
Se encontraba sentada frente a sus recuerdos, su caja de tesoros a la derecha, sobres con imágenes de ángeles, su diario forrado de papel violeta y mariposas, tarjetas de Alfons Mucha con purpurina que todavía pensaba enviar, estampillas belgas antiguas. Aquel libro que ella le había regalado hace más de veinte años sobre artistas Pre-rafaelistas donde escondía un poema de Benedetti, un termómetro de vidrio y mercurio, sus papeles de carta con pavos reales, bordados y estampas de hojas de acanto venecianas que trajo de su viaje a Italia y un lápiz. Anotaciones, listas de ‘más’ versus ‘menos’ y sus hojas de dibujo con vestidos y bosquejos.
Todo desordenado sobre la mesa de madera blanca, esta vez sin flores porque hacía doce días que se encontraba encerrada, sola y en cuarentena.
La pared rosa metalizada estaba tapizada de cuadros de mujeres vestidas con trajes históricos, algunos desteñidos por el sol, otros bien conservados, con paspartout y marco dorado.
Journal des Demoiselles, Petit Courrier des Dames, Journal des Modes.
Venus estaba mirándola fijamente a los ojos frente a ella, como salida de entre rosedales con su cabellos rojos, cuando decidió comenzar a escribir sobre la cuarentena, las dudas, la angustia.
Venus la había acompañado siempre en su camino, y se había convertido en su reflejo, en esa imagen con la que hablaba diariamente.
Venus es perfecta – pensaba. Siempre lo tuvo todo, ojos melancólicos de color esmeralda oscuro y labios que invitan a besar.