el cierre de los teatros el miércoles once de marzo la habían sumergido en una parálisis que la mantuvo muda e inmóvil durante diez días. Pero no sólo se cancelaban las óperas de esos meses, sino que se postergaban otras puestas para temporadas, supuestamente, siguientes.

Todo el sector cultural moría ese día, y los siguientes días, tardes y noches. Todo se sumergía en un silencio absoluto. Se cerraban las puertas, se dejaban los decorados en los camiones, las partituras, sobre los atriles, los vestuarios, colgados para planchar en otro momento más propicio y saludable.

Le apetecía pensar que era como una maldición que había recaído sólo sobre ella, pero sabía de sobra, con innumerables anuncios, que así no era.

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